LO QUE ME QUEDA POR VIVIR

 

Elvira Lindo parece desnudarnos su corazón en Lo que me queda por vivir, novela en que la narradora expone cómo fue una niña alegre, con suerte y práctica, lo que en su juventud le hace cambiar de trabajo sin miedo al fracaso laboral, y cómo cae en una época de profundo desasosiego y desarraigo del que sólo la salva su hijo. 

Esta novela trata sobre todo de la confusión de una persona. En ella se narra la hitoria de una mujer que, desde la madurez, mira hacia el pasado y el modo en que no supo afrontar aquel presente, alguien sin ideas claras pero que supo abrirse camino en el mundo laboral. A esta mujer llegamos a conocerla de forma casi íntima, como si nos la acercase una cámara y en un primer plano emotivo y sincero intentase congraciarse consigo misma y su pasado, aunque apenas sepamos cómo se llama (Antonia, según leo atrás y no recuerdo haber leído).

A modo de memoria apócrifa de la autora (por varios medios -radio, televisión, prensa- ha pasado en su juventud la propia Elvira Lindo, quien trabajó en Radio Nacional o en la Ser y ha sido guionista para la televisión; el que envíe al final a la protagonista a Nueva York, como las largas temporadas que pasa ella en la ciudad norteamericana, puede ser más cómodo que autobiográfico), su novela testimonia los oscuros años de caída y recaída de la protagonista en unos lazos infatigables de amor y desamor, cuando su hijo contaba cuatro años, al tiempo que reviste la trama con saltos al pasado y al futuro de la joven madre, separada en los años de la movida madrileña y locutora de radio.

Su vida es la de una mujer corriente. En las andanzas que rememora de su infancia y su juventud, como los días que pasaban en el pueblo de sus antepasados junto a su tía Celia (defensora como una nueva Tía Tula), la amistad con Marisol o la militancia de su hermano mayor (de la que se fue empapando más como conciencia social difusa que como ideología), no hallamos nada que se salga de lo normal; ni siquiera la pérdida temprana de su madre.

Rasgos del carácter de la protagonista y narradora -aun cuando es capaz de quedar con su rival, Marga- son la inercia, el dejarse llevar por lo malo conocido antes que por lo bueno por conocer, el jugar a experimentar amores y relaciones sexuales sin demasiado compromiso. Su voz con el paso de las páginas se nos hace familiar, y su hijo se convierte en una grata presencia constante, admirable y protector. La ternura, la culpa  adobada con cierta autocompasión y derrotismo, los errores y fracasos, así como sus incertidumbres se convierten en coprotagonistas de la obra.

Se trata de una novela realista y psicológica en que el individuo (en este caso una chica) se erige en representante de una parte de la sociedad. El que la protagonice una mujer de 26 años ni la convierte a mis ojos en una novela feminista ni sentimentaloide y no me ha echado para delante ni para atrás en su lectura.

Sin embargo, sí ha habido algo que me la he hecho un tanto cuesta arriba: las digresiones de ese incesante no pasar nada. El tono sentimental, aliñado con las anécdotas cotidianas que cualquiera podríamos haber experimentado, nos hace sentir la ansiedad del disco rayado, y lo que se nos presenta como una novela intimista contenida acaba pareciendo una incontenible sucesión de pesares y dudas que no alcanzan la altura intelectual de las novelas de tesis ni nos perfila con profundidad los entresijos de un ser humano, que no ha encontrado el quiz del interés ni la varita del enganche del lector. A mí que admiré su Mi otro barrio, me ha resultado pesada, y no porque carezca de un argumento al uso, sino porque desborda la paciencia de quien busca hechos y razones profundas para justificar las propias acciones y reacciones, y porque lo oculto no trasciende y lo velado no está a la altura de lo contado. Por todo ello, en mi opinión, deja un regusto agridulce y este “viaje interior”, transitado a diario, no nos sorprende (conflictos generacionales, ideologías que nos vienen grandes, relaciones amistosas, comidas familiares, maternidad en solitario, la celeridad del mundo del trabajo que repone personal antes de expulsarlo…).

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2 comentarios

  1. Melannie Agurto said,

    febrero 17, 2011 a 12:58 am

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