LA VIDA INTERIOR DE TANTOS SERES HUMANOS…

Recordar la magia y la desazón que produce la lectura de Paul Auster no es novedad. Sin embargo, el guión de La vida interior de Martin Frost con su azarosa génesis produce fascinación, justo la cualidad que busca él en un actor. Sin escabrosidad se mueve entre la realidad y la pura imaginación, en la esfera del sueño a un paso de la vigilia, como si los fantasmas se pudieran hacer realidad.

Comenzó como breve relato para una colección de Cuentos eróticos de unos 30 minutos cada episodio que iba a producir un alemán. Luego la incluyó en El libro de la ilusión, como versión adaptada en la película rodada por Hector Mann que ve el narrador, David Zimmer. Años después la terminó y dirigió su rodaje en Portugal con un presupuesto bajo, un exiguo número de profesionales y un breve reparto (cuatro personajes, tras varios cambios de actor para el papel protagonista) en el que intervino su hija de 18 años, Sophie, que baila y canta. También se concede la posibilidad de integrar su vida en la ficción, como cuando alude al juego de los dardos con destornillador en que él participó de niño o como en la inclusión de fotografías de familia, de su familia, para ambientar el hogar de los amigos del protagonista.

Se trata de 102 escenas mínimas que se suceden o se contraponen con entera sencillez en tomas largas y breves. No he visto la película, pero la fotografía y el montaje han de ser excepcionales para que se sustente en el mínimo diálogo y en la increíble trama de esta pequeña obra. Un lazo más: la extraña joven principal, Claire Martin, dice apellidarse como el nombre de pila del protagonista y la segunda joven, Anna James, con el nombre de su supuesto tío James Fortunato, escritor aficionado y fontanero profesional. Apellidadas o apodadas, dependientes y difuminadas según escriben uno y otro más y más, musa añorada la una y despreciada y fallida inspiración la otra.

Leo una entrevista a Woody Allen y reconozco un lazo entre este personaje excepcional de nuestro diario vivir y la persona que parece esconderse tras Martin Frost: que la adición al duro trabajo elimina el estrés, distrae de las angustias de carne y hueso y de las pequeñas catástrofes cotidianas y sirve de barata terapia, porque fortalece la mente y el cuerpo, desafía la razón, eleva el ánimo y dota de sentido al sinsentido de la existencia abocada a la vejez en el mejor de los casos y a la muerte en todos ellos. La paradoja entre el deseo de perpetuarse y el rechazo a que esa longevidad supongo el deterioro. La contradicción entre el deseo de vivir y el deseo de mantenerse en pie sin una arruga en la mente ni una llaga en la piel. Dice Allen: “El artista debe proporcionar una ilusión, un paraíso o un infierno, algo que valga la pena en medio de todo lo terrible” y recuerda de Macbeth: “La vida es un cuento de ruido y furia que no significa nada”, y hay que saber que todas esas interferencias nos separan del bingo prometido. Y Martin Frost, siguiendo esta enseñanza, huye hacia delante para no perder el testigo del amor. ¿Lo consigue?

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