LA OFENSA

Menéndez Salmón, autor de sólida trayectoria, redacta La ofensa con un estilo que aúna barroquismo y depuración, capacidad para sugerir multitud de ideas con su tono reflexivo y para sugestionar al lector con una precisión que no ahorra vocabulario ni digresiones y con un final inesperado.

La ofensa se mueve en los límites  más escabrosos de la realidad (las arenas movedizas de la conciencia, las injusticias y los horrores que algunos iluminados provocan, las extrañas enfermedades sobrevenidas…), situando al cuerpo humano como única frontera entre nosotros y el mundo. En la contraportada de la novela, aparecen estas preguntas:  “¿Cuánto dolor puede soportar un hombre? ¿Puede el amor salvar a quien carece de esperanza?” Las respuestas, implícitas en la narracion, las desentrañamos al bucear en la historia de Kurt Crüwell, el protagonista, un joven sastre alemán con un futuro prometedor que será testigo de abominables escenas tras ser reclutado al estallar la Segunda Guerra Mundial, y que nos empujará a descubrir por medio de esta experiencia sucedánea la miseria y la grandeza humanas al hilo del odio imperialista, xenófobo y racista del nazismo. De hecho, los doce capítulos que conforman la primera parte se subtitulan: La bestia rubia.

La existencia de Kurt sirve como metáfora de un siglo en que el mal (guerra) y el bien (amor), así como la felicidad -en esas pequeñas dosis a las que nos tiene acostumbrados- y el dolor,  juegan al ratón y al gato con los hombres. De hecho, el doctor Lasalle  escoge el alias de La Metáfora para designarlo, pues lo ve como una especie de monstruo (forma parte de esa entidad a la que se llama el enemigo) en cierta manera moral, al caer en ese estado de insensibilidad ante el mundo que, paradójicamente, tanto sufrimiento le provoca, al impedirle atrapar la vida por medio de los sentidos y tener que resignarse a imaginar o rememorar los sentimientos. La juventud truncada de Kurt no le ahorrará saber lo que es la “doble y mísera condición de extranjero y de enfermo”, olvidado por su patria y con la correspondencia censurada, lo que le corta incluso los lazos familiares.

Y en este estado le encuentra la presencia bienhechora de Ermelinda, quien insiste en persistir a su lado como una niebla silenciosa hasta que él comienza a admitirla en su vida y en su cama, como una especie de “justicia poética”, como ser cómplice sin exigencias ni reservas. La segunda parte  (Una educación sentimental, cuyo subtítulo recuerda a la obra casi homónima de Flaubert y al primer poemario de Vázquez Montalbán, y que ocupa exactamente la mitad de capítulos que la primera), cobra interés cuando aparece esta enfermera, con un talento excepcional para reconocer y entender el dolor en una época plagado de él, ya que “hacía suyo cada dolor y cada quejido, todas las angustias, todos los vendajes” sin importarle edad, filiación o nacionalidad, porque “En cuestión de consuelo, Ermelinde no admitía medias tintas: porque puede que el dolor tuviera escalas, pero la carne era siempre la misma”.

Además, ella con un gran sentido común y práctico, busca su retorno a la normalidad haciéndole “refugiarse en el asilo de la costumbre. Al fin y al cabo, ninguna revolución tan profunda como la de las cosas cotidianas y nada tan sensato como repetir, cada día, algunos pequeños gestos”.

Cuando llega el amor, resulta increíble que alguien pueda ser feliz en medio de un paisaje desolador y cruel como el de la guerra. Pero así es. Mientras la nueva pareja se ama, su novia judía -deportada a Checoslovaquia- seguramente está siendo sacrificada. Estamos en el otoño del 41.

También Lasalle se muestra como un personaje con aristas por su capacidad para la compasión y por su ciega venganza. A sus ojos, la extraña respuesta corporal de Kurt ante el horror por las atrocidades de la guerra le exime de su culpa como integrante del bando contrario, lo que le hará tomar una decisión salomónica, tan despiadada como la que hubiera podido tomar su mayor antagonista.

Cuando Kurt es testigo de la segunda matanza en diez meses, “otra vez invitado al carrusel del horror, a esa noria despiadada que es la guerra”, su vida vuelve a dar un vuelco. Pero cuando todo se derrumba alrededor, en la época de las grandes catastrofes, es como si el individuo se evaporase, y esa misma inexistencia le procura la redención de reinventarse. Así, ante la ausencia de papeles, una catástrofe legitima identidades…

La tercera parte, Esta lágrima contiene un mundo (de diez capítulos), nos sitúa cuatro años más tarde, en el primer año sin guerras en Europa desde el 36. En 1946, Kurt trabaja de vigilante en el cementerio de Highgate, y su pareja le acaba de comunicar telefónicamente que van a ser padres. Entonces, un encuentro inesperado cambia el destino de este hombre y nos deja un amargo estupor como lectores. Podemos llegar a entender su atracción fatal por su origen (idioma, patria), aunque nos enrabietemos por haberse dejado seducir por ella y el pozo en que le hunde. ¡Pobre Ermelinda! ¡Pobre esperanza! Pero ¿no es la posteridad que nos sucede la que se rebela contra el pasado por medio de la descendencia?

Aunque sólo fuera por los capítulos XII y XVIII, esta novela merece ser leída. Su parábola antibelicista nos da que pensar. Y como la oscura “lógica del superviviente, le hacía aferrarse al sagrado retal de la vida”, nos invita a imitar a Kurt (al menos al Kurt de la segunda parte) y nos anima a no desistir de nuestros principios y seguir avanzando. Sólo echo de menos en el personaje central mayor resolución y compromiso. Aunque es fácil la libertad de expresión cuando no te juegas nada, a lo sumo el encasillamiento ideológico y la admiración o reprobación de quienes no piensan como tú.

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3 comentarios

  1. Johnf911 said,

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      Gracias por tus palabras.
      Intento escribir periódicamente con calidad y no toda la dedicación que quisiera (el trabajo, la familia… no me permite más) reseñas, poemas, microrrelatos, opiniones, etc. El tema es de los que ofrece gratuitamente wordpress.
      Espero que sigas visitándome.
      Un abrazo, Elena


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