UNA DULCE Y TREMENDA LECTURA

La voz dormida de Dulce Chacón creo que merece la denominación de clásico de nuestro tiempo. Hay muchas novelas sobre la Guerra Civil, sobre la reciente–porque el dolor desaparece tras generaciones no inmersas en la vil circunstancia- guerra incivil española. Ahora mismo recuerdo Los girasoles muertos del también malogrado Alberto Méndez (¿será una especie de maldición sobre los que hurgan -y lo hacen entre el estupor ante la tozudez de sus mayores y el pasmo de las ideas combatidas con armas arrojadizas- en las heridas aún no cerradas mientras queden descendientes directos no de las tumbas de faraones lejanos sino de las cunetas de represaliados?). Hay muchos y grandes testimonios de esos atroces tres años que de triunfales tuvieron sólo el nombre entre unos cuantos. Pero pocas obras recogen con tanta delicadeza y, sin embargo, con tanto acierto y compromiso lo que ya muchos sabemos por fragmentos seminarrados, casi escapados, de las bocas casi selladas de abuelos y padres y que no recordamos porque no vivimos, gracias a que nos tocó nacer en el bombo de la vida años más tarde de aquella salvaje época de sublevados y acérrimos hermanos de patria con la que unos y otros se querían hacer como si de una posesión fuera.

Sospeché en los pómulos, la sonrisa y los luminosos ojos cierto parentesco entre la propia autora y la miliciana de la “Columna Uribarry” con un niño en brazos de la foto de la portada. Simplemente un hilo de identificación, de pasión compartida por transmitir la verdad, la Historia que nunca se cuenta en los libros oficiales, hasta que pasa un tiempo y se remueven los culos de las poltronas y se despiertan conciencias y se entreven y entreoyen las menudas historias que se acallaron antes.

A través de varios personajes, Hortensia, Felipe-Mateo, Paulino-el Chaqueta Negra-, sentimos la determinación, la decisión de aun habiendo perdido la guerra, resistir hasta la muerte con la dignidad tan en alto como el hambre, compartiendo pesadumbres y pobreza, pero sabiéndose portadores de una memoria que habrá de completar la Historia demediada o falseada que se escriba y se propague durante los primeros años. Nos lo cuenta por medio de un narrador omnisciente total y un perspectivismo del lado de los vencidos, que suaviza con el estilo indirecto libre con que deja constancia del discurrir del pensamiento y de los sentimientos de los personajes que entremezcla: “Le dirá que ya tiene de sobra con el miedo que pasa cuando la saluda la vecina en la calle, después de mirar a un lado y otro, y alante y atrás, con disimulo, eso sí, siempre mira con disimulo”.

La voz dormida es la historia de las voces que susurraron sus penas, que adormecieron sus gritos, que acallaron sus “delitos”, ese pensar en rojo o echarse al monte o colaborar con milicianos o tener un familiar preso o ajusticiado. La voz dormida despierta nuestra sensibilidad ante la desgracia ajena, añeja y aneja, porque fueron otros y creemos que de hace una vida, pero eran los nuestros que es otra forma de ser uno mismo. Y como bien dice: “Resistir es vencer” y sobrevivir se convierte en su única obligación y la nuestra, evitar repetir las luchas fratricidas.

Pepita, la hermana de la mujer que no sabe que va a morir, silencia su nombre cuando descubre en la cola del penal de Las Ventas que allí se pregunta por si ha venido “la Pepa”, es decir, la “saca”, el momento en que sacan a las condenadas a muerte para llevárselas… Pero, aunque parece que Hortensia, hermana de Pepa, mujer de Felipe (cuando pasan a Francia alias Mateo) Va a ser la protagonista, acaba el protagonismo diluyéndose en un personaje plural, el perdedor de todas las guerras, aunque se le dé diferentes nombres: Reme la optimista con un hijo que la ha hecho abuela, tres chicas y un niño eufemísticamente inocente; Tomasa la reivindicativa, ácrata, atea y dura cuya historia se nos develará tras la muerte de la mujer con nombre de Flor; la pequeña y cantarina a punto de morir por unas fiebres Elvira, un prodigio de artista que en nada se nota la sosa herencia familiar, y visitada por su desconsolado abuelo con porte de señor y flaqueza de famélico; Sole, la comadrona presa que ayudará a traer al mundo a Tensi II con la ayuda del flamante doctor Fernando que, por azares de la intrahistoria, acabará dando gusto a su esposa al volver a su profesión, de la que durante un par de años abominó. Y también se llamará el personaje colectivo Celia, Paulino, la torturada Carmina al descubrirse que sirve de enlace, Amalia con su cuenca vacía, la hija de Sole, etc. Incluso Mercedes la buena guardiana que se siente fuera de lugar entre el dolor de las abandonadas a su suerte y la crueldad de La Veneno, La Zapatones y otras. Porque las prisioneras la miran con recelo y Tomasa especialmente, y sus colegas con desprecio por no hacerse respetar.

Una anécdota, la de la amputación del Niño Jesús, nos dará la razón de la mala baba (por ser suave) de la hermana María de los Serafines, así como la temeridad de la Tomasa, que insiste en desobedecer a sabiendas de que le supondrá el castigo del “cubo”. Y el miedo del que recogía leña demuestra una vez más que el terror puede hacernos traicioneros. Que denunciar a quien tiene las de perder es de cobardes listos y que, por eso mismo, los guerrilleros defensores de la República hacen bien en sospechar porque en tiempos de guerra y posguerra uno no puede fiarse ni de su padre.

Y pienso en lo que sufrió mi padre al doblegar su dolor para salir adelante cuando le asestaron la puñalada bajera de asesinar por tercera y definitivamente (dos veces antes le llevaron al paredón en el colegio de los Salesianos de Santander, entonces convertido en penal por los nacionales, y las dos le conmutaron la pena hasta nuevo aviso) a su padre, que no había hecho la guerra, pero había sido el rico del pueblo, un atípico rico que prestaba sin cortapisas a quien lo necesitaba, fuese del bando que fuese, cuyo defecto mayor fue la generosidad desinteresada, ya se sabe de la envidia de los rivales (los otros dos bazares no fiaban, y un amigo cura de estos ricachones cabrones les ayudó a darle la puntilla, tirando la piedra y escondiendo la mano), y cuyo  menor defecto fue que tuviera ideas republicanas –quizá imbuidas por su padre, el maestro-, porque luchó contra las iniquidades de cualquier signo y a favor de cuanto hiciese la vida más fácil a los suyos y los demás. Así impidió que los rojos quemaran una iglesia y que los pobres pasasen necesidad. Así llevó a cabo el primer lavadero de su pueblo para unas mujerucas hastiadas de romperse los nudillos. Con esos precedentes, la mentira ya estaba servida en plato de plata ante los militares de la época. Porque les hacía sombra y robaban, perdón, ganaban menos. Así fue como de un plumazo le robaron las tierras, la tienda (un bazar en el que se vendía de todo, desde una aguja a un féretro, pasando por ropa, lociones, semillas y comida; porque las cadenas de Todo a cien existieron antes de que se hicieran famosas, sólo que entonces la calidad era la mejor que en ese momento existía, y trabajaban como chinos sin que éstos hubieran emigrado aún aquí para enseñárselo) el polvorín, los caballos, la cuadra, la vida de dos de sus hijos… y les lanzaron al destierro, de señores en su pueblo a criados en la capital, con la familia desgajada y el desprecio de los índices delatores y las miradas aviesas.

Mi abuela, ayudada por una cuñada que en su nombre -Socorro- parece que llevó su enseña, se dejó las onzas de los dedos trabajando sin parar antes de poner su propia pensión. Y su hijo mayor (siete años), mi padre, que dejó los estudios en los que destacaba por la mala praxis de un profesor ¿del régimen?,  hubo de trabajar de chico de los recados, tirando de carretillo para una droguería, para un almacén de coloniales, currar en mesones y para quien  le diera algo con que suplir la escasez de la cartilla de racionamiento, hasta que ya mozo consiguió un dinerito y, con su fama de hombre de palabra y trabajador, alguien le echó una mano (y esta vez no al cuello) para poner su bar, famoso en el mundo entero (en su mundo claro, en nuestra pequeña y provinciana ciudad) por su calidad y trato. Porque les robaron todo menos la dignidad y el orgullo. Y mi padre, el emprendedor, murió batallando con el nombre de su padre, el abuelo que nunca me contó un cuento ni me acarició el cabello, en los labios, preguntándose por qué, el porqué de la delación de un cura y dos tenderos ladrones que malvendían a mayores precios, sin fiar y sin admitir trueques, lo que mi abuelo vendía, prestaba, dejaba o regalaba según la necesidad del cliente y con la única rúbrica de una promesa y sus palabras de honor, una fórmula desconocida para aquellos.

Pero yo pertenezco a la posguerra lejana, a los albores de la democracia y no quiero hacerme mala sangre, porque de todo hay en la viña del Señor. Seguro que hubo Mercedes desconocidas y Marías de los Serafines republicanas que hicieron mal a conservadores convencidos. Sólo somos parte de una historia, que se debe contar para no repetir, que se debe escribir para no olvidar y que se debe leer para aprender de los errores hermanos y hermanicidas.

Dulce Chacón que estás en los cielos, guía nuestros pensamientos para que la Memoria Histórica sea un afán de limpiar la desmemoria pero no una sibilina forma de represalia retrógrada. Tú que supiste pintar con suaves trazos la crueldad de una época, ayúdanos.

¡Qué pena no haberte conocido, abuelo! Ni a ti Dulce Chacón.

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1 comentario

  1. Ave canora said,

    octubre 23, 2010 a 4:19 pm

    Cuántas historias sin nombre que se callan…
    Esta escritora hubiera sido de las primeras nacionales de haber sido más longeva. Siempre fallecen antes los mejores.


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