WILL YOU PLEASE BE QUIET, PLEASE?

Mucho antes de que el Rey don Juan Carlos hiciera famoso su exabrupto contra el presidente venezolano, Hugo Chávez, con aquel “¿Por qué no te callas?”, cuando éste insitía en interrumpir a Zapatero para descalificar a Aznar durante la XVII Cumbre Iberoamericana, Carver había publicado esta colección de cuentos titulada ¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor? (1976). Además de varios poemarios, este autor publicó cuatro volúmenes de relatos, el que nos ocupa y: De qué hablamos cuando hablamos de amor (1981), Catedral (1983) y Tres rosas amarillas (1988,  el cuento que le da título relata los últimos días de Chéjov).

Su vida no fue fácil. Se dedicó a diferentes ocupaciones mal remuneradas, por lo que a menudo estuvo sumido en la pobreza, en diversos lugares de la geografía de su país. Su primer matrimonio fracasó y tuvo graves problemas con el alcohol durante varios años. Podría decirse que el alcoholismo de su padre se manifestó como una herencia en su hijo (y a su vez en alguno de sus personajes), aunque en los últimos años de vida logró mantener a raya su dependencia del alcohol. Y justo en la époco de su muerte Carver pasó a ser considerado un icono americano. Según Roberto Bolaño, un cuentista tan excepcional como Chéjov. Si bien, no está la clara la polémica que alega que su editor, Gordon Lish, hizo algo más que dar consejos al autor (algunos piensan que reescribió párrafos completos y varios finales de relatos del libro De qué hablamos cuando hablamos de amor).

Raymond Carver , nacido en 1938 y fallecido prematuramente a los 50 años (cuando estaba en su mejor momento: había dejado de beber, mantenía una sólida relación con la poeta Tess Gallagher y se le reconocía como el mejor cuentista vivo estadounidense. De hecho, el auge le llega post mortem), es un autor norteamericano de poesía y relato que se adscribe al movimiento denominado Realismo sucio (surgido en los años 70-80 y que pretende reducir la narración, sobre todo, el cuento, a sus elementos esenciales, como derivación del minimalismo).  Este Dirty realism se caracteriza por la sobriedad expresiva (adjetivo y adverbio quedan relegados a una mínima presencia), la precisión y parquedad descriptiva y una clara apuesta por el contexto como elemento en que descanse el sentido profundo de lo relatado o que sirva para dotar de mayores posibilidades de sugerencia al mismo; además, se especializa en personajes corrientes, antiheroicos, de vidas absolutamente convencionales y anodinas.

Y son estas situaciones cotidianas las que cobran protagonismo a lo largo de sus páginas, y en las que hallamos huella de su espíritu crítico. Escenas sencillas como podrían ser las ganas de echar a  invitados inoportunos, de que nuestra pareja se enorgullezca públicamente de nuestra relación, las conversaciones de sala de espera o de ascensor, algunos sueños inexplicables, las transgresiones contra el séptimo y el décimo (creo, ya sabemos, el del adulterio y el de desear a la mujer del prójimo, ¿se da por supuesto que al marido de otra nadie lo desea? ¡qué santas somos! Siempre me ha llamado la atención que al lexema imperativo le hayamos sumado el sufjijo nominalizador “-miento”, curioso, ¿no? ) mandamientos, la contradicción que anida en quienes temen  la banalidad social al tiempo que anhelan un puestecillo en ella, etc.

En Carver fascina su terrible distanciamiento de los personajes, a los que otorga libertad para ir y venir y de los que escasamente conocemos poco más que su nombre. Sus relatos –fragmentarios al estilo de los viejos romances- refrendan la “teoría del iceberg” de Hemingway (vemos un mínimo tanto por ciento de lo que sucede realmente). Una gran historia chica de diálogos lacónicos con aguas turbulentas bajo una serena superficie. Esta sombra de accidente o amenaza basta para mostrar que pasa mucho más de lo que efectivamente ocurre en sus relatos.

Sus relatos cortos reflejan dramas de aspecto trivial y acontecer silencioso en que se ve envuelta la mayoría de la gente común. Sin embargo, no dejan indiferente al lector, lo conmocionan, lo hacen bullir de su aposentada comodidad y le producen una impresión fortísima. Subyace un aliento poético y un escepticismo hacia el género humano, que su estilo directo y escueto sabe perfilar con claridad pese a la economía del lenguaje.

Sus personajes son perdedores, en la mayoría de los casos, y anónimos (dado que sus nombres son una pura etiqueta que no los individualiza), absorbidos por el engranaje social o familiar y sin interés real por plantearse hacia dónde se dirigen o qué les importa. El estilo de ¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor? nos impone un ritmo de lectura en el que quepa tanto el regodeo y la lenta relectura inmediata como la revisión en busca de detalles perdidos en el trasiego de la sutil trama. Sus 22 historias aúnan ironía y frialdad para revelar los prejuicios y el modus vivendi de la era Reagan. Sus personajes tienen algo de voyeur y de envidiosos de la vida ajena (como la pareja de “Vecinos”, que cuida la casa de sus amigos del piso de al lado, ausentes por estar de vacaciones, para dejarse llevar de sus fantasías). Parece como si la vida de los otros les resultase más atractiva que la propia, así, en “No son tu marido”, un hombre insta a su mujer, que trabaja de camarera, a mostrarse en plenitud física para que la admiren los demás hombres.

En cualquier caso, hablamos de relatos sugestivos como pocos que muestran las diarias derrotas de la clase trabajadora americana de los 70. Como paleontólogos, nos apremia a cavar en las densas (por profundas) volutas (por encrespadas) del sentido (por ambiguo e interpretable), para intuir lo que esconde todo aquello que describe con una naturalidad desencantada.

Al leerlo sentimos la pulsión inmediata, la identificación urgente, la naturalidad sin estridencias verbales ni trucos de prestidigitador narrativo, el clima emocional  que late detrás, la simpleza con que mueve a tipos comunes que se convierten en metonimia de la humanidad.

Al principio, su lectura puede resultar anodina o incluso difícil, pero al final nos gana por KO. Abre las puertas a lo que no nos atrevemos a confesar(nos), a los incidentes que cambian una trayectoria “normal”.

Disloca, conmueve, aturde, emana, germina, oculta y desnuda, distancia y engulle y produce una zozobra y un extrañamiento que perdura.

Esta imagen ya clásica de Carver, en blanco y negro, casi se ha convertido en un fetiche:

Pero como fumar no es bueno (salvo para las arcas estatales) y no quiero incitar al “vicio solidario” que menoscaba la salud individual por alquitrán o pulmonía, sugiero que en su lugar se lean, como aperitivo, los siguientes títulos: “¡Habráse visto!” (en que recrimina el exhibicionismo quien no se cansa de contemplarlo),
“¿Es usted médico?” (ahí una llamada telefónica equivocada abre horizontes insospechados, tema que se está convirtiendo en un tópico de la actualidad), “Sesenta acres” (nos hace temer la decisión intempestiva del que toda la vida fue un irresoluto cuando por vez primera se enfrenta a unos cazadores furtivos), “Póngase usted en mi lugar” (sobre inquilinos indeseables según amos quisquillosos), “Jerry y Molly y Sam” (personajes secundarios de un relato que se centra en el abandono de un perro por parte de un padre de familia) y “Bicicletas, músculos y cigarrillos” (sobre chiquillerías infantiles, gamberradas adolescentes y bravuconadas de algunos padres que “malenseñan” a sus hijos).

2 comentarios

  1. Catherine Mejia said,

    marzo 1, 2011 a 12:11 am

    Tu blog está excelente, me encantaría enlazarte en mis sitios webs. Por mi parte te pediría un enlace hacia mis web y asi beneficiar ambos con mas visitas.

    me respondes a munekitacate@gmail.com

    besoss

    Catherine


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