QUÉ RAROS SON LOS HOMBRES

El madrileño José Ovejero, licenciado en Geografía e Historia y autor de novelas –Añoranza del héroe, Huir de Palermo-, poesía como Biografía del explorador, teatro,  libros de cuentos –Cuentos para salvarnos a todos-  y de viajes como China para hipocondríacos (por alguno de los cuales ha recibido varios premios como el Ciudad de Irún de poesía, el de Grandes Viajeros de libros de viajes y el Primavera de novela) publicó hace una década Qué raros son los hombres, libro que compré por un impulso malsano de regodearme en lo que a veces se piensa y el título parecía confirmar y que al fin he leído, aprovechando un viaje en autobús.

Sí, mi intuición me recomendó comprarlo porque su título prometía placeres sin fin y un tema afín, por otra parte, a mis intereses. Y no porque sea de las que piensen que son sólo los hombres los únicos “raros” sino porque pienso que todo ser humano es raro, diferente, impar o singular. Desde muy joven mantuve la siguiente máxima: “Lo anormal es ser normal” y, aún hoy, sigo convencida de lo mismo. En aquella época quería pasar inadvertida y soñaba mimetizarme con la mayoría o la media o los mediocres. Hoy sobrellevo mis diferencias con la resignación de la mayoría y simulo sin disimulo ser igual de distinta a tantos otros, igual de mediocres o de elevados, de excéntricos o concéntricos. Yo me entiendo y en la diferencia encuentro la semejanza que me acerca al resto, desconocidos, prójimos,  amigos, familiares…

Pero, volviendo al libro, mi intuición no me engañó y la dilatada espera en que lo mantuve en un estante perdido de mi librería me lo devolvió tan fresco y vigente como cuando me hice con él. Su estilo literario me ha resultado como fresca verdura tras un opíparo banquete. Su provocativo título cumplió el papel de señuelo, pero sus historias y su estilo avivaron mi interés desde el primer relato, porque se trata precisamente de un libro de relatos, diez, con protagonistas sencillos, de esos que podríamos encontrarnos en cualquier calle de cualquier ciudad de cualquier parte del primer mundo (no creo que en el tercero se muevan por los mismos deseos, necesidades e intereses), antihéroes modernos y tragicómicos que sorprenden siempre en una última vuelta de tuerca tan inesperada como descorazonadora.  Sobre los que ironiza sin desearles el mejor de los finales, porque los entiende o al menos aprecia como todo padre a su hijo descarriado, no los juzga, los va definiendo, no le son indiferentes aunque los describa con trazos impresionistas, los deja sueltos, a su libre albedrío aunque no lo comparta. Por eso en cada historia destila humor, ternura, procacidad… para referir y reinterpretar, desmenuzar o eliminar los tópicos sobre la masculinidad y las manidas suposiciones acerca de cómo son los hombres, como si todos pudieran medirse por un único e igual rasero. Si las mujeres para ellos somos raras, ellos para nosotros tampoco son simples como tal vez creen que pensamos, y por mucho que por molestar les a veces nos mofemos: que son más simples que el mecanismo de un chupete o que es lógico que no nos escuchen si andan conduciendo, p. ej., por ser incapaces de hacer dos cosas al mismo tiempo… No, basta de topicazos, que también ellos son difíciles de comprender y contentar (quien los entienda que los compre, jeje).

Así, no todos los hombres que viajan a Cuba pretenden tener una aventura y cuando el protagonista de Los conquistadores parece que cae en las redes de lo que se espera de ellos, el destino más escatológico se burla de él, jeje, digno del mejor Bryce Echenique y su Vida exagerada de Martín Romaña. Los hay neuróticos (de nuevo me viene a la mente si el que le da vida en un relato representará a un aspergen con su metódico cronometrar las acciones como si fueran tiempo y de examinar este como si pudiera representarse por medio de las coordenadas espaciales) que se cuelgan de una relación aún inconclusa por hallarse maniatado para enfrentarse a la ruptura (ruptura de su mundo perfecto que le abocaría al caos), como leemos en Aún estoy en Berlín. Y me estoy muriendo de miedo. En algún caso (El peso de las horas y Los años en Venusberg) el punto de vista es el de una mujer; en el primero de estos dos -relato que me trae a la cabeza Las mujeres que hay en mí de María de  la Pau Janer-, ella se siente acosada por un procaz maniaco que siempre la llama a la misma hora y rompe con su rutina marital.

En Qué más da, un  joven heterosexual en un país extranjero, que apenas ha convivido con un par de homosexuales en un piso cuyas habitaciones se alquilan, se deja llevar de una despedida atípica de la que, si vuelve la espalda, piensa que nada es tan diferente  Un padre vive su particular infierno al comprobar que el deseo ha tomado una forma familiar y que la niña de sus ojos ya no es tan niña en Las penas del infierno. Otro padre mide su vida a  instancias de un automóvil casi único, mientras dura el sortilegio de la posesión no compartida (Gogomobil), visto desde la perspectiva infantil de su hijo menor. Y hay un hombre que, habiendo ido de «progre», no predica con el ejemplo ni perdona los deslices en los que no cree, capaz de vender su voto para defraudar la dignidad ajena y desnudar la altivez de su enemigo (El premio).  Y un profesor de tenis serbio con el que una señora madura y de buen ver intenta un encuentro y… (en el relato que da título a todo el libro). También un divorciado que pierde su modo de vida al tiempo que se enamora de una joven con la que pudo tener algún roce en un pasado (Los años en Venusberg), y que se obsesiona con el posible pasado común de ambos, en lugar de vivir el presente. Incluso un relato se atreve con el mundo de la semi delincuencia de algunos hinchas futbolísticos, con la tortura y con el mundo del erotismo,  Stripper, que, si bien apunta hacia unos hechos desconocidos, deja las conjeturas en suspenso con las enigmáticas palabras finales de la dueña del bar: “No le des más vueltas, hija. Es que son así”.

El autor demuestra lo que indudablemente todos sabíamos (el atractivo de los hombres radica en sus rarezas, lo mismo que el de las mujeres). Su fachada se sostiene sobre buenos pilares. La apariencia a veces no engaña y lo trivial no siempre es superficial si se sabe leer tras los entresijos de lo callado en lo dicho.

¡Qué bien que no conduje y me dejé llevar de una a otra estación!

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