LAS HORAS SEÑALADAS, LAS OBRAS OLVIDADAS:

Cuando realizaba mi tesis sobre la comunicación no verbal y su influjo en la Literaturatema en el que había indagado a partir de El Jarama, me hallé en la disyuntiva de decidir qué otra obra comparar con ésta. Román López Tamés, profesor admirado que me dio Literatura en 2º de BUP, me habló de una para mí totalmente desconocida entonces: El día señalado, del colombiano Mejía Vallejo. Su lectura me impactó y, pese a su dureza (al estilo de la hoy infinitamente más conocida La fiesta del chivo de Vargas Llosa), no dudé un momento que esa era la novela indicada para lo que yo quería. Ambas, El Jarama y El día señalado, estaban escritas en un idioma común, el español -aunque con las peculiaridades propias del idioma a uno y otro lado del Atlántico-; ambas pertenecían al género novelístico de la segunda mitad del siglo XX y su estilo, de carácter indudablemente realista, se afanaba por recuperar todos los elementos comunicativos no verbales -incluso los más imperceptibles- que siempre acompañan a las palabras de los personajes y a las del narrador (aunque El Jarama sea más conductista); además, las dos habían sido galardonadas con el premio Nadal (en el 55 y el 63, respectivamente).

Ahora recojo brevemente un análisis de la misma, compleja tanto por su contenido como por su estructura y su técnica, por si alguien desease hacerse eco de ella. Hoy, desgraciadamente,  se halla descatalogada y no parece que haya ningún interés editorial por sacarla con nuevos bríos a la luz (yo lo intenté años atrás y un sello me contestó con muy buenas palabras pero sin asomo de llevarlo a cabo). Esta magnífica obra de El día señalado se divide en tres partes, precedidas cada una por un prólogo, y treinta capítulos en total  dispuestos así: 11 / 10 / 9 (en realidad 10 porque hay dos 29:29 a y 29 b). Un resumen que aclarase su argumento podría ser el siguiente:

Primera parte

 

Prólogo

Un narrador omnisciente nos resume en tercera persona y en perspectiva de pasado la vida de José Miguel. A veces cede la palabra a éste o a su madre para acercárnoslo a través de sus diálogos en presente discursivo, histórico. La primera oración del libro simboliza la muerte: “Los brazos de la cruz señalan este letrero: José Miguel. Diciembre de 1936- Enero de 1960”. El narrador penetra en la mente del chico y nos informa de sus deseos (un alazán, casarse con Marta). Nos da las claves de interpretación de su muerte al ir a buscar el caballo que le habían robado las tropas. Nos informa de los rumores que a raíz del suceso cunden en Tambo a través de las palabras de personajes sin identificar. Nos describe la actitud del cura aburrido y el alcalde digno y nos aventura en lo que todos esperan por boca del enterrador: “Es inútil, María (…) ¡Hasta que Antonio Roble llegue!” (p. 12). Y cierra el episodio con la descripción objetiva del desentierro del muladar para enterrar los restos del joven en el cementerio, la persistencia de un caballo sin dueño y unas manos de lavandera trabajando.

Capítulo 1

El narrador omnisciente relata de forma dinámica (conforme el personaje camina hacia la iglesia) la llegada del nuevo cura a Tambo, sus percepciones (la rara canción, las cruces, el calor, el prostíbulo y la gallera, el miedo generalizado, el olor a podredumbre), las impresiones que causa en otros personajes (indiferencia, desconfianza). Recoge el primer diálogo entre el sacerdote y el enterrador, quien muestra su amargura y su sed de justicia terrenal o de venganza. Nos presenta los pensamientos del Sargento Mataya y el odio mutuo que se tienen éste y el sepulturero. Y los diferentes puntos de vista sobre la religión del párroco saliente (Azuela) y el entrante se observan en una charla imaginaria entre ambos que se inventa el enterrador (a la que accedemos gracias a esa omnisciencia) y en el diálogo real que entablan (presentación escénica que hace el narrador).

Capítulo 2

Aparece aquí el narrador en primera persona, nos cuenta a lo que viene a Tambo, nos desvela sus pensamientos, relata el diálogo que mantiene con el del potro manchado en el camino, y nos hace partícipes de la obsesión de su madre por el regreso del “hombre” y que a él le envenena la sangre.

Capítulo 3

Se nos presenta el diálogo entre el Ama de Llaves y el Sargento en estilo directo, aunque acotado por el narrador en tercera persona que, además, nos informa de los pensamientos degradantes que sobre la delatora tiene el Sargento.

El narrador hace caminar al Cojo y al Sargento a la par hasta llegar a donde están el cura y el enterrador, y les hace entablar un diálogo en términos un tanto agresivos porque aquéllos consideran que éstos están ocultando información muy valiosa sobre los guerrilleros. Después, el enterrador se confía al cura en un diálogo en el que cuenta las atrocidades que le hicieron padecer.

Capítulo 4

Enlaza temporalmente con el segundo. El personaje-narrador a pocas leguas de Tambo oye los comentarios de los que allí acuden, se dirige a un jinete que cabalga en un potro manchado (el desafiante amigo de José Miguel que va en busca de su caballo y de su guitarra) y dialogan sobre la distancia que falta. Conforme el personaje-narrador avanza y entra en Tambo nos describe las impresiones que recibe y los comentarios dispersos que oye a su paso con una mirada de cronista objetivo que anota todo lo que ve: personas, animales, edificios, letreros, sonidos.

Capítulo 5

El narrador omnisciente nos revela el sentir del cura e indaga en sus pensamientos. Sus meditaciones se convierten en una especie de autoconfesión, un monólogo interior marcado tipográficamente por las comillas, que nos da cuenta de su honradez y de sus dudas, de su desprecio a la hipocresía y de su concepción práctica y no ritual del cristianismo: “Tal vez sí soy mal cura. Me preocupo más por los cuerpos que por las almas. Pero ¿puede salvarse un alma si está condenado el cuerpo que la contiene?” (p. 43). El mismo narrador nos informa de las penitencias que el cura pone en boga (sembrar Tambo), de la inquietud que causan en el Ama, de la burla de otros. Las voces de los niños que le ayudan le devuelven a escenas y diálogos de su infancia.

 Capítulo 6

Inmediatamente posterior al cuarto, el narrador-personaje nos introduce en la cantina de don Jacinto, el recinto en el que se reúnen los galleros. Aquí dialoga con una muchacha (Marta) mientras observa todo lo que le rodea con ojos objetivos y nos da cuenta de los ruidos y los olores que percibe. Ella le informa de datos claves para la interpretación de Tambo y de sus habitantes.

Capítulo 7

Mientras caminan hacia el figón, el sacerdote y el enterrador dialogan. Las observaciones del narrador omnisciente y las palabras de los personajes con los que se cruzan en el recorrido les caracterizan. El cura descubre la desfachatez del Sargento, y las insinuaciones de Marta sobre algunos personajes ausentes le advierten de cómo son otros.

El segundo fragmento hace hincapié en el cambio de escenario, del lupanar y de la cantina a la casa del prudente y humanitario alfarero. El olor de la tierra con que éste hace sus figuras le recuerda al sacerdote la voz labriega de su padre, de ahí que aparezca un nuevo monólogo interior y, como lenguaje incorporado en él, los enunciados paternos en estilo directo y entrecomillados, que el cura continuamente recupera a modo de guía de su proceder por medio de esos saltos al pasado. En este escenario se enfrentan el pecado y la virtud. Ésta, que reprende sin condenar, que concilia, se ganará a Otilia como nuevo adepto para la buena causa.

Capítulo 8

El narrador-personaje sigue la charla que mantenía con Marta en el capítulo sexto y le desvela los motivos de su búsqueda, al tiempo que describe las sensaciones que le llegan con su mirada casi fotográfica e interpreta los gestos y movimientos de la muchacha con su percepción humana. Ella informa también de algunos de sus motivos. Pero son más bien las implicaciones lingüísticas no las aseveraciones claras, la transcripción de las palabras de Marta y de las intuiciones de él, las que desvelan al lector, que ya está en la pista por la recurrencia de motivos y personajes en capítulos anteriores, la interpretación correcta, confirmada en los siguientes.

Capítulo 9

Cambio de escenario y cambio de perspectiva. El narrador en tercera persona informa aquí del diálogo mantenido entre el Cojo y el cura en estilo directo y de una forma casi behaviorista; en sus acotaciones registra gestos, miradas, movimientos, tonos de voz… sin desentrañar su significado. En algún momento, penetra en la mente del sacerdote echando mano de su capacidad omnisciente y transcribe entrecomilladas sus dudas y reflexiones. A pesar de la discordancia de puntos de vista entre estos dos personajes, les une el que el cura no sea un ser cómodo que aplauda el modus vivendi del pueblo, sino un rebelde que se enfrenta incluso con lo más “notable” del pueblo.

Capítulo 10

El narrador-personaje reaparece. Este capítulo sigue al octavo sin que hayan pasado apenas unos segundos. En aquél nos enteramos del sobresalto del joven al decirle la muchacha que su padre fue el mejor gallero, en éste el hijo bastardo busca signos familiares en ella (y con el temor de tener que matar al padre de una joven que le ha caído simpática, intuye el lector). Este narrador recoge con su mirada objetiva la llegada de diez matones al establecimiento. Lo circundante y lo que piensa, las palabras que se cruzan y escenifican el primer enfrentamiento, todo lo transmite con un ritmo lento que iguala el tiempo de la historia y el del discurso. El diálogo preconiza disputas posteriores y nos ayuda a la clasificación de los personajes en actantes, ayudantes y oponentes.

Capítulo 11

Este capítulo recoge los comentarios, a menudo intercambiables -de ahí que estén sin acotar y plagados de paralelismos y recurrencias que aluden a unas ideas miméticas e irreflexivas- de los fariseos y de los desocupados que por morbo, desprecio, curiosidad, etc., acusan a Otilia. Tambo, un pueblo estancado, zozobra al ver tambalear sus pilares. El primer gran cambio: la entrada de la prostituta a la plaza y ala Casa Curalha obrado el prodigio de remover las conciencias. El narrador en tercera persona filma los hechos que hablan por sí solos: las palabras y actuaciones de los personajes desvelan su calaña, no necesita penetrar en sus mentes. El tiempo de la historia (Otilia atraviesa el pueblo para ir a ver al cura y regresa tras dialogar con él) intenta asemejarse al tiempo del discurso por medio de una presentación escénica.

Este capítulo nos da cuenta clara de los distintos grupos de gente que hay en Tambo, de las relaciones que entre ellos se establecen y de las opiniones que comparten o no. En un afán objetivo se multiplican los personajes, muchos de ellos ornamentales y cuyo único valor es el de engrosar las filas de los “equipos” conductuales o ideológicos del pueblo. Sólo el alfarero y el enterrador no están pendientes. Sólo el Cojo la defenderá expulsando a los chismosos, fisgones y “dignos” de la plaza.

Segunda parte 

Prólogo

El narrador en tercera persona nos informa de la conversación que mantienen el del potro manchado y el Alcalde en el despacho de éste, sus observaciones al principio son objetivas, pero las actitudes de ambos nos aclaran cómo son. Poco a poco el narrador se hace omnisciente para penetrar en los pensamientos y motivaciones del Alcalde, para describir su preocupación por el vocabulario (monólogo interior), y para mostrarnos hasta qué punto se puede caer bajo por el afán de medrar.

Capítulo 12

Cambia el escenario: estamos en el despacho de la casa cural, del que posiblemente se acaban de marchar el Cojo primero y Otilia después, quienes se habrían cruzado por el camino (enlaza por lo tanto temporalmente con el capítulo noveno y con el undécimo). El sacerdote es “asaltado” por la presencia acusatoria y difamatoria de las señoras de la alta sociedad que llegan indignadas por lo de Otilia. Se nos describe un diálogo tenso, en el que no se ponen de acuerdo.

El narrador se hace omnisciente para penetrar de forma simultánea en las consideraciones que este tipo de gente le merece al cura, quien por contraposición de gestos y entonaciones recuerda a su madre. Y en ese recordar, el narrador deja libre al cura para que reconstruya diálogos del pasado (como el de su abuelo y su madre, cuyo exitoso matrimonio fue curiosamente concertado).

Capítulo 13

Este capítulo es el inmediatamente posterior al décimo, en el que el narrador-personaje nos dice que abandonó El Gallo Rojo. Ahora nos describe lo que oye y ve a la salida de la fonda. Es una visión panorámica de Tambo y sus habitantes, sobre los que se atreve a opinar. Describe el ambiente de fiesta: pregones, tahúres, “Licor, pólvora, gallos…” (p. 111), en contraposición al quehacer callado del cura, los niños y los penitentes, y al de un hombre y una mujer cuyos nombres desconoce desde su visión limitada pero que los lectores reconocemos como el alfarero y Otilia. A su paso escucha comentarios de mal agüero: “Dos horas le doy de vida” (p. 109), que nos ponen sobre aviso de que se ha enfrentado a quienes imponen allí su voluntad. Ve carteles que piden recompensas por los guerrilleros y a Marta a la entrada del cañaduzal. Después regresa a El Gallo Rojo.

Capítulo 14

Este se centra en Otilia. Parece un nuevo día porque acaba de despertar y suenan “campanadas madrugadoras” (p. 114). El narrador omnisciente nos desvela su zozobra: se avergüenza, se siente condenada e insegura de su conversión, no sabe cómo abandonar su actividad, está confusa. En su monólogo interior se suceden retazos de un diálogo anterior con el cura (entrecomillado, en estilo directo, en un tiempo recordado; que a la vez introduce el monólogo interior que las palabras de ella provocaron en él) y la tentación que encarna la imagen de Pedro Canales. Otilia, mientras rememora, camina hasta llegar a la casa-refugio del alfarero. Allí da forma a un Cristo de barro como primer pago de la deuda contraída con Dios y señal del comienzo de su transformación.

 

Capítulo 15

De nuevo el narrador en primera persona y El Gallo Rojo. El escenario está casi vacío por una “riña preliminar de aficionados”, indicio de la ley del más fuerte que impera en Tambo. Marta ha llegado interesada por el narrador quien -testigo de las amenazas e indirectas de los pandilleros a don Jacinto para que les pague las cuotas de protección- reproduce sus enunciados sin apenas acotarlos. Sólo el de los bigotes ahumados se individualiza a veces de los demás buscapleitos. Cuando después él recibe sus agresiones verbales e ironías, nos relata el segundo enfrentamiento, en el que osa plantarles cara: acuchilla la mano de uno, golpea a otro y devuelve el dinero a su dueño.

Capítulo 16

El narrador en tercera persona cede brevemente la palabra al Ama y al cura para demostrarnos lo que su omnisciencia psicológica (al final de la cual entrevemos el estilo indirecto libre) nos desvela acto seguido: “Sentía tambalearse su dictadura en la casa cural y en los menesteres aledaños sobre lo que no admitió discusión. Se había acostumbrado a pensar que, por dedicar treinta años a sacristías y cosas santas, su vida se había frustrado: el papel de víctima importante lo compensaba con su empecinamiento en imponer, con la aparente obediencia a otros, su criterio y su sentido de la organización: si se había sacrificado, tenía derecho a exigencias en las cosas mínimas del culto, en el régimen alimenticio, en el horario, en el arreglo de implementos sagrados; y en algunos profanos”. Pero el sacerdote no ceja y le lleva la contraria.

Aparece el Cojo y se entabla entre el cura y él un nuevo diálogo. Parece un segundo día (el del capítulo catorce), puesto que la resistencia y la desfachatez que aquél mostró en su primera conversación (cap. 9) ha cedido un poco, y en la página 118 el sacerdote piensa: “No iba a esperar que la sola presencia de un cura bien intencionado diera de un día para otro un vuelco a las conciencias”. El padre Barrios le propone “una alianza con Dios”: que transfiera sus tierras, las que ganó honradamente, para las siembras de Tambo. Entrecomillados aparecen diálogos de antaño, los del padre del sacerdote. Contra todo pronóstico, el Cojo le cede los terrenos y promete arreglarlo legalmente, para no caer en la tentación de evitar su impulso, nos informa el narrador omnisciente.

En la segunda parte de este capítulo se cambia de escenario. Discuten el Cojo y el Sargento sobre las penitencias que impone el sacerdote, por eso nos enteramos de que la tropa ha sido requerida para que siembre durante todo un día las nuevas tierras de la parroquia (las entregadas por el Cojo); nos enteramos del enfado del Sargento (absuelto a cambio de que siembre dos), quien prefería al padre Azuaje; y vemos el desacuerdo incipiente entre esos dos personajes gracias a las observaciones kinésicas del narrador: “No le calaron al Sargento los gestos de don Heraclio. No le caló a don Heraclio la cara del Sargento”.

El enfoque del narrador se dirige al Sargento, cuyos sentimientos más íntimos nos desvela un monólogo interior (convicción y disciplina de militar, superstición y rutina de cristiano). Después el punto de vista cambia al del sacerdote cuando ve llegar a los soldados a la parcela que siembran. El cura dialoga con unos y otros, alegre y con la esperanza de la rápida reforestación del paisaje. La brisa anticipa los cambios que se van a producir en Tambo. Éste capítulo, aproximadamente el central en el tiempo de la historia y en el del discurso, es uno de los más complejos. Parece que aquí el ritmo narrativo se acelera para sintetizar y sugerir lo que pasará en las próximas horas.

Capítulo 17

El narrador en primera persona nos relata su encuentro con Marta en el cañaduzal, lo que él siente, lo que ella aparenta sentir, lo que él cree que ella siente. Las percepciones olfativas nos adentran en el plantío de cañas de azúcar de la mano de los protagonistas de este capítulo.

La segunda parte del mismo nos sugiere por acumulación de sensaciones lo que ha sucedido (elipsis temporal subsanada por las sugerencias). El uso del futuro por parte del personaje-narrador nos desvela en parte el desenlace: él no puede morir cuando se enfrente a su padre y la historia se va a repetir (de ahí sus dudas sobre el fugaz acto de amor, identificado con una nueva interferencia del destino, como corroborarán las palabras finales de la obra: “Aquí dejo este gallo en prueba de que volveré”): “…Hasta muchos años después mis ojos recordaron la pelusilla de su cuello, mis manos recordaron sus senos brincones, mis oídos recordaron su queja amorosa”.

Capítulo 18

Recoge el diálogo entre el Alcalde y el cura (sobre el mismo tema que trata el segundo prólogo) visto por un narrador en tercera persona que comienza su descripción de forma objetiva y la termina con claudicaciones a su poder omnisciente: interpretación de gestos, monólogo interior del cura, pensamientos del Alcalde. Como simultáneo y de forma totalmente objetiva, se describe el diálogo en el que el enterrador falsea la realidad para utilizar al Ama (engaño-delación-emboscada). Después el narrador nos da una noción temporal para que situemos bien las escenas posteriores: el diálogo del Ama y el Sargento a media tarde y, sucesivamente, el del enterrador y los soldados, los enunciados de los soldados que informan al Sargento y el diálogo del Cojo y el Sargento.

Los sentimientos dispares del Sargento y del Cojo (que vemos cómo evoluciona, después de veinte años de latrocinios) se transmiten en sendos monólogos interiores. El del Cojo es toda una revelación, en él se insertan entrecomillados ciertos recuerdos, y se deja entrever su segundo impulso de conmiseración: “Quizá hubiera tiempo todavía…” (se refiere a salvar al cura).

Capítulo 19

Dado que el capítulo éste y el veintiuno son inmediatos y que en el veinte se nos indica que ha transcurrido un tiempo (unas horas o toda una noche) desde el final del dieciocho (primero se anuncia la emboscada y después se comenta su éxito, pero no se describe en ningún momento en presente) hemos de inferir que entre el anterior y éste hay una elipsis temporal, así como entre el diecisiete y éste en lo que se refiere a la perspectiva del personaje-narrador.

El personaje narrador nos comenta lo que hizo nada más salir del cañaduzal, lo que nos indica que temporalmente este capítulo sigue al diecisiete, pero no necesariamente de forma inmediata, ya que ha podido pasar varias horas o toda la noche junto a Marta, lo que corroboraría la impresión de que ha habido una elipsis temporal. Nos dice que no sabe qué traman (en realidad ya ha sido tramado y llevado a cabo) pero que algo va a ocurrir en ese día de feria (anticipación de la llegada de los guerrilleros y del envenenamiento masivo de los soldados). Atraviesa corrillos de gente y entra en la gallera. Sigue anotando los comentarios que oye (narra objetivamente lo externo a él), recuerda a Marta. El pregonero anuncia el enfrentamiento entre su gallo y el del Cojo.

Capítulo 20

Este es un capítulo incidental en que un narrador en tercera persona nos relata la recaída de Otilia en el pecado de la carne. La descripción se dilata ante la indecisión de ella: “su alma alumbró con luz verde y luz roja alternativamente”, y la del ansioso y tembloroso pregonero de helados: “Los ojos del negro se volvieron faroles. Uno rojo. Otro verde. Como su indecisión”. El narrador se hace omnisciente para penetrar en su cerebro: “unas horas de renuncia se hicieron años de reclusión” porque estaba acostumbrada a entregarse a cualquiera y porque “Deseaba degradarse en expiación”.

 Y sus pensamientos (en ese caso ella estaba en el secreto de la celada) desvelados gracias a la omnisciencia psicológica, o tal vez propiamente la voz del narrador (omnisciencia espacial), nos sitúan su concupiscencia en el mismo tiempo en el que el Sargento regresa derrotado: “El Sargento… Otro hombre atormentado, a su manera. Al frente de su destrozada tropa subiría ahora la cuesta del cementerio. En los restos no se distinguirían los que habían salido la noche anterior”.

La segunda parte de este capítulo retrocede temporalmente con respecto a la anterior. Son las siete de la tarde en la iglesia y asistimos a los remordimientos del Ama que ha delatado supuestamente al cura que iba a confesar guerrilleros. Aquí el narrador omnisciente ralentiza su discurso para insistir en el miedo de la pecadora, que se debate entre arrepentirse o enorgullecerse por haber cumplido con su “deber”. Como un espectro observa la aparición del cura y, después de recobrarse de su desmayo, ambos comprenden que el enterrador disfrazado de cura les ha engañado.

Capítulo 21

De nuevo nos encontramos en la perspectiva de la primera persona. Las palabras de don Jacinto implican que esta escena es posterior a la derrota del Sargento. Muchos están felices por la entrada que se prevé de Antonio Roble en el pueblo. Se sigue dilatando la pelea de gallos, y se interpone el enfrentamiento entre padre e hijo. El narrador revive los comentarios dolientes de su madre y comprende que quien tiene ante sí, el Cojo, es a quien andaba buscando.

 

Tercera parte 

Prólogo

El narrador en tercera persona nos acerca unos sucesos de enorme crueldad y alejados en el tiempo describiéndolos en perspectiva de presente y en estilo directo. El espacio es el páramo, el personaje, el enterrador, que rememora diálogos más antiguos mantenidos con su esposa. La escena representa cómo clava la tapa del cajón en que queda el cuerpo de su mujer, el miedo del niño porque los “jinetes de sombra” cortaron de un machetazo la mano de su padre y mataron a su madre y hermana, el éxodo a que aquél y su hijo se ven forzados, los disparos que acaban con su perro… La venganza ya está cumplida, el Sargento y los suyos han pagado. Los motivos del enterrador no dejan lugar a dudas (el narrador ha iluminado sus razones, y lo humaniza, si no lo justifica).

Capítulo 22

Presenta el diálogo entre el Cojo y el cura en la casa cural y al día siguiente de “algo tremendo” que “debió de ocurrir anoche”. Éste le agradece que fuese a ayudarle, aunque aquél parece negarlo para “cultivar el papel de perverso”: “Sólo quería atestiguar la muerte de un santo”. Sus ideas sobre Dios les sumergen en cavilaciones que el narrador omnisciente rescata en forma de monólogo interior: “¿Qué le importamos a Dios, el Gran Indiferente?” / “¿Cómo aprehenderlo en definiciones? Él no hace, Él no es acontecimiento: existe”.

La imaginación del padre Barrios vuela de las semillas que tiene en las manos a una escena de su pasado, con diálogo en estilo directo incluido, que se entrecomilla para hacer ver que se trata de un tiempo recordado. De la añoranza de su padre regresa al presente cuando el Cojo ya ha salido, y, con el niño (Daniel, el hijo del enterrador), decide ir a casa del alfarero.

La segunda parte de este capítulo presenta un nuevo diálogo entre el cura y el Cojo, pero esta vez en casa de éste. Aquí se nos revela la causa de la conversión de don Heraclio en una persona sanguinaria y ladrona un verano de veinte años atrás. En un monólogo interior recobra el diálogo que mantuvo con Juancho Lopera y la escena del tigre. Este fragmento se abre y se cierra con la alusión al largo verano, que se sufre como una presencia que deja su huella feroz.

Capítulo 23

El narrador en primera persona nos describe los sonidos, los movimientos, los gestos, que recoge de la escena de la gallera en el tiempo presente y dilatado del enfrentamiento anunciado en el capítulo diecinueve y a punto de iniciarse en el veintiuno. A su vez, rememora a su madre, su quehacer y sus palabras (entrecomilladas porque corresponden al pasado). El desafío verbal aumenta y la tensión se palpa hasta en los ruidos ambientales (volcán, tambor).

Capítulo 24

Enlaza con la primera parte del capítulo veintidós. Charlan el cura y Daniel de camino hacia la casa del alfarero. El niño habla de su perro. El narrador omnisciente penetra e interpreta los recuerdos del cura, que rememora cómo vio al niño por primera vez, y después nos transcribe sus reflexiones acerca de la infancia. En el camino le lanzan acusaciones los de la banda del Cojo (“Como que es de los contrarios”) y nos adelantan una información: “Malas las van a tener los guerrilleros”, la causa es que le llegan nuevas tropas al Sargento. Al sonido del tambor y del volcán se une una bandada de pájaros que se interpretan (desde la perspectiva del cura, el alfarero y el niño) como anuncio de lluvias, vientos y cambios radicales en Tambo.

Capítulo 25

De nuevo en la gallera, el narrador en primera persona recoge todas las implicaciones que tiene su enfrentamiento con el Cojo: los movimientos y las puyas de los de su banda, el apoyo del jinete del potro manchado. El tiempo del discurso se dilata porque “siempre hay palabras para detener puñaladas o disparos”. Y demora la decisión diciendo el nombre de su gallo, enrazado con águila real como el de su padre; la coincidencia desconcierta al Cojo, que entrevé quién es su rival, pero sus palabras de muerte se mantienen firmes.

Capítulo 26

El narrador omnisciente enfoca al sacerdote, que reza por los soldados muertos, que se siente viejo, que duda como un frágil San Manuel bueno, mártir, pero que se rebela y vence su vacilación. Después relata el diálogo que mantiene con don Jacinto, lleno de premoniciones y de medias palabras, lleno de implicaciones y de convicciones sin fuerza. En él se nos informa de que los sobrevivientes van para el Gallo Rojo porque la escuela-cuartel ha sido incendiada. El lector avisado presagia cambios que no estaban planeados. El diálogo siguiente, entre el sacerdote y el Sargento, que amenaza con que los guerrilleros pagarán cara la celada, se desarrolla en términos muy duros y hasta blasfemos. Los pensamientos del cura disculpan y comprenden en parte el odio del Sargento, criatura impotente y que siguió un camino torcido. La entrada de los guerrilleros se hace inminente…

Capítulo 27

El cura se erige en el intermediario de la pelea entre el personaje-narrador y el Cojo. Sus acusaciones les hacen mella, aunque intenten disimularlo o incluso se rebelen contra el influjo moral que sobre ellos ejerce: “Ésta no es casa de oración sino cueva de galleros”. Para impedir lo que parece imposible les pide que le ayuden a enterrar a los soldados muertos. Salvo los mulatos, nadie sigue al cura. El narrador le acusa al Cojo de la verdad que todos saben y que todos callan: que él mató a Juancho Lopera. En el clímax se interrumpe este capítulo.

Capítulo 28

El narrador en tercera persona nos describe la furia con que el enterrador sepulta los cuerpos mientras le asaltan pensamientos del pasado, y las fórmulas latinas con las que el sacerdote les da sepultura mientras recuerda la muerte de su padre (transcritas en estilo directo). Finalmente el enterrador tira la pica que le ha acompañado desde que se propuso vengarse y la entierra también.

La segunda parte de este capítulo, ya en la cantina, indaga en los pensamientos que fuerzan la resolución de don Jacinto (el atentado contra el Sargento y los soldados de relevo), penetra en los sentimientos del Sargento y describe el enfrentamiento verbal medio alucinado que mantienen ambos. Aquél se ha decidido y con valeroso pánico, dueño de las circunstancias, le lleva la contraria al militar mientras les sirve a todos copas. La confesión final determina el desenlace: “Envenené el licor”. El narrador describe las sensaciones previas a la muerte. Los guerrilleros llegan.

Capítulo 29 (a)

De nuevo en la gallera el narrador en primera persona interpreta la escena. El Cojo le pide que le enseñe el gallo, porque al insinuarle que es su padre ha neutralizado su poder. Deciden dejar la pelea a sus gallos y a la descomunal apuesta. Cuando el Cojo advierte las espuelas de su hijo y ve a Aguilán, lo comprende todo. Al mismo tiempo, ante los demás pierde autoridad y confianza, porque ellos creían que Buenavida era una cría única, un símbolo más del poder de don Heraclio. El que haya un descendiente, un igual, pone en tela de juicio su supremacía.

Capítulo 29 (b)

El narrador omnisciente nos da cuenta del diálogo, casi soliloquio por el laconismo del alfarero, entre éste y Otilia. En monólogo interior se enfrentan las dos imágenes que la hieren, como sufrimiento purificador: el Pedro Canales de su pasado y el Cristo de su porvenir.

Cuando llega el capitán Canales en su busca, ella ya ha decidido abandonar su viejo oficio. Su extenso diálogo de breves réplicas es descrito objetivamente por el narrador en tercera persona.

Capítulo 30

Es el que sigue inmediatamente al primero de los dos capítulos numerados como veintinueve. El personaje narrador nos informa del revuelo de las apuestas y de su intento de reforzar la justificación de su venganza porque, si no, sería incapaz de llevarla a cabo. El tiempo del discurso sigue demorándose para insistir en la indecisión. Tras la victoria de Aguilán, al verlo un hombre como él, como todos: desamparado, opta por no matarlo. La lección ya ha sido recibida.

About these ads

Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

A %d blogueros les gusta esto: