SPUTNIK, MI AMOR

 

Murakami (Kyoto, Japón, 1949), un ex barman fanático del jazz que se convirtió tardía y casi casualmente en escritor profesional, compone una prosa límpida influida por el inglés-norteamericano, la literatura occidental, la cultura de masas y por la autora -inicialmente outsider– de Kitchen, “Banana” Yoshimoto, con su mundo poblado de fantasmas que habitan junto a los seres humanos “normales” para llevarlos hacia situaciones o lugares que transgreden las normas de su cotidiano vivir.

Haruki Murakami acostumbra a echar mano de una no muy personal –a juzgar por esta novela- simbología en que late lo onírico y lo real en su doble dimensión espiritual y corporal, y a un estilo fluido que te mantiene alerta. Y en Sputnik, mi amor (título que parte de la confusión de Myû entre el nombre del satélite ruso y la generación beatnik) el narrador explica a la protagonista que un símbolo es una “flecha que apunta en una sola dirección”, mientras que el signo implica una línea de doble sentido, cuyo feedback haría que los extremos se impliquen y se puedan suplantar uno al otro. En este sentido, esta novela tal vez sea más símbolo que signo de su autor, sobre el que yo cifraba grandes esperanzas influida por buenas lectoras que lo tenían muy bien considerado. Si fuera de otra forma, mi desilusión sería mayúscula.

En Sputnik… los aparatos electrónicos (teléfono, ordenador), la música clásica y las lecturas afines a Jack Kerouac -propulsor de la Generación Beat (recordemos que como reacción paródica y con interés por desprestigiar el movimiento beat, apareció el término “beatnik”, fusión de las palabras “beat” y “Sputnik” para sugerir la característica antiestadounidense y comunista del movimiento beat)- sirven como nexos entre los seres demediados que lo protagonizan.

Los diálogos entre Sumire y K. (el amigo fiel, su paño de lágrimas y confesiones, enamorado de ella sin que ésta le prometa ningún flirteo carnal y quien hace de narrador de la vida de su amiga en lo que le concierne y en lo que no porque Sumire le permite adentrarse en ello) descansan en una mutua interdependencia anímica e intelectual -nunca física pese a los deseos de K.- y están llenos de sobreentendidos. Con una vuelta de tuerca, el final nos retrotrae al aspecto que, según él, tenían las antiguas murallas de las ciudades chinas, cuyas puertas se construían con huesos de guerreros regados con sangre de perros recién degollados para otorgar un “poder mágico” a “las viejas almas”. Metáfora de la metamorfosis que cada cual puede y debe sufrir.

Cuando  Sumire dice que ama a Myû –dedicada a la importación de vinos y cuyo erotismo se esfumó a raíz de un traumático episodio de 14 años atrás en que encaneció de repente-, siente una vorágine de sentimientos que tambalean su mundo encofrado en inciertos rituales como los diálogos con K., las sempiternas lecturas y su afán por convertirse en escritora. Su amor por Myû es voraz y su pasión apela a la figura de una serpiente, con sus connotaciones de deseo y obsesión fálica. Así, estas “compañeras de viaje” acaban mostrando el lado más desolado de la humanidad, la necesidad de acceder al lado oscuro de uno mismo, el otro yo que todos escondemos o no reconocemos tras nuestra apariencia diaria… Confiesa Myû -uno de los tres vértices de esta extraña relación interpersonal- que tras su experiencia suiza, se siente vacía y disociada de su otra mitad, la cual se quedó en: “la orilla opuesta. Llevándose mi pelo negro, mi deseo sexual, mi menstruación, mi ovulación y, tal vez, mis ganas de vivir”.

Los engranajes sobre los que descansa esta novela son: las turbulencias de la pasión sexual, la pérdida del ser amado,  una sutil intriga inexplicada y la figura del doppelgänger (si pensamos que K. y Sumire son un solo yo escindido, incluso estos y la tercera en discordia Myû). El término Doppelgänger -que se utiliza para designar al doble fantasmagórico de una persona viva, al polo opuesto especular, al que camina al lado como una especie de gemelo malvado (idéntico a ése excepto por su moral invertida) o a la voz de la conciencia de un personaje- se relaciona con ideas como las de la clonación, los universos paralelos y los viajes en el tiempo y la distorsión de los valores en un alter ego en el que se produce el fenómeno de la bilocación (la persona estaría ubicada en dos lugares simultáneamente interactuando con su entorno con total normalidad, de manera que puede experimentar sensaciones y manipular objetos como en la realidad vulgar). En ciertas leyendas representa un augurio de muerte o de mala suerte, una materialización de lo que Jung llamaba Sombra, es decir, del lado oscuro y misterioso del ser humano, uno de los arquetipos del inconsciente colectivo. El dramaturgo sueco Strindberg decía: El que ve a su doble es que va a morir (algo que se recoge en la película de Remando al viento). Si hacemos caso al folklore, estos dobles malignos no proyectan sombra ni se reflejan en espejos o agua y sus consejos pueden resultar engañosos o maliciosos, hasta el punto de que pueden inculcar ideas malignas en la víctima o entre sus allegados.

Este tema del doble o la escisión de la psique -que, en la actualidad, probablemente se catalogase como esquizofrenia- es viejo en la literatura (humorística, fantástica, de ciencia ficción): desde la mítica metamorfosis de Zeus para yacer con Alcmena y los problemas que les acarreó a Sosias y Anfitrión en la comedia de Plauto a La comedia de las equivocaciones de  Shakespeare, pasando por la criatura del doctor Frankenstein como especie de desdoblamiento de su creador, el relato de Los dobles o la novela Los elixires del diablo de Hoffmann, El Dr. Jekyll y Mr. Hyde de R. L. Stevenson, el poema narrativo El estudiante de Salamanca de Espronceda, el relato El caballero doble de Théophile Gautier, la novela El Doble de Dostoyevsky, el relato La sombra de H. C. Andersen, El príncipe y el mendigo de Mark Twain, el relato ¿Él? de Guy de Maupasant o, más modernamente, la Trilogía de Nueva York de Paul Auster o la novela juvenil Las Luces de Septiembre de D. R. Zafón, así como la novela El hombre duplicado del recientemente fallecido J. Saramago.

Y tampoco es desconocido el tema en el séptimo arte con Hitchcock (Pacto siniestro, Extraños en un tren), Stanley Kubrick (El resplandor, Eyes Wide Shut) o David Lynch (con su serie televisiva Twin Peaks), por ejemplo.

“Día y noche de la naturaleza humana” de Pescador

Pero lo que yo intuía como una novela de intriga psicológica, en la que K. opta por la búsqueda o, tal vez, la fuga al viajar a una isla griega cercana a Rodas para intentar resolver la misteriosa desaparición de Sumire, se adentra en unos derroteros que dejan en el aire infinidad de preguntas sin resolver. Y no es que me incomoden los finales abiertos, las tramas inconclusas. Es que me resultan sospechosas las obras en que se deja sin resolver lo que al lector ni se le pasa por la imaginación cómo hacerlo. Él mismo dice escribir “cosas raras” que, de hecho, tienen muy dividida a la crítica, porque mientras unos alaban su audaz imaginación plagada de mundos oníricos y lo colocan en un altar, otros discuten su valía como narrador y sostienen que elabora misterios  inexplicados porque “su prosa no alcanza” a resolverlos.

No sé por qué pero me ha dejado un regusto similar al de Fin de David Monteagudo (aunque más ameno éste) y Necrópolis de Santiago Gamboa…

Anuncios

2 comentarios

  1. Gonzalodeberceo said,

    noviembre 2, 2010 a 7:26 pm

    Soberbia. LLevo tiempo queriendo leer un libro de este autor japonés. Creo que lo intentaré con este libro aunque tenga un final abierto. Pienso que los finales abiertos son menos originales que los cerrados, es más, escritores famosos, como Pérez-Reverte, tienen problemas con los finales de sus libros.
    Déjame admirar tu elocuencia en el comentario y tu sabiduría en las referencias.

    • noviembre 3, 2010 a 8:32 pm

      Hola, Gonzalodeberceo. Me alegra mucho contar con lectores tan “añejos” y de “me(ne)ster” afín al mío. Estoy totalmente de acuerdo en lo que dices acerca de los finales abiertos. En cuanto a lo de la elocuencia y sabiduría, pobrecita de mí, no me pongas el listón tan alto que luego voy y te defraudo… Con que mi comentario haya conseguido “engancharte” me doy por satisfecha.
      Ah, y, por favor, cuando lo leas, haznos saber tu opinión sobre Sputnik… Estaremos encantados de mirarlo desde otro prisma, más rico cuanto menos coincidente.
      Un abrazo


Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: