LITERATURA DE ALTO VOLTAJE

Lo primero que me pide el cuerpo decir es que deberían abstenerse los mojigatos o excesivamente pudorosos, porque su lengua en ocasiones descarnada y procaz -así como alguna de las escabrosas escenas que se describen- puede atentar contra las sensibilidades a flor de piel (en lo que concierne a sexo y religión).

Necrópolis, del narrador colombiano Santiago Gamboa, Premio de novela La otra orilla 2009, es un voluminoso libro de casi medio millar de páginas cuya composición se podría entender como la de esas macronovelas que insertan novelas cortas (método quijotesco aún en boga), o la de esas obras que partiendo de un marco o historia general dan pie al relato de muchas otras, al estilo de tantas obras maestras anteriores (El Libro de Patronio de Don Juan Manuel, El Decamerón de Boccaccio, Los cuentos de Canterbury o –ya más cercanas- Si una noche de invierno un viajero…, Los narradores cautivos, o Las mentiras de la noche de Gesualdo Bufalino). En Necrópolis se enmarañan las historias cuyo denominador común son un nombre repetido, el de Ebenezer,  y los temas de que tratan: el sexo y las drogas, la violencia y la traición, la amistad y la muerte que acecha a un paso… De hecho, el oasis en que se “representa” el congreso de biógrafos, el lujoso hotel King David de Jerusalén, está a un tiro de piedra de la guerra que despedaza Oriente Medio, la más cruenta de las múltiples pestes modernas: el terrorismo, el paro, la violencia doméstica… Los ponentes hablan sobre vidas propias y ajenas mientras las granadas, obuses y estallidos varios les sirven de eco atronador. Sus historias, llenas de imaginación, penetran en los recovecos de la marginación y la sublimación (historia de los ajedrecistas, aunque en algunos diálogos ésta como otras partes del libro resultan un poco simplonas o inverosímiles) . Y hay ciertos elementos repetidos como la cocacola y los sándwiches de pollo o las duchas interminables y purificadoras tras el coito imprevisto y pasional que me recuerdan a los cafés continuos, y que  por lo mismo se hacían casi masticables, de la trilogía Milenium.

El narrador, un convaleciente escritor colombiano que durante dos años no ha escrito nada, ve en la invitación al CIBM (Congreso Internacional de Biógrafos y de la Memoria, una excusa literaria para hilvanar la trama) una promesa de recuperación de su valía intelectual y un método contra la sequía imaginativa que lo embarga. Él nos narrará los relatos de algunos de los variopintos participantes: el latino en EE.UU. y ex pastor evangélico, José Maturana, cuya historia culmina con su aparente suicidio cuyas dudas harán que la novela abra el frente del género policiaco; una ex drogadicta y  actriz porno internacional, Sabina Vedovelli, cuya visión empresarial la ha encumbrado y cuya autobiografía se sumerge en la pornografía; un escritor en busca de reconocimiento editorial bastante ególatra y pagado de sí mismo, Supervielle, que narra la supuesta historia de dos extraordinarios ajedrecistas: “La variante Oslovski & Flø”, cuya amistad está por encima de cualquier competición; un judío colombiano, Moisés Kaplan, que narra el acoso que sufre por parte de los paramilitares y su posterior venganza al modo de un conde de Montecristo caribeño… Será el nexo con la periodista nórdica (no me convence su caracterización a medio camino entre la escéptica ninfómana y la inocente defensora de un trasnochado “haz el amor y no la guerra”), con el empleado del hotel, el difuminado adúltero Amós,  y pondrá en conexión las historias de Jessica y la última mujer de Maturana.

La prosa de Necrópolis tiene un ritmo vivo, que mantiene la atención aun cuando a veces te haga perderte entre los afluentes dispersos del río de su voz. Lo sórdido sale en ella a la luz sin recato. Pero algunos diálogos resultan forzados para mantener el tono de elevada temperatura (los que establecen el narrador y la reportera nórdica, por ejemplo) y el idiolecto informal y barriobajero de Maturana parece impostado entre tanto pana-oyente, Don Chuchito El Propio o The Big Boss y tanto Ministerio de la Misericordia (en ocasiones tiene su punto cómico, aunque no llego a apreciar si caribeño o no). Las escenas de sodomía que éste describe y las orgías en plató (y fuera) de la actriz de cine porno no sólo es que estén subidas de tono es que me parecen más de lo mismo sin mayor relevancia argumental. Además no resulta creíble la primera vez de ésta (no muy temprana y sí muy intempestiva).

Conclusión: no sé, no sé, se deja leer bien, es una lectura cómoda si uno no es de los que se incomoda con tanto despropósito, pero yo esperaba más de un premio… y del autor de Los impostores, Vida feliz de un joven llamado Esteban, El síndrome de Ulises y Perder es cuestión de método. Y el final deja un agridulce sabor que no voy a desvelar. ¿Mereció la pena leerse casi quinientas páginas para llegar a ese precipitado, facilón y previsible final abierto en que todo queda en el aire inluido el inconcluso congreso y su última e interrumpida crónica? No sé, no sé. Sólo sé que no sé nada y esto es.

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