CUANDO UN AMIGO SE VA

                                           A Ignacio Bezanilla Cobo

Cuando un amigo se va no es que se muera algo en el alma, es que parte de nuestra historia se entierra en su memoria y parte de la suya pervive en nuestra mente.

Cuando un amigo se va, sentimos la orfandad que siempre se avecina en este patio de colegiales que es el mundo.

Frente a todos los “analfabetos diplomados”, los “aprendices de dictador” y los “marineros de agua dulce”, el capitán Haddock se revolvía con un ideal-realismo a prueba de mequetrefes. Así eras tú: una capacidad racional, especulativa, práctica y experimental con una ingente dosis de amor hacia el prójimo y una espiritualidad crítica con los impostores sin perder de vista que nada humano te era ajeno.

Mi capitán Haddock de los últimos e-mails ya está navegando por ese celeste mar de las estrellas. Ya nada impedirá que corras, vueles, ágil como los sueños de esperanza y dignidad con que nos envolvías. Comprobarás todo tu saber de astronomía, cogerás tu caballete y los pasteles para grabar los paisajes que aún no vemos, y ya nada te anclará a un cuerpo enfermo y serás más libre, si cabe, de lo que tu estoicismo creyente y librepensador pudo ser nunca. Tú que hiciste sencillas las difíciles paradojas de la existencia serás la viva imagen de las palabras de una tal Barbara Walker: “La moral es simplemente no hacer daño a los demás. La amabilidad… lo resume todo”.

Hasta los lobos con piel de cordero y los fariseos te echarán de menos porque no tendrán con quien medir su inteligencia, aunque tal vez se alegren de que ya nadie del bando opuesto los supere.

Los que siempre dudamos, los que nos equivocamos, los que trabajamos con ardor y vocación aunque fallemos, los que admiramos tu generosidad, tu entrega y tu cultura, tus colegas y amigos del recreo… echaremos de menos tu tolerancia, tu magnanimidad, tu capacidad para ponerte en el lugar del otro y analizar con perspectiva las opiniones contrastadas, tu independencia absoluta del “mal rollo” y tu absoluta dependencia del buen clima que se apuntalaba en ti, curiosamente, tú que hubiste de apoyarte en dos muletas.

Serás nuestra viga maestra.

Serás nuestro pintor de sonrisas a falta de nuevas anécdotas contadas con esa gracia de que hacías gala.

Serás esa estrella que nos guiña un ojo titilando, la proa que anticipa el derrotero que todos tarde o temprano tomaremos, el faro que nos dirija a lo que muchos entendemos por cielo, una especie de oasis de los agravios y los miedos, un edén panteísta y sin recelos, donde el perdón brille por su ausencia –porque al entender los motivos de los otros nada tendremos unos a otros que perdonarnos- y donde el amor termine de limar las aristas y zarpazos que un día se escaparon.

Gracias por ser nuestro amigo y nada reprocharnos. Y perdónanos si por prisas o por desconcierto alguna vez te fallamos, tú que fuiste pura sensibilidad sabrás como buen sabio disculparlo.

¡Qué hombre extraño a fuerza de cercano!

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