GÉNESIS Y UTOPÍAS

Génesis de Bernad Beckett

Esta novela de sencillo título (de hecho al menos hay otras dos homónimas) atrapa al lector desde la primera página con su ritmo progresivo, su argumentación contundente y su desenlace imprevisible (una de las mejores características que se puede aplicar a una buena novela y, en general, a cualquier texto). Así, el regusto que deja es el de lo ameno y profundo, sin habernos dado cuenta apenas de que nos iba a acabar dejando huella. Se trata de una recreación diferente del mito de la “génesis” de la humanidad y del origen de la vida en forma de fábula filosófica y suspense dialogado.

En un futuro no muy lejano y un tanto impreciso (¿finales del siglo XXI?) y en una utópica o más bien distópica sociedad curiosamente denominada la república de Platón, una estudiante cuyo nombre recuerda al filósofo griego anterior a Cristo, Anaximandro, de pensamiento divergente y un tanto rebelde, auspiciada por un tal Pericles, se presenta a un riguroso examen de ingreso en la Academia, órgano de gobierno de esa isla, aislada y autosuficiente, que vetó la entrada de todo extranjero en la época prerrepublicana como posibles propagadores de una supuesta peste y exterminadores en potencia, por tanto, de su bienestar.

La indiferenciación genérica del nombre usado  para la protagonista trasciende lo puramente simbólico, que se apoyaba en el escaso repertorio de antropónimos que aparecen (Platón, Pericles, Adán, Eva, Arte),  y nos hace replantearnos nuestras inferencias cuando terminamos la obra.

Las preguntas del tribunal suscitan importantes cuestiones éticas y filosóficas (qué es la conciencia, la libertad, la razón, la vida, el alma, la eternidad; qué hace distintos a los seres humanos, por qué los políticos siempre están alerta contra los disidentes…) que desvelan una verdad incómoda, realmente incómoda, que hará tambalear los cimientos del mundo de la aspirante.

Un examen de cinco horas dividido en varias sesiones agotadoras la irá haciendo replantearse cuanto hasta ese momento ha tenido por su credo. Con algunas concesiones a la ciencia ficción que no estoy segura de explicar muy bien (esos hologramas -o escenas grabadas a modo de películas con “telepresencia” incorporada de seres fallecidos- que registran o inventan, como documentos de un moderno archivo histórico que incluye las conjeturas de los historiadores, hechos que sucedieron o pudieron suceder así), esta novela se convierte en una novedad dentro del panorama literario actual.

El “enigma de la habitación china” merece el sosiego de una meditación por nuestra parte (que no voy a desvelarlo, que no). Conviene leerla. No es de las que nos contarán y apreciaremos en todo su valor.

 

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