LO QUE SÉ DE LOS HOMBRECILLOS

Lo que sé de los hombrecillos, de Juan José Millás, cuyo protagonista es un emérito profesor universitario de economía conectado a una miniatura de sí mismo (especie de extensión complementaria más que réplica siamesa), es una novela corta de las que engancha por su original planteamiento y su facilidad de lectura.

El personaje central se acostumbra a comportarse como uno sólo siendo dos seres a un tiempo en dos dimensiones distintas y en espacios que unas veces confluyen y otras no, justo al contrario de “la mayoría de la gente (que) se comporta como dos siendo una” y sabiendo que “lo macro y lo micro no siempre son compatibles”. Esta duplicidad es la que genera el extrañamiento -tan literario por otra parte- desde la situación inicial.  El que desde siempre viera miniaturas de humanos no había interceptado hasta este momento en cómo vivía su propia vida. Ahora algo diminuto atenta contra su status quo y amenaza con acabar con su vida tan plácida como anodina… Entre ellos se establece una relación y dependencia enfermiza porque “la vida sin él (…) sería como una tienda sin trastienda, como una casa sin sótano, como una palabra sin significado, como una caja de mago sin doble fondo”

El profesor que nos narra esta historia se plantea dejar sus escasas clases de doctorado para disfrutar de su merecida jubilación a la vez que escribe artículos periodísticos sobre temas de actualidad, cuando un ser a un tiempo ovíparo y mamífero, como si fuera un “reptil bípedo” y su propio doble, le empuja a realizar cuanto en su existencia normal no haría. La sucesión de actos en que los envuelve nos hace preguntarnos en qué momento la unidad podrá romperse (o no) y la fisura dará paso a un resquebrajamiento total entre el protagonista y su alter-ego, coprotagonista y antagonista a un tiempo, metáfora de sí mismo y de los actos que cualquiera sería capaz de cometer en determinadas circunstancias (“la grieta entre ambos se ensanchaba como la de una pared sin cimientos”). Entre tanto, una constante de su pensamiento es preguntarse si la economía es un hecho biológico, y una imagen  que le asalta sin parar es la del huevo como elemento primordial.

En este libro, Millás inquieta sin herir (como hiciera La metamorfosis kafkiana) y se hunde en el territorio fabuloso y metafórico de la alegoría humorística. Con su territorio usual de obsesiones y extravagancias en que parece encontrarse más cómodo, demediado, dual, como un ser que es otro a la par que sí mismo. En él hace una crónica del desdoblamiento supuestamente sufrido por su protagonista y en el que, aliviado, parece su autor regodearse para demostrarnos cómo cuando nadie nos ve somos capaces de caer en picado o subvertir nuestro orden de valores. Al tiempo, desprejuiciado, este autor nos pone en conexión con nuestros sosias y dobles que no fuimos, nos da una idea de las perspectivas ajenas, de los deseos a que nos someteríamos si supiéramos con total seguridad que saldríamos indemnes, de los delitos e incorrecciones que nos permitiríamos si nos jurasen que nadie los descubrirá jamás. Y nos lo muestra como en un juego de espejos, un gulliver y un liliputiense que se hacen partícipes de sus respectivas experiencias (tabaco, alcohol, sexo…).

Sin embargo, me gusta más el Millas articulista y autor de El desorden de tu nombre, Ella imagina o Laura y Julio.  Creo que El mundo –a pesar de ser un Planeta, el 2007, y como quizá refrenda que sea un Premio Nacional, el de 2008- es excepcional. A ver si saco un rato…

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