ESTACIÓN TERMINUS

Poemario subtitulado “Fin del universo conocido”, es el primero de la nueva colección Los versos del sextante de la  editorial Kattigara (www.Kattigara.com), de reciente creación en Cantabria.

Esta joven geógrafa y acordeonista cántabra recitó el sábado 18 de diciembre en la librería Merienda en el tejado, acompañada por un violín y una guitarra (las de sus compañeros en el grupo musical Maílla), varios de los poemas de esta su última obra publicada, ya que no es primeriza en estas lides (la publicación de Qué se puede contar en una noche en vela cuando se terminan las ovejas data del 98, Luz de gálibo del 99, Ferramarealia y La áspera lengua del jaguar, son ambos de 2002); y lo hizo con tal dominio de la dicción y los tiempos que resultó una delicia escucharla. Sí, recitar, representa la forma primigenia de absorber los versos, ese sutil género que, como bien se sabe, nació oral y acompañado de música.

Su autora aquí profundiza en la anatomía del  personal desasosiego, individual pero no por ello menos colectivo, ya que nos involucra en sus reflexiones y, al tiempo que toma partido por el compromiso: “Entre la espada y la pared, elijo espada”,  nos hace pensar en las vidas que no vivimos porque alguien o algo nos las truncaron (como en Escena).

Muchos de estos poemas dejan honda huella en el lector. Así Muralla, que en forma de apóstrofe: “Ahora recuerdo por qué te levanté, / muralla mía” encabeza el poemario, es toda una constatación de las barreras que nos imponemos con el paso de los años y de los desencantos, en esos tiempos de espera, aciagos, antesalas de la desesperación, en que hibernamos soñando con un porvenir que nos redima de ellos. Esa muralla se levanta no sólo “piedra sobre piedra” sino también a fuerza de yuxtaponer y conciliar “miedo sobre duda”, a merced de una hiperestesia que no hay caparazón  que escude, pero con renobrados bríos que hacen vencer el ostracismo pretérito para albergar unos ojos en que mirarse, un otro con que cruzarse, una esperanza a la que trepar…

Tras este poema inaugural, se abre una primera parte de título idéntico al que nombra al conjunto. Y ahí se nos impele a movernos (en Sal al bosque), aunque haya de ser “con la parsimonia de los condenados” a un paso de la asfixia y con la maleta a medias. Hacia delante y a pesar de los pesares y de las “mínimas sangrías” que cada quien causa y se inflige. Expuesta a las saetas de los intercambios fallidos, al “frío, que nunca se sacude”, al descuido de su propia órbita, a años luz de sus propias necesidades, lo que la llevará al nombrado irónicamente “maravilloso mundo de la entropía”. Pero en medio del caos se yergue y saca fuerzas de flaqueza y busca en su propio cuerpo la raíz, el barro, el hierro que pueda recrear.  Por otra parte, no elude su “condición de reptil” que se arrastra y viaja, a un tiempo escamado y defendido por su caparazón.

El frío se plantea como una estación desierta; el miedo, como un infierno que ya no es de juguete; el llanto, como “la tela de la araña que borda mis mejillas”; y busca en el mercado de los remiendos algún remedio para su “enjuto corazón apuntalado”. Y es que no hay amnistía posible cuando se dinamitan los recuerdos y, en su lugar, ha crecido la maleza… Y de este modo lo exterior y lo interior, el espacio interestelar y los poros de la piel comparten difusos agujeros negros y desconocidos firmamentos del dolor.

Protozoos y paquidermos escalan una misma vida que exige elecciones y renuncias a ellas asociadas, y  por cuyos resquicios se rompe el cofre de la seguridad y la felicidad para dar paso al frío de la terrible incomunicación. Sin embargo, eligiendo espada parece dejar la puerta abierta a la esperanza, a la redención, aunque sea al plantar en un breve lapso de tiempo “mi voz como semilla / en otro sitio”.

La segunda parte, Ditirambos y volutas, conjuga el diapasón de la añoranza con el instrumento dionisiaco y laudatorio, como válvula de escape por medio de un premeditado olvido. Y en una terapia de oxigenación que no impide la necesidad de preservarse con “alambre de espino”, se confiesa “animal-caleidoscopio”. Pero en una espiral o una vuelta de tuerca (voluta) regresa a la escena de la anciana de “treinta y un años” que pena por el soldado muerto.

Tras este vía crucis, metamorfoseada, busca la libertad y la luz al final del túnel, a pesar de los zarpazos del tiempo y de las añagazas del vivir diario. Hermoso viaje.

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4 comentarios

  1. Las chicas de oro said,

    enero 9, 2011 a 7:24 pm

    Bonita reseña. Si fuéramos poetas, ojalá alguien nos tratase con esta claridad y mimo. Hasta pronto.

  2. enero 6, 2011 a 9:04 pm

    No hay de qué. El poemario lo merece.

  3. enero 5, 2011 a 10:21 am

    […] Reseña de ”Estación Terminus” por Elena Camacho […]

  4. enero 5, 2011 a 10:09 am

    Muchas gracias por la reseña. La enlazaremos en nuestra página.
    Un saludo.


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