UN FARO LEJANO

AL FARO de Virginia Woolf

Quien desee una lectura fácil y rápida que desista. A quienes les gusten los libros trepidantes de acción y de aventuras que no siga adelante. Aquellos llamados a bucear en las intrigas detectivescas que cojan otro libro. En éste poco pasa. El ritmo es lento. Sin embargo, quienes no teman a los monólogos interiores y gusten del estilo indirecto libre, la corriente de conciencia y el flujo asistemático de la psicología de los personajes, aquí tiene todo un elenco de ellos trazados con una profundidad extrema, diríase que la autora navegase por las circunvalaciones de sus cerebros para apresar toda la trama de sentimientos que unos a otros se inspiran, muchos de ellos incongruentes o variables. No sólo los miembros de la familia Ramsay; por ejemplo, la recia y débil figura paterna (racional, insensible, contemplativo) o la magnética y obsesiva materna (activa, comprensiva, acogedora y dependiente de los lazos que establece con sus seres queridos) se muestran en toda su complejidad, también los visitantes: la joven pintora Lily Briscoe (alter ego de la escritora en su faceta creativa y libre frente a la fértil y hogareña de su anfitriona), el viudo, el misógino, etc. Incluso se deja ver una latente homosexualidad.

Los temas centrales de Woolf: la muerte y el sentimiento de pérdida, la razón de la existencia, las relaciones humanas y el papel de la mujer (escindida entre el deber y el querer, entra la apariencia y la esencia, las metas alcanzadas o inalcanzables) afloran por toda la novela, en la que un escenario del pasado y objeto del deseo de los hijos (el faro que ven desde su casa de verano, a la que el matrimonio invita a sus amigos) reabre las heridas. Y entre todos ellos el de los mundos encontrados de fuera y dentro, de pasado y presente, de vida y muerte, de lo convencional y lo novedoso. Un lujo de lectura que nos pone en lugar del otro. Como piensa Lily, porque “resulta casi imposible sentir aversión hacia una persona cuando se la está mirando”. Y hay lecciones vitales que nunca se aprenden temprano ni en cabeza ajena, así: “la puntualidad es sólo una virtud secundaria que adquirimos a medida que avanzamos en la vida”, dirá William para excursar la tardanza de “los chicos”.

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