POBLACIÓN ABATIDA, MORAL ALTA

¿Spain is different? Dudo que lo sea en el grado en que lo es, por ejemplo, el Japón.

Sí, Japón sí que es diferente a lo que estamos acostumbrados por aquí. Los japoneses,  imbuidos quizá por su cultura y  religiosidad, son personas para las que la confianza en el otro es fundamental, y en ella  se sustenta su buena relación tanto con amigos y familiares, como con compañeros de trabajo, clientes o simples conocidos.

Su sociabilidad y su capacidad de trabajo son proverbiales (de ahí que superpongan los intereses nacionales, comunitarios o empresariales a los simplemente personales) , y nadie duda del afán que por ayudarse se imponen unos a otros, ni de su sabiduría para solucionar los conflictos. Además, resulta un pueblo altamente espiritual. Y su afición por el silencio -ese lenguaje que nos sorprendería si supiéramos escucharlo- y el autodominio, frente al descontrolado europeo (no digamos de los latinos) es otra cara de la misma moneda. De ahí, y es probable que por influjo de la religión sintoísta, que el carácter de los japoneses tienda al equilibrio y la ecología (forma de armonía entre el hombre y la naturaleza ante la que los occidentales –conquistadores más que armonizadores- estamos tan lejos), y que su actitud pueda parecernos excesivamente homogénea, conformista y ordenada o sujeta al qué dirán.

Japón es un pueblo culto y amable con una permanente sonrisa que dulcifica su en apariencia distante expresión.  Como si hubieran sido creados para ser unos magníficos dependientes (remedando el famoso adagio que dice: “Si no sabes sonreír, no pongas una tienda”) o como empresarios de industrias al servicio de la humanidad. Su sonrisa no indica sometimiento, resignación o debilidad, sino que representa una regla de cortesía, al modo de la etiqueta que viste los actos sociales  protocolarios occidentales. Porque la esencia nipona busca servir a un público, respetar lo ajeno y ver al otro como una extensión de sí mismos. Diríamos que participan en grado sumo de la máxima de Terencio, ya que “humanos son y nada humano les es ajeno”. Y no es que se les eduque desde niños para la hipocresía, al contrario, su modus vivendi resulta natural, sincero y no engolado. Sino como si se les enseñase desde la infancia a ponerse en el lugar del ser que tiene al lado y del que tiene lejos -sea amigo o no, compañero, jefe o subordinado- y en cualquier situación. Es como si su mandamiento principal fuera: “No hagas a los demás lo que no te gustaría que te hiciesen a ti”. Y es esta característica la que hace de su sociedad una sociedad amable (en el sentido etimológico de aquello que es benigno, agradable, que se deja amar o es digno de ser amado), que no intenta imponer sus opiniones ni sus formas de actuar, que no eleva la voz por no desentonar, ni intenta destacar para que todo funcione de forma armónica, que siempre medita antes de actuar, y que siempre considera los sentimientos y puntos de vista de aquellos con quienes debate,  para evitar herirlos o por no provocar una fricción innecesaria. Y se rige por ella, aunque esto pueda suponer, en contrapartida, que a veces su respuesta no sea clara.

Con respecto a Occidente es curiosa su conciencia de grupo, al sentirse parte integrante de uno con el que se mimetiza por no sobresalir. Esta adaptación se ha dado en llamar la “Cultura del Camaleón”, tan distinta a la mentalidad individualista de los países Occidentales, conciencia  explicable como resultado de una tradición comunitaria: la gente se unía en grupos para poder cultivar sus parcelas de arroz (canalizaciones, recolecciones y siembra). Y es esta dedicación solidaria la que pone de relieve su lado más humano y admirable.

Pero… pese a que el pudor japonés evita la ostentación afectiva (besos, abrazos, palmadas, etc.), considerada  de mala educación e incomodante, la entereza tiene un límite y ¡parece mentira! pero tras la catástrofe (la sucesión de catástrofes que les han asolado: terremoto, tsunami, graves desperfectos en los reactores y de las vasijas de contención -¿se llaman así?- de los desechos radioactivos de la central nuclear de Fukushima, las bajísimas temperaturas…) aún nos dan una lección tras otra de entereza, solidaridad y compasión sin ternezas añadidas.

Ojalá (quiera Alá, Yahvé, Buda, los kami o espíritus de la naturaleza, o quien se halle detrás de nuestro mundo) se ponga punto final a estas tragedias y que resuelvan cuanto antes sus problemas. Esperemos que el shi y el ku (el 4 y el 9), que se asocian respectivamente a nociones como “muerte” y “sufrimiento”, o el resultado de ambos que es nuestro 13 (todos ellos considerados de mala suerte) se vadeen con eficacia en estos tristes momentos y que mantengan la moral alta (aunque el abatimiento individual sea profundo), para que la tristeza no aflore y marchite la sonrisa que siempre nos han brindado.

Ojalá, sí, que todo se solucione cuanto antes y lo mejor posible. Y, mientras tanto, que su entereza se mantenga tan firme como el tronco del bambú, y que nos sigan dando una lección a todos nosotros, sus hermanos en la distancia.

 

Para los que deseen saber más de Japón, he encontrado una dirección que parece interesante: http://www.verjapon.com/; web que, además,  ha decidido donar a la Cruz Roja todos los ingresos que en concepto de publicidad obtenga en 2011.

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2 comentarios

  1. marzo 19, 2011 a 6:17 am

    Mi querida Elena:
    Maravillosa reflexión. Estoy seguro que todos tenemos en mente una historia, una anécdota, una visión acerca de este maravilloso pueblo, quien ha tenido que aprender de sus errores pero también de sus desgracias ajenas su férrea voluntad.
    Me sumo a tu altísima sensibilidad y apreciación de este lamentable suceso, ya que en verdad somos una “aldea global”.
    Con el cariño y respeto de siempre:
    Arturo Juárez Muñoz

    • marzo 19, 2011 a 9:52 pm

      Gracias, Arturo:
      La verdad es que cuando no es Haití es Japón y, cuando no, Oriente Medio… Unas veces la Madre Naturaleza y otras el padre de todos los defectos: los soberbios nacionalismos que se enquistan y se convierten en violentos. ¡Pobrecito planeta! pero, sobre todo, pobres inocentes que lo pierden todo y a quienes los ciudadanos de a pie no sabemos o no podemos ayudar .
      Un abrazo


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