MUERTES ALEATORIAS

Desgraciadamente, sendos atentados terroristas han azotado Oslo y la isla de Utoya ayer. De nuevo, la sombra alargada de la muerte se ciñe alrededor de gente bien nacida e inocente que sólo se equivocó en el lugar en el que hallarse en esa hora y ese día aciagos. Aunque se ignora aún de qué signo es la violencia (ya sabemos que todos los extremismos se tocan, y que confluyen en una repudiable espiral de destrucción y fanatismo -político, religioso o de ambas clases-, tanto si están abarloados a estribor como a babor), la barbarie ha masacrado a una multitud, como en Nueva York, como en Madrid, como… en tantos otros sitios de otras tantas naciones. Lo último que he oído es que el presunto autor es un ultraderechista e islamófobo noruego de 32 años, el doble de edad que la de muchas de sus víctimas.

Todo ciudadano decente lo siente, Noruega, y os apoya y se conduele entre el estupor, el dolor ante tantas incipientes vidas truncadas y por los familiares y amigos de los fallecidos, y el pavor y la vergüenza ajena ante tal engendro psicótico.

De nada sirve este poema, salvo para insistir en que no hay peccata minuta que justifique que nos hagamos ningún daño emocional ni físico, que no deberíamos “matarnos” innecesariamente habiendo como hay tanto que hacer y por lo que luchar incruenta y humanitariamente en este globo que compartimos tantos millones de seres.

Hoy de nuevo la aleatoria muerte ha mostrado su lado más arbitrario, azaroso, imprevisible.

Y, por desgracia, no es accidental que haya alguien detrás de tanto desatino y tanta atrocidad.

Yo he muerto muchas veces.

No me lloren hoy que no los oigo.

He muerto tantas veces

que no recuerdo cuándo

fue la última vez que me lloraron.

He muerto con las botas puestas

y el corazón desarmado.

A contracorriente siempre,

sin descanso,

echando apuestas fuertes.

He muerto de muerte natural

y propiciada

por severas escenas cotidianas.

Natural y ficticio trampolín

de la vida al océano inmenso.

A mí también me han matado

con la alevosía sutil

de las miradas.

Sin fusil ni cicuta ni arma blanca.

Con la sola palabra.

A mí también me hirieron

en combates

en los que no me iba la vida

con rumores, vacíos, vituperios…

y sin mediar distancia.

He muerto lentamente

desangrándome.

Y he muerto a toda prisa

contraviniendo el tiempo.

Y, aunque me niego a seguir

muriendo (enjugaos, por cierto,

el dolor innecesario), me llegará

al fin la hora y el final incierto

como a mis asesinos y mis deudos.

Y viviré, por fin, en el recuerdo.

Viva sin el latido que amenizó

su templo. Y llorarán los míos

al no ver mi cuerpo.

Y esta muerte será la menos dura.

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