EFECTOS SECUNDARIOS

De la novela Efectos secundarios de Germán Sierra, si algo puedo decir es que no deja indiferente, a pesar del tedioso comienzo y más que moroso desarrollo en varios capítulos, a lo que contribuyen sus abundantes enumeraciones con afán de completitud (“prácticas de aruspicina: estereomancia, acromancia, piromancia, hidromancia…” y así durante once líneas más); a pesar de la gramática coloquial (“muy mucho”), de los imprevistos y casualidades con que la “investigación” se transfigura en una sucesión de episodios cuya relación se torna increíble, de la aparente ironía con que enfrenta una moderna y falsa poesía a una supuesta desaparición de la vieja novela, y de la dificultad inherente de su vocabulario, extraído de las ciencias (en esencial de la zoología) para campar a sus anchas en las expresiones comunes: “va a clavar sus quelíceros”, “anónimo mensajero liofilizado”.

A pesar de esos pecados de juventud de  todo aficionado a la literatura experto en otras materias, como en este caso la de la neurocirugía, sin embargo, digo, Efectos secundarios impacta por su capacidad para envolvernos en su atípica forma de narrar, que lo mismo introduce una greguería: “un piano es un gran escarabajo con un élitro al bies” que un guiño de clasicismo lingüístico: “¿estás nolimetángere esta noche?”, algún recurso como un quiasmo de palabras derivadas: “un discreto benéfico y el beneficio de la discreción” o una definición por antítesis para denominar a los jubilados: “el paraíso de los adolescentes menguantes”, o extranjerismos: “connaisseur”, “afterhours”, “cool-hunting”, “che sará, quel sérail”, un neologismo: “neonosecuántos”, “liricoterapia”, o un léxico inusual: “guematria, notaricón, temerá”, que uno obvia porque el exceso léxico no invita a comprobar si todas las palabras que usa existen.

Seguro que un economista y un biólogo sacarían mayor fruto de su lectura. Yo me he empecinado en acabarla porque creo que tiene su punto. Me parecen excelentes los títulos que encabezan sus capítulos, una idea de estructura organizada a modo de prospecto médico:

1. Composición

2. Indicaciones

3. Reacciones adversas

4. Acción

5. Contraindicaciones

6. Precauciones

7. Interacciones

8. Efectos secundarios

9. Intoxicación y su tratamiento

10. Fecha de caducidad

Pero el autor se demora en las descripciones científicas de urbes impersonales, o en unos personajes que parece extraer de su chistera de mago novelista y a los que disecciona con su escalpelo de neurólogo, al tiempo que disemina pizcas metaliterarias en su argumento (referencias a Hamlet, Matthew Lewis, Moby Dick…), y se pierde -o nos hace perdernos a los lectores ajenos a los entresijos macroecómicos, en mi opinión- en una confusa trama que promete sin resolver, y nos pone la miel en los labios pero acaba empalagándonos con ciertos tópicos sobre las altas finanzas de las empresas farmacéuticas (falta de escrúpulos, poder y dinero en dosis incalculables, explotación y desestabilización del Tercer Mundo, legalidad inmoral, etc.) desarrollados sin ninguna claridad, por mucho que se refiera a brillantes intuiciones y a la capacidad de “malabarista de los números” de un personaje –Jacinto Barrón- que se convierte en constante referente del influjo del pasado en el presente sin que tenga presencia real en la novela.

Al menos he aprendido varios conceptos con su lectura, razón por la cual la doy por bien servida: el de las “patentes cerradas” (las que “consisten en utilizar el registro de patentes para evitar que la técnica patentada pueda ser utilizada”), el de “grasa de motor” (denominación con que el matemático Landau se refiere a los pensamientos que abrigan una utilidad práctica) y el de “bellas durmientes” (empresas deficitarias o de escaso valor que, con el tiempo, no sólo saldrán a flote sino que multiplicarán sus beneficios y que, por tanto, son perseguidas por los tiburones financieros).

Ahora sí, que se abstengan los que buscan novelitas humorísticas, novelones sentimentales y obras, en cualquier caso, de sabrosa lectura y fácil digestión para entretener su veraneo, ahuyentar el vacío del paro o disfrutar del escaso ocio que les deje su trabajo.

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4 comentarios

  1. David Nieto said,

    agosto 8, 2010 a 3:02 pm

    A pesar de los ‘defectos’ aludidos creo acertado elegir este tipo de lecturas por su refrescante apuesta literaria… Tomo nota y seguiré visitándote como lector que no suele ” buscar novelitas humorísticas, novelones sentimentales y obras, en cualquier caso, de sabrosa lectura y fácil digestión para entretener su veraneo, ahuyentar el vacío del paro o disfrutar del escaso ocio que les deje su trabajo.”.. ¡Un saludo!

    • agosto 31, 2010 a 11:31 pm

      Gracias, David, por tu atenta lectura de mi reseña.
      Espero que, si lees la novela, sea de un tirón, y que en ese caso me comentes qué te ha parecido a ti.
      Hasta tus próximas visitas.

  2. Sevillana said,

    agosto 3, 2010 a 6:30 pm

    Yo también la leí y estuve a punto de dejarla sin conmiseración, luego me obligué (¿será de cole de monjas, como lo de no dejar comida en el plato esto de acabar los libros empezados?). No digo que sea mala, sólo que me resultó confusa y pesada en muchos párrafos.

    • agosto 3, 2010 a 6:34 pm

      Hola, Sevillana, me alegro de que estemos de acuerdo. A mí me pasaba igual. Ahora estoy consiguiendo imponerme y dejar los infumables. Me pasó con el ensayo de Roberto Saviano sobre la mafia, Gomorra, no pude con él…


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