VIVIR ADREDE, LEER APOSTA, SENTIR EX PROFESO

Vivir adrede de Mario Benedetti

Este libro recoge una serie de reflexiones o miniensayos –aunque también da cabida a algún microrrelato: En vuelo– del autor uruguayo, un utópico realista, sobre las eternas preguntas, muchas de esas preguntas sin respuestas que quedan suspensas en el aire cuando vemos una fotografía, nos enfrentamos al laberinto del tiempo o la muerte, el Gran Silencio, a los entresijos de los sentimientos o a las diferencias entre unos seres y otros: ateos y creyentes, víctimas y verdugos, opresores y oprimidos, abelitas y cainitas y serpientes celestinas…

Subyace en ellas una crítica benevolente, porque nada humano le es ajeno, hacia los hipócritas, los apáticos y los sabelotodo… Siempre desde una sencilla y entretenida profundidad, porque todo halla su germen en la discrepancia. Y pasa, incluso, revista a las formas de perdón: clemencia, piedad, indulto. Y al eco de lo que nunca dijimos que queda marcado a fuego como marca de agua en el espejo de la conciencia. Su estilo refleja lo que le anima: “Uno de los trayectos más estimulantes de esta vida es el tránsito por el idioma”, porque éste se transmuta en revelación, milagro o comunión con el otro y “Gracias al idioma, sobrevivimos”.

Por ello, hace infinidad de juegos de palabras y me trae la incisiva indulgencia del mejor Alcántara con el sabor del otro lado del Océano, inventa vocablos en sintonía con sus contrarios (pormayores, mandamenos, univértigo, desaparecedores, projimíos y projituyos, los purohueso, las piesadillas), juega con étimos (la alarma contra las viejas armas de la naturaleza que ahora se enfrentas a nuevas catástrofes naturales causados por los “desvaríos humanos”), utiliza recursos como la antítesis, la enumeración (Mercado), la metáfora, la anáfora y el paralelismo (Adiós) que le da a su estilo un ritmo muy marcado cercano a la prosa poética (un ejemplo claro es el de ¡Qué monotonía!). Usa refranes: “Dios y tu dinero son los amigos verdaderos” para desmontar el valor de los ídolos ajenos porque considera a los dioses alucinaciones del más acá. Retoma viejos tópicos como el de las danzas de la muerte cuando dice que el “socialismo de los esqueletos” impide que permanezcan las diferencias. Y no pierde de vista el humor que relativiza todo lo aparentemente sagrado: “Sé de una muchacha que es un cielo y al parecer le pica el alma. Quiero ser rascacielos”, “Todo lo que es opaco fue antes transparente: el odio, la lascivia, la pasión, el fanatismo, la gula”; porque todo tiene dos caras: “el llanto es transparente, pero ahí están los párpados para hacerlo opaco”.

Podríamos decir que el valle de lo humano se asienta entre la loma de la transparencia y el escarpado monte de lo opaco. Y en medio construimos guaridas para “desalentar al azar” y “borrar las culpas”, para mantenernos ilesos frente a los desastres y salvarnos del aburrimiento, del “avaro futuro”, del mundo (“multiplicación de horizontes”), de las ausencias, de la muerte que todos llevamos a cuestas. Su clarividencia es una verdadera “tea reveladora” que nos hace apreciar “la belleza de lo feo, el pudor de lo impúdico” (palabras que le aplico extraídas de su reflexión 11, de su Antorchas). Y como en la oscuridad se aprende a valorar la luz. Nos recuerda que “En cualquier descuido de la vida, los conflictos suelen levantar campamento”, y ya se sabe la dualidad o doble condición de un campamento, que sirve lo mismo de guarida que de prisión, por eso alza la voz contra lo que siendo bueno o correcto en un principio o en una determinada situación acaba perjudicándonos y atándonos, porque Benedetti que no se casa con nadie (“ateo tanto de Dios como del diablo”) desafía tanto las coartadas como la cortapisas de la realidad y de la ficción.

Sus meditaciones son como un bálsamo o una tregua en el cotidiano vivir de transeúntes, de pasajeros del mundo que somos todos los seres humanos. Benedetti se nos representa como un ciudadano del mundo, su cosmopolitismo hace que se reconozca en todas las calles y lugares por los que deambula, porque el espacio es un trasunto del alma de sus habitantes y así pasa por ellos “reconociendo lo desconocido”: “¿En qué espadaña sonó por primera vez el cascabel del miedo?” se pregunta como viajero en ferrocarril por Europa; y a mí me hace pensar en otras campanas, las de Hemingway y, desde mucho antes, las de John Donne. Como él yo me siento una “evocación alucinada de algo que no me pertenece y sin embargo es mío”, sus textos allegados.

Él halla pedacitos de patria y compatriotas por doquier, porque la patria es más un fantasma que un territorio de fronteras impermeables. De ahí que considere el exilio como el “comienzo de otra historia”, una “segunda patria” y asemeje a los seres humanos con las aves migratorias en virtud de sus exilios y sus éxodos.. Fluctúa entre la consolación y el desconsuelo y se resigna ser un “suicida inevitable”, a morir (dado que todos somos carne de muertos, y porque vivir es ir muriéndose), a diferencia de los que buscan el fin anticipado y que llama “suicidas vocacionales”. Y frente a las torres de cristal pide parques diáfanos: “Los verdaderos cuerpos que reclaman y merecen amor andan por las calles”, porque los jardines de los cementerios siempre acaban marchitándose.

Secciona esta obra en tres partes: VIVIR, ADREDE y CACHIVACHES, subdivididas en sucesivas reflexiones numeradas antes del título correspondiente, en una especie de intento de catalogar o dominar la resistencia a dejarse enjaular de las ideas.

La primera es más ensayística. En ella presenta el miedo como un arma defensiva a medio camino entre el coraje, el pudor y el fracaso, porque “El miedo nos abre los ojos y nos cierra los puños y nos mete en el riesgo desaprensivamente”. Habla de la desconfianza que se asienta entre los escépticos y los optimistas, de los vaivenes de la existencia hasta que llega el “acabóse”, de la vida como riesgo, de los mecanismos de control externos (huellas digitales, fotos) e internos (el olvido, la “cirugía de la memoria”, y el sueño), de la rebeldía (“Lo imposible es una burla de los dioses” y “Todos queremos lo que no se puede, somos fanáticos de lo prohibido”) y las discrepancias entre la realidad y el deseo. Y apuesta por la utopía a la que siente abierta, a diferencia de los candados de lo imposible y del abismo de lo prohibido: “Si tenemos ánimo, paciencia y un poco de ilusión, podemos navegar en la barcaza de la utopía, pero no en el acorazado de lo imposible”. Apuesta por la difícil sencillez que llega a la mayoría y nos recuerda la sabiduría de este tipo que emanaba de Machado o de Baldomero Fernández Moreno (al que rescata de la injusta apisonadora de los años: poeta porteño exponente del Sencillismo que rompió con la ornamentación modernista, como lo fueron también tres famosas mujeres: Mistral, Storni e Ibarbourou). De hecho, cree que las palabras sencillas pueden servir como amparo o alivio, mientras que la dificultad a menudo pone “muros de contención”. Y aunque no le guste la muerte, no rechaza su idea, “cumbre de la sencillez”, suprema verdad definitiva. Su Monologando (reflexión 16) nos hace pensar precisamente en el Machado de Converso con el hombre que siempre va conmigo. Quién habla solo, espera hablar con Dios un día. Y distingue entre los monólogos oníricos, los insomnes y los vigilantes, monólogos que abren los “grifos de la duda”. Ve el pasado como “una colección de silencios” y el porvenir como una posdata que puede hacer borrón y cuenta nueva acerca de todo lo que se instaló en el pedestal de lo intocable, ¡cuántas revisiones invierten los hechos que las crónicas históricas habían refrendado! Y apuesta por la zozobra existencial, el riesgo, antes que la seguridad. Aunque con el paso del tiempo crezca el estupor y el asombro se asome al brocal del fin de la existencia: “El vértigo del pasado nos sitúa entre la memoria y el olvido”. Considera que debemos vivir en estado de permanente alerta y que los “prójimos son jueces insobornable de nuestras actitudes”.

La segunda sección, ADREDE, de estilo más directo, incluye verdaderos microrrelatos (como el de El ascensor, verdadero encuentro erótico durante un apagón) y critica los poderes establecidos tanto en la tierra como en el cielo, los indistintos poderes terrenales o divinos, humanos e inhumanos. El que titula Sentencia es todo un alegato contra la pena de muerte y la tranquilidad de conciencia de quienes son partidarios o ejecutores de ella: “la cercanía de Dios no parece ser demasiado conveniente para ser humano, ya que no sé de ningún ateo que defienda la pena de muerte como panacea universal”. Siempre restan “virutas de la vida” común del ser humanos, pese a que seamos verdaderas islas unos y otros entre sus textos; y algunos alcanzan una dimensión poética. Reflexiona sobre la relatividad del tiempo: la idea de “nunca” (palabra definitiva) y “siempre” que sólo es una “rebanada de tiempo”, casi por tanto un cuento chino. En Tempestades aparecen los problemas ecológicos sobrevenidos por la acción humana y hace referencia a la desgracia de Nueva Orleáns y las agresiones del clima y la naturaleza. La calculadora humanidad que bombardea y fabrica armas se equivoca en sus cálculos y acabará siendo la perjudicada por sus latrocinios. En Ustedes, apostrofa a los poderosos y critica a los torturadores, impíos y miserables con una serie de preguntas retóricas y una enumeración paralelística que no tendrá respuesta. En Globalización acusa a ésta de despreciar a todo lo que no es global, lo que trae un “futuro inundado de malogros”. De la tristeza hace una definición subjetiva y de la alegría y el amor señala lo que yo siempre he denominado su propiedad transitiva. En Trago, la bebida en alta mar penetra en el territorio del sueño y el mareo y casi de forma greguerística el autor hace del barco y los tragos “el abracadabra de los mares”. En Manos, Benedetti se deja seducir por esa parte de la anatomía humana que tanto ha dado que pensar (pensemos simplemente en el Gozo del tacto de D. Alonso o en Las manos de las cajeras de Manuel Vilas). Los pies, arpones o alas según se miren, se convierten en “racimos de pasos. Y el Paisito deja de ser la patria rimbombante para convertirse en la patria chica, una menudencia que está más allá de los límites estrechos de una frontera, que se halla en la comunión de las almas y los mitos comunes (Maracaná, Artigas, Gardel). Critica las limosnas de los imperios, emporios armamentísticos que desprecian a los de abajo, pese a la etimología que alude a “alma” en varias lenguas de la palabra limosna (en inglés “alms”, “almosen” en alemán, “aumône” en francés).

Y la tercera parte , CACHIVACHES, nos da cuenta de pensamientos mínimos, a modo de aforismos o greguerías que insisten en sus obsesiones e ideología; aunque algunas son meros divertimentos lingüísticos, y para muestra un botón: “Cuando uno se lava la cabeza los pensamientos se purifican”. “Cuando tenemos sueño, los bostezos salen a pedir de boca”. “Se dice que aquellos pontífices que bendecían cañones, padecían después insomnios evangélicos”. “No hay papel secante para los cagatintas”.

Una buena crítica encuentro en: http://www.forumlibertas.com/frontend/forumlibertas/noticia.php?id_noticia=10775&id_seccion=13&PHPSESSID

¡Qué narrador, qué poeta, qué filósofo de paisano! ¡Qué buenos momentos nos ha hecho y nos sigue haciendo pasar a sus lectores! Benedetti nunca defrauda.

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