DE RASTROS QUE DEJAN HUELLA Y DE HUELLAS QUE SE PIERDEN

Yoko Ogawa, autora japonesa conocida en España sobre todo a partir de La fórmula preferida del profesor, crea en Perfume de hielo una novela que nos traslada de su país de origen al Praga de años atrás.

Esta es un novela sobre el duelo y sobre la ignoracia acerca del ser amado escrita con un estilo distante (a pesar de la narradora protagonista, la periodista Ryoko) y con un toque de lirismo. El trasfondo gira en torno a los concursos de matemáticas en  los que le obligaba a participar su opresiva madre, su don inaudito para captar los olores esenciales y mínimos, su filantropía oculta y su agilidad como patinador. Todo un iceberg del que únicamente su novia conoce la punta: su humildad y su genialidad, su prodigiosa mente que calcula a todas horas como quien rescata del olvido sus recuerdos y su prodigioso olfato.

 Pero como todo iceberg no sólo oculta muchísimo más que lo que muestra, sino que su gélida cualidad lo hace impenetrable.

Tras el suicidio inesperado de su novio, perfumista que la noche anterior le regaló una creación única, el perfume Fuente de la memoria, ella conoce a su hermano menor, a su madre y a otras personas que se cruzaron en su vida pasada y que de una u otra forma le hicieron lo que llegó a ser.

Sin embargo, yo esperaba más de esta novela sobre la que había oído y leído muchas opiniones favorables.

Cómo se va resolviendo el oscuro pasaje de Praga y el desenlace de la trama me resultan cuando menos poco creíbles, superficiales, tan facilones como esos finales abiertos que parecen serlo por incapacidad para cerrarlos; y me dejan un regusto de inverosimilitud que contrarresta el hecho de que el tema (los temas: la construcción del duelo tras la pérdida de un ser querido y la cara oculta de los seres con que compartimos la vida) se me hiciera de partida interesantísimo.

Una anotación: hay novelas fanásticas y realistas y se leen adaptando nuestras expectativas al contexto creado, pero las hay que fluctúan por mundos paralelos que conectan a capricho. Y este el regusto (disgusto) que me ha dejado.

Y ya van dos. Con Sputnik, mi amor de Haruki Murakami, ya me pasó algo semejante: promesas incumplidas, lecturas que apremian y no se llevan mi premio ni mi aplauso. Para colmo, la edición está llena de erratas y esos “imponderables del destino” (expresión tópica que se ajusta a lo que subyuga inicialmente de la obra) no se traban con maestría.

Una opinión contradictoria pero bien argumentada y hermosa hallo en:

http://librogenica.blogspot.com/2010/01/el-olor-de-soledad-la-resena-de-perfume.html

Como no me gusta dar sólo mi opinión, porque todo el mundo se merece una segunda lectura y un voto de confianza, la enlazo para que se pueda leer otra visión más benévola de la misma novela. Curiosamente, reconozco la obra en la reseña, aunque el prisma sea tan distinto.

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