LA LUZ ES MÁS ANTIGUA QUE EL AMOR

¿Novela, ensayo, compendio artístico al aunar la pintura y la literatura? ¿Novela de tesis o filosófica? ¿Ensayo sobre el arte envuelto en misterio? ¿Novela de misterio y aprendizaje? No sé ni creo que importe. Yo, en realidad, huyo de las acotaciones al uso, de las etiquetas -tan hermanadas con los prejuicios que tanto daño hacen-, del inmovilismo, pese a que mi formación racionalista me empuje a veces hacia las clasificaciones pedagógicas… En cualquier caso, y aunque el autor diga que el lenguaje es un centauro cansado, la novela en manos como las suyas no descansa. Esta antigua luz está muy vigente.

Esta novela gravita en torno a cuatro personajes (sólo uno de ellos real) de épocas muy distintas que encarnan, cada uno a su modo, el compromiso del artista (tres son pintores y uno novelista) con su obra, frente a las directrices impuestas por el poder (sea la Iglesia, el todopoderoso Mercado o el omnipresente Estado). Y al mismo tiempo es una compleja reflexión, pese a su brevedad, sobre los que recelan de los que se rebelan ante ellos (censores intransigentes) y los que, al contrario, apoyan la Belleza del Arte (mecenas, admiradores). En esta obra los personajes -apasionados por la belleza- indagan en el trasfondo del arte y en los engaños que todos descubrimos con el paso del tiempo, se dejan seducir por la melancolía y añoran la utópica libertad, sienten la satisfacción de lo que han llegado a ser y, al mismo tiempo, la precariedad de su don. Y vienen a contarnos que, de todas formas, la vida es una lámpara que los hombres se ceden unos a otros.

En esta novela la intertextualidad -o diálogo entre la voz del narrador original y la del actual-, sumada a la sedimentación (que no erosión en las obras clásicas) que suponen los sobreentendidos, las referencias y el peso de haber sido citadas de forma expresa o indirecta (plagios inconscientes o no), esa pátina que el tiempo arrastra y que llamamos cultura, lejos de confundirnos al no explicitar la fuente original, suma valores, como una palabra creciente en acepciones (pero sin perder la precisión de algunas de éstas, las consideradas palabras-baúl por servir para casi todo), y crea una novedosa complicidad escritor-lector-habitantes de un mundo globalizado, complicidad que no relega a segundo plano ninguna de las perspectivas que contrasta.

Dividida en tres partes que se adentran en la vida de tres pintores, la sinopsis de la novela podría ser:

En 1350, en que Europa aún se está recuperando de la Peste Negra que la ha asolado desde el 48, un tal Pierre Roger de Beaufort, futuro Gregorio XI, se encara con el pintor (ficticio) Adriano de Robertis para que destruya su obra Virgen barbuda, cuya sentencia  lux antiquior amore remite  al título, al considerarla blasfema . En 1970, el  norteamericano Mark Rothko se suicida cortándose las venas en su estudio neoyorquino. El fatídico 11 de septiembre de 2001, fecha que quedará grabada en el subconsciente colectivo como día en que la sinrazón del terrorismo derrumba la endeble seguridad en que creíamos vivir, la Era del Desconsuelo, el pintor ruso Vsévolod Semiasin (también producto de la imaginación del autor) revela por carta las razones de su locura…

Un enigma une la historia de estos tres maestros, el destino de la obra censurada de de Robertis, del que nos habla el novelista Bocanegra (igualmente imaginario) en tres momentos esenciales de su vida: el origen de su vocación, la muerte de su esposa y su éxito literario tras recibir el Nobel en el 2040. Bocanegra en el discurso reflexiona sobre el doble filo de la creatividad y los demonios del creador, que siente en su obra su tabla de salvación y su patíbulo; nos habla del éxito y la admiración que algunos provocan y de la nada, el silencio, el olvido.

Cuando comienza la novela, a Beaufort -quien se comporta como “el lacayo de un señor despectivo, que jamás tratara de viva voz con la servidumbre”, y trabaja al servicio de esta idea: “recompensar a los buenos; castigar a los malvados; desconfiar de los tibios”- le asalta la pregunta: “¿es posible que la belleza resulte peligrosa?”  La respuesta nos la da el hecho de que el cardenal, con refinada crueldad, haga que dos discípulos del pintor cieguen la pared en que se encuentra el fresco de la Virgen Barbuda. Uno representa el afán por el crecimiento personal y el otro el afán por imponer. El pintor atisba el deicidio como conciencia del vacío, el religioso se escandaliza.

De Robertis llega a afirmar: “La vida tal y como sucede eres tú”, refiriéndose al despojo del cuerpo del hijo aún vivo pero putrefacto, “una muerte impía” a causa de la terrible peste. Este hecho provocará que se encare con aquél: “Permitir la peste es una blasfemia, cardenal. Dios debería avergonzarse del sufrimiento que soportan los hombres”, ante lo que el futuro papa se irrita porque “Los hombres aceptan los dones de Dios, pero discuten el precio a pagar”. Pero la desgracia de sobrevivir a un hijo hace que De Robertis se imponga una nueva manera de pintar que él considera menos cínica por ser más afín a la realidad. Es como si hubiera despertado tras su muerte y quisiera pintar la vida tal como es con sus inmundicias e impudicias, como si recoger el testigo de la sangre de su sangre -tan excelentemente dotada para el arte y que ya no lo podrá demostrar- fuera una forma de perpetuarlo.

El personaje que sirve de lazo entre las tres partes es el supuesto autor de la obra, convertido en uno de los narradores de la misma por obra y gracia de su verdadero autor. Bocanegra, que así se llama, presenta concomitancias muy claras con el propio Menéndez Salmón; por ejemplo y sin ánimo de llegar más allá, es autor de un libro incomprendido Debacle (¿tal vez Derrumbe?). ¿Sueña Menéndez Salmón también, como su narrador, seguro de sí mismo y del correr del Tiempo que pone a todo y a todos en su lugar, con el Nobel? La vocación del narrador ficticio surge tras el reto de un profesor que le pide que escriba una redacción sobre una propiedad de la materia –no sobre un objeto, una persona o un lugar, tan socorridos- y en ciento cincuenta palabras. Ni más ni menos, cometido al que se dedica y del que le salen dos borradores.

Después le toca el turno al único de los cuatros que existió de verdad. En 1968, M. Rothko –imitando a Miguel Hernández en este año de su centenario- sobrevive con “tres heridas: la del amor, la de la muerte, la de la vida”: un aneurisma ha estado a punto de matarlo, su esposa Mell le abandona y la penumbra se apodera de su obra.

Tras reaparecer Bocanegra en el lecho de muerte de su esposa junto al ex marido de esta y a petición de ella, es decir, compartiendo unos terribles momentos con la persona que más profundamente la conoce además de él, da paso a la tercera historia, la del pintor ruso afincado en París. Este otro personaje apócrifo se convierte en un devorador de sus propios lienzos, como un antropófago de su propia historia, y pone en tela de juicio la estabilidad mental de los exitosos, lo mismo que la de los fracasados, como Michael Harras, quien se inmola en nombre de una vanguardia pictórica antinatura. Semiarin acabará confesando ciertos episodios de su pasado a su cuñado Alphonse, a través de la técnica epistolar (cinco cartas fragmentarias) en que relata su encuentro con Stalin falseado en varias entrevistas previas.

Son personajes todos que juguetean con la nada, al modo de Malévich cuando pinta un cuadro blanco, “triunfo de la antipintura” con el que se compara, pero en ellos lo lúdico se pierde y la hondura es mayor. Se trata de la Nada sin juegos retóricios ni artificios creativos, la Nada que asola y penetra en la mente y en la obra…

Menéndez Salmón desgrana sentencias y reflexiones que nos dejan varias enseñanzas:

-Se puede aplacar el orgullo ajeno, eliminar al adversario, pero es imparable el acontecer del tiempo, somos infinitesimales: “Beaufort puede tomar un puñado de arena, pero no salvaguardarlo siempre entre sus manos”. Ante la vastedad de la Naturaleza y del Espacio estelar, el hombre se crece, pero nunca pasa a ser más que un actor o un artista, nunca un creador, su ciencia y sus manufacturas siempre quedan a años luz de todo lo que existe.

-Acechan demonios al creador como la falta de sentido, la imposibilidad de plasmar sus sensaciones, el misterio de esa conversión, la pluralidad de voces. Porque, como todos los lenguajes, la pintura busca un receptor que desvele la clave de su código secreto y se lanza como un ancla en que varar los demonios propios para compartirlos.

 Ricardo Menéndez Salmón,  joven gijonés licenciado en Filosofía por la Universidad de Oviedo que ha practicado la columna periodística y la crítica, es autor de varios libros: de relatos (Los caballos azules, Gritar), novelas (La filosofía en invierno, Panóptico, Los arrebatados, La noche feroz y la Trilogía del Mal: La ofensa, Derrumbe y El El corrector)… Partidario de la profundidad, sus libros son breves pero intensos, poéticos y filosóficos, en ellos bullen las ideas, y la inquietud se palpa, con lo que a ningún lector le pasa inadvertida.

Vídeo para conocer mejor al autor: http://www.conoceralautor.com/obras/ver/NzY1

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