UNA PARTITURA GASTRONÓMICA

Rapsodia Gourmet fue la primera obra de Muriel Barbery. En ella, y en una sucesión de breves capítulos con narradores diversos, nos hacemos una idea de quién es el famoso crítico gastronómico Pierre Arthens, a punto de morir a causa de una insuficiencia cardiaca y no, como se podía prever por sus excesos alimenticios, de una enfermedad en el hígado o el estómago. Su hija nos dirá de él que sus palabras zaherían y que era incapaz de relajarse (cualquier cosa era un pretexto para mostrarse tenso). De sí mismo dice que fue un niño consentido y un hombre despiadado. Paul señala que reniega, en las postrimerías de su existencia, de la que ha sido su obra como si de una quimera se hubiera tratado.

El enfoque del narrador protagonista es el que más abunda y en los momentos en que la autora le da cabida es para que, al tiempo que rememora sucesos de su infancia y primera juventud, nos empuje a viajar de la mano de su memoria gustativa en busca de un sabor único que le hizo feliz y que desea volver a probar como redención tras su fracaso existencial ornado de éxito social. Pero no da con la sensación primigenia hasta el final y, de ese modo, nos lleva a paladear, el pan que se basta a sí mismo, un delicioso buñuelo griego, una jugosa carne, un agua insolente (con gas), el pescado a la brasa, o crudo; la mayonesa, el sorbete de naranja en Marquet, un tomate recién extraído de la huerta de su tía Marthe… Y recuerda al Neruda de las Odas elementales o a Laura Esquivel y su Como agua para chocolate.

Otras voces por medio de monólogos interiores conforman el carácter de este hombre. De entre sus familiares: su hermosa pero relegada y decorativa esposa Anna, con la que convivió 40 años; sus hijos  Laura (He pasado el duelo del padre que nunca tuve) y Jean quien se considera el hijo de un monstruo (¡te odio, te quiero y me odio a rabiar por esta ambivalencia!) -frustrados y reconrosos por no ser queridos por él, quien no entiende de más paternidad que la de su obra-, su nieta Lotte o su sobrino preferido, Paul. Pero también nos dan noción de él un par de amantes (Laure y Marquet); su criada Violette, según la cual los nietos reconcilian a los padres con los hijos; la portera de su vivienda -protagonista de La elegancia del erizo- como contrapunto y encarnación de las diferencias entre clases sociales; su médico y amigo, el doctor Chabrot, que proyecta en él la vida que no tiene; el mendigo Gégène; Georges, un colega que creció bajo su órbita como crítico culinario e, incluso, la escultura marfileña y lúbrica de su despacho (Venus) o un animal: su idolatrado -como lo fue su perro Rhett- gato Rick con nombre de película.

El tema va más allá de lo que podría considerarse una exaltación de los placeres sencillos, de los sabores primigenios que recuerdan a las cocinas de las abuelas, capaces de llevar al éxtasis a través de las papilas. Es todo un alegato contra el poder que impone falseamientos, que hace vulgar lo que no lo era y edulcora lo valioso, mientras que engrandece o echa por tierra el prestigio de restaurantes y chefs gracias a un verbo fluido que adereza el continente y relega el contenido. Es tan consciente de su locuacidad que incluso se regodea en las licencias poéticas que utiliza: jamás volví a saborear con tanta avidez -oxímoron este del que soy especialista- patatas empapadas en salsa. Así nos hace partícipes de cómo un sorbete hace más la boca agua que un simple helado o de cómo el regusto arcaico de la palabra dulces en lugar de la sobria pasteles. Su sobrino, que se siente el preferido por haber infringido sus leyes, de hecho, comenta que su prosa era un himno a la lengua.

Pero lo que destaca, ante todo, es la sensación última de traición a sí mismo que el protagonista siente, la obstinada corrupción del poder que le hace a uno abominar de sus gustos y deformar sus placeres, el placer bruto sin concesiones a la galería del hambre sin discernimiento.

Una buena golosina (Una golosina fue su título original) para un lector con ganas de hincarle el diente a una lectura distinta.

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