POEMAS QUE ATRAPAN

Antonio Hernández, poeta de Arcos de la Frontera, en un prodigio de suave musicalidad deja constancia del árbol genealógico ignoto, del misterio de la divinidad y del terco discurrir de la naturaleza  y la existencia humana:

Los padres de mis padres, los  abuelos

de sus tatarabuelos, los lejanos

ancestros de mi sangre  conocían

por sus nombres los vientos y los astros. 

Su forma de  expresarse era oración,

Dios estaba en las palmas de sus manos

se iba  pareciendo a la esperanza

si la espiga granaba. Ante el milagro,

aquellos hombres de los que procedo

porque cunda el misterio por su  rastro,

encendían fogatas, se abrazaban,

al quererse se hacían  sobrehumanos.

No sé de quienes hablo, pero digo

de mí cuando en  espíritu me entablo,

cuando en este silencio nemoroso

miro el cielo  magándose, cuajado

de lenguas que proyectan unos signos,

una  conversación de antepasados

tal si en ellas viviera la costumbre

de  quienes largamente las miraron.

Cuando el hombre era hombre, celebraba

las cosechas, se amaba. Y en sus ratos

libres miraba el cielo, sus  señales,

pensativo.

Y a Dios daba  reinado.

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