NAUFRAGIOS

Luis Mateo Díez, fiel a su geografía difusa, la mediosecular del franquismo castellano, con la montaña cerca y la cantina al lado, de estaciones en desuso y personajes rodantes por el vía crucis de vidas gremiales y con muertes solitarias, se ceba en unos mediocres poetas que viven por encima de su personaje real, a la caza de la hagiografía con que el aplauso de un somero público envuelva su viaje desde el trabajo diario a la lucha por hacerse con el timón del laurel poético, siempre a la zaga de la figura sobresaliente del Municipio con su barrio ferroviario. La librería El Rublo, los bares y la casa por los que deambula se empeñan en calcar esa atmósfera.

Y es que El expediente del náufrago recuerda a Juegos de la edad tardía de Luis Landero (el inventor de la historia que nunca vivió abrumado por la inercia de sus ideas, igual que los empleados de este Archivo municipal) e incluso al deambular alcohólico por Luces de bohemia de Valle Inclán y o de ese personaje impreciso y callejero que vaga en el panal social de La colmena de Cela.

Absténgase los que gusten de movimientos rápidos, acciones imprevistas y humor descabellado. Profundicen quienes aún no hayan leído la novela y paladeen con sorpresa y amor cada nuevo vocablo que la literatura les rescata y a quienes les gustan las reposadas descripciones de espacios y de gestos. Éstos hallarán el “Pez de Oro” que nombra Celso Llamas, compañero de trabajo del narrador protagonista, Fermín Bustarga, cuyos seis meses en el desempeño de su oficio ya le “habían acostumbrado a ese empleo del tiempo como un bien dilapidable, pues era fácil aceptar la sensación de eternidad que allí imperaba, y en lo eterno reside la idea más dadivosa del tiempo, aunque de una eternidad tan indigente se trate”

.

Pero advierto que tantos polvorientos legajos rememorados en flash back,  tantos olvidados infolios, balduques anudados y aburridos reclamos, resta atención al acontecer ceremonioso de la investigación sobre el que a todos (Rodiezmo, Celso, Néstor y Sira, Glicerio, Beruelo -el desvalijador de sacristías-, Obdulia, Julio, Belarmino, Orencio e Irina, Eloína y el poeta eremita Sento…) aúna, Alejandro Saelices con su singular carácter y su obra desperdigada, de la que varios sobres imprevistos y un mensaje en una botella van dejando retazos que emborronan quién fue, destellos de la voz que escondió entre los secretos del alcohol, la mala vida, la leyenda y la cortesía, huellas diluidas tras las que Fermín encamina sus pasos. A Saelices se le invoca como a un santo patrón milagroso y protector contra la esterilidad creativa, pero sin dar cuenta exacta de quién fue Saelices, “poeta lisiado” no por sus versos sino por su escasa ambición.

Así, la atmósfera de pesadilla caduca y de investigación -no por ardua y transgresora menos conocida- asalta desde algún resquicio al lector y le deja el regusto de una excesiva abstracción.

También el espacio resulta laberíntico e hipnotizador, como el barrio Vulcano y el cine Lesmes (al estilo del de El niño lobo del cine Mari de José María Merino), o la cripta en sus sótanos en la que Tolibio Cifuentes simbolizó el Cielo de los Malos Poetas (que me trae a la memoria la Academia en la cueva de Celestina en El manuscrito de piedra de Luis García Jambrina), “un cielo menor y caduco”, una “posteridad indigente y clandestina” y el “mural a los malos poetas” realizado por un pésimo pintor que las malas lenguas acusan de un asesinato.

El Archivo, como “templo erigido para que el olvido y la memoria confundan su conciencia en el polvo que los hermana” “pozo de aguas estancadas”, especie de cementerio de elefantes y memoriales, se convierte en un barroco entramado de la desorientación y el reposo, compartimentado en infinitas secciones: Secretaría, Fichero (Activos, Pasivos y Óbitos), Registro, Fomento, Festejos, Abastos, Actas, Negociado, Industrias y Actividades, Arbitrios, Exhortos, Certificaciones, Tasas, Protocolo, Acopios, Recursos, Propios, Vías Públicas, Gastos, Intervención. El estilo se salpimenta con una sucesión de extensas oraciones complejas, insistentes metáforas (“el Archivo era un limbo ajeno a la realidad, donde uno tenía conciencia de estar guardando algo inútil y la inutilidad era lo que más cerca estaba de la inocencia”), animalizaciones y culto vocabulario, a veces desusado y a menudo abstracto, que enseña lo relegado del idioma común si logra sobornar al tedio.

Narrador y voz recobrada en la biografía apócrifa tienen en común sentimientos y ámbitos, cada uno se siente “el corazón del náufrago prisionero en su isla oscura”. Y el espejismo de la camaradería no impide que salgan a flote envidias y fobias: “No hay que engañarse, una cosa es la materia sublime de la lírica y otra la miseria humana que la procrea”. 

 

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