LOS POLÍTICAMENTE INCORRECTOS

Hay personas que siempre van a contracorriente, como si su personalidad les encaminara a ir de continuo a la deriva.

 

Que unos consideran que cualquier subvención es solidaria (aunque a quien se subvencione llegue a fin de mes más holgado que cualquier otro), ellos a rebatir que dar por dar sea caridad, que ésta ha de ser inteligente y quien da a quien no necesita engaña al que obra de buena fe y a quien realmente no le sobra.

Si alguien con buen y tardío criterio mueve las conciencias contra el burka, detestable no sólo sino también en la esfera pública, se pregunta cuántas serán condenadas al más absoluto de los ostracismos si, además de tapadas hasta los dientes deben circunscribir su encierro a la jaula del hogar para no herir los sentimientos ajenos. Y sigue preguntándose por la oportunidad de la medida. ¿Por qué no antes? Y sigue pensando que la tibieza de la misma llega tarde o a deshora.

Que otro considera que los toros son una animalada, el otrora antitaurino por pavor a la sangre del animal y no menos por temor al sufrimiento relativamente escogido del torero en las cornadas respeta y recuerda cuántas grandes obras de arte lidiaron con el tema y cómo el idioma común se halla sembrado de metáforas de la llamada fiesta nacional y coge el toro por los cuernos de sus decisiones, aunque sea para dar su brazo a torcer y enumerar las razones por las que una aparente salvajada a veces no es tal o lo es en mucha menor medida que otras propiciadas por gobiernos (guerra preventiva), sacerdotes diabólicos (que abominan del pecado asustando con las penas de un infierno aún por ver), inquisidores de la progresía (eliminación de cualquier símbolo religioso previamente instaurado, no así de cualquier símbolo cultural aunque sea de nuevo cuño), personas de a pie (ensuciar de más y reciclar de menos, comprar lo innecesario y regalar lo inservible), etc.

Que los ánimos están caldeados por la futura huelga sindical, éste piensa que el desacuerdo se demuestra andando, y que todos los días son el apropiado para mostrar disensión con los poderosos.

Que medio mundo se paraliza por ver a todo color el mundial, algunos gritan como posesos y pintan con fosforitos tricolores la bandera de su selección en los rostros de sus hijos, el “imperfeccionista” (¿inconformista?) deja su alegría para cuestiones más íntimas o para logros mundiales impersonales (esos que abogan por los seres humanos en general y no por una persona en particular), y no se deja influir por lo que considera el nuevo opio del pueblo, una moderna cadena de producción que aborrega aludiendo a nuestro instinto más tribal y aplacando descontentos. Pero respeta. Mientras se está ante la televisión no se clama contra las injusticias ni se trabaja por ellas (ojo, no dice contra ellas). Y lo respeta. Incluso admite que algo de razón tendrán los otros si esos muchachos en calzones correteando tras una pelota con la que todos quieren hacerse provocan ese maremagnum de reacciones en cadena. Incluso piensa: “Mea culpa. Soy un bruto. No veo la vertiente de cultura general que proclaman que tiene quienes me lo venden”. Y se pregunta, él que no es daltónico, por qué ahora llaman “la roja” a la selección española (¿sentimiento de culpa mal digerida, de vergüenza inadmitida, de repudio sutil y bajo cuerda?).

Y sigue en sus trece. Sin levantar la voz contra los nuevos ídolos, porque todos necesitamos creer y cada cual se busca en qué. Sin levantar la voz, acobardado, porque teme exponer su opinión minoritaria en una época global y alienante, sería como tirar guijarros contra sus propios cristales.

Pero, haciendo acopio de una gran paciencia y un cierto complejo de inferioridad por no comprender lo que para la mayoría es diáfano, escribe esto ante una pantalla gigante en un bar en el que espera a alguien. Y oye la desilusión en los exabruptos que las oportunidades de gol que no se alcanzan pone en los labios de sus prójimos. Y se siente en un mundo ancho y ajeno, seguro de estar en la cuerda floja, que es lo mismo que decir equivocado. Y lo respeta pero no lo comparte. Y da gracias: al fin y al cabo eso es la democracia, pertenecer a la opinión minoritaria y poder expresarla, poder dejar que ondee como una bandera sin temor al destierro ni la cárcel ni la muerte (¿el vacío qué importa?, la indiferencia no hace mella igual); aunque eso sí: sintiéndose un individuo fuera de juego y tal vez etiquetado de “ignorante cabezota” por no saber lo que casi nadie ignora y  por no dejarse llevar por los que saben…

Dejemos la medicina para cuando estemos enfermos, la educación para los niños  de otros, la justicia para resolver los conflictos que no hemos provocado y la investigación para el día de mañana que hoy cerramos por cese de negocio.

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