DE EMBARGOS EMOCIONALES O SECUESTROS AFECTIVOS

 

La última novela de Paul Auster, Sunset Park, es una historia coral sobre varios personajes que, siendo prometedores, el destino  acerca al fracaso. El autor reproduce aquí los temas que le son gratos: la casualidad y los meandros el destino, las  relaciones paterno-filiales, el mundo en crisis y el alienante capitalismo, la enfermedad y la muerte, la sensación de pérdida, el remordimiento y la culpa, la juventud que no encaja en el mundo heredado de sus mayores, la fidelidad a los principios de uno, los encuentros y desencuentros en las complejas relaciones humanas… Pero su eje es Miles Heller –atractivo, serio y buen estudiante- al que el sentimiento de culpa (por la muerte de su hermanastro) y una conversación que escucha por azar entre su padre y su madrastra le conducen a romper todo lazo con su familia, además de convertirlo en una promesa rota como jugador de béisbol. Su fuga, a su vez, influirá como no podría ser de otro modo en las vidas de sus allegados.

El protagonista ha renunciado a las ilusiones  y la única alegría que se ha permitido en los últimos ocho años es rendirse a varios episodios amorosos. En la actualidad, es Pilar –una jovencísima teenager de ascendencia cubana- la que le ha hecho abrirse a la realidad y retomar las riendas de lo que dejó inconcluso. Convertido en un inteligente joven de 28 años cuyo magnetismo no pasa inadvertido, Miles es un personaje extraordinario en cuanto a que sus problemas (¿accidente o asesinato?) son menos cotidianos que los de los demás y su reacción ante ellos menos habitual (su huida).

Los personajes que le rodean destacan tanto por su sensibilidad como por su  desencanto vital y sus dificultades materiales, que ponen en peligro sus vocaciones artísticas (pintar, escribir, etc.), seres todos ellos que preven un futuro incierto y sufren los negros nubarrones del presente, por lo que se deciden a okupar una vivienda en el barrio de Brooklyn que da título al libro.  Son, por tanto, una especie de “generación perdida”, sin domesticar ni domeñar, que retratan el desolado paisaje de un mundo en el que el consumismo no deja lugar a las pequeñas cosas de antaño y la crisis expulsa de su hogar a familias desahuciadas. Si en una empresa inmobiliaria comenzó el padre de Miles (Morris), en una encargada de eliminar todo rastro de los habitantes que el banco ha echado a la calle trabaja su hijo, quien a la par que “limpia” o vacía los inmuebles fotografía los rastros que sus ocupantes dejaron como si de una infección se tratase. Será su amigo y enlace con la vida que dejó, Bing Nathan, quien solucione el problema que la hermana chantajista de Pilar le provoque y quien dé un respiro a los trastos del pasado gracias a su Hospital de Objetos Rotos, especie de taller y  museo de los cachivaches que unos tiran, otros guardan o pierden, según se mire, en un desván y el resto desea recuperar por las connotaciones personales que para ellos tienen. En eso se parecen ambos personajes: e n querer devolver la historia con su mirada o sus arreglos a las cosas desvencijadas que se pierden en un mundo en continuo cambio.

Tal vez no aporten nada a la trama los personajes con que entra en conexión el atormentado protagonista: la estudiante a  punto de acabar la tesis Alice Bergstrom, la intermitentemente deprimida Ellen, el zafio utópico Bing; el padre dolido tanto por la distancia del hijo,  como por el fallecimiento de sus propios padres o la inminente crisis matrimonial; el hermanastro cabeza loca y extravertido, la madrastra que tanto le valoró en su infancia y acabó desconfiando de él… Pero dejan buen regusto, nos recuerdan las vidas que no vivimos, los amigos que no tuvimos, la suerte que vadeamos no sabemos muy bien por qué en algún derrotero extraño del camino. La estructura sirve para enlazar los distintos relatos por medio de un narrador omnisciente que los deja monologar a sus anchas para transmitir sus puntos de vista. Seguramente los secundarios son personajes desaprovechados que podrían dar origen a otras novelas. De hecho, en algún momento uno llega a pensar que el autor pierde de vista quién es el protagonista, y penetra en regiones limítrofes en las que los personajes secundarios se vuelven a su vez protagonistas de otras historias entrevistas.  Tiempo al tiempo.

Al fin, el relato atrapa por la ágil peripecia narrativa porque, aunque se centra en un personaje, Auster sabiamente nutre la trama con los entresijos de otras vidas y el desfile de otros personajes con los que se relaciona poco (los compañeros con que “limpia” las casas desahuciadas, las hermanas de Pilar) o mucho (los otros okupas, los padres biológicos y los padrastros) en el presente, o con los que mantuvo una relación estrecha en el pasado (hermanastro). Si bien, en ocasiones, resultan pesadas las descripciones o referencias irrelevantes al mundo del deporte, de sus jugadores y de sus jugadas (aunque se usen como metáfora de los zigzag de la suerte); no así las referencias literarias y cinematográficas (libros que disfrutan, guiones que interpreta la madre actriz de Milles –Días felices de Samuel Beckett-, la película Los mejores años de nuestra vida que analiza Allice…), incluso las obras imaginarias de los autores supuestamente editados por Heller Books.

 

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