PREJUICIOS

 

 

 

 

 

 

El cazador de ratones se acercaba sigiloso como una bailarina de puntillas. Sus ojos de hielo daban la impresión de que fuera a desafiarme.

A mis pies, escupió el roedor que traía entre sus dientes. Me pareció un cazador salvaje con un destello de crueldad en las pupilas.

Sin embargo, él se sentó conforme y permaneció auscultándome. Entonces comprendí que me hacía una ofrenda. Quizá era su forma de agradecer mi atención. Ese trofeo era el único regalo que estaba a su alcance. Le sonreí, maulló y se tumbó tras rondar alrededor de mis piernas.

Mientras acariciaba aquella bola casi de peluche, sus ojos fueron tomando el aspecto de un manantial sereno.

Pensé en cómo se había deslizado, con aquella elegante parsimonia sobre las almohadillas de sus pies tal vez para no desconcentrarme.

¿Sabía que mi trabajo requería de silencio y reflexión?

Nadie antes había sido tan considerado. Le miré con otros ojos.

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2 comentarios

  1. andrea diez said,

    mayo 7, 2011 a 1:17 pm

    Me gusta 🙂


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