SILENCIOSOS VASOS COMUNICANTES:

Todo es silencio muestra cómo todo nos comunica algo y a ello nos debemos. Sólo con valentía podremos superar las fuerzas que nos atan a lo indeseable, mientras que la simple dejadez nos mantiene sumidos en lo que nos atañe por el mero hecho de nacer donde nacimos. Agallas y cobardía, adaptación y rebelión son los engranajes en torno a los que la novela crece.

Novela estructurada en cuarenta y cinco breves capítulos agrupados en dos partes: El silencio amigo (los dieciséis primeros) y El silencio mudo (los restantes). La primera describe  el recorrido por la costa atlántica en torno a Brétama, para rescatar los tesoros que los naufragios diseminan por ella, de Leda (Nove Lúas, la dama de los naufragios), Fins y Brinco (Víctor Rumbo, al que le gustaba ese sabor de las frases urticantes en el paladar que supone el desdén; lo que me hace recordar los ponis o vergüenzas no superadas que, con total desvergüenza, se descubren tres chicas en un juego propio de amistades peligrosas en un episodio de Somos cortos que sólo vi acabar unos días atrás). Y recrea las redes e influjos que el poder de un contrabandista odiado pero fascinante impone en el cotidiano vivir de la aldea y sus aledaños (el bar Ultramar, la Escuela de los Indianos). En la segunda, tras un lapso temporal en que los niños se han hecho adultos y tomado posturas encontradas ante la vida, asistimos a la perpetuación de los males de ese mundo y el intento por acabar con ellos por parte del protagonista.

En realidad, este territorio ficticio dejará de ser un topónimo del autor tras enterarse éste de que Marina Mayoral ya había utilizado esta palabra, que en gallego significa niebla, como nombre del escenario de alguna de sus obras.

http://www.farodevigo.es/sociedad-cultura/2010/12/22/silencio-queda-bretema/502686.html

A lo largo de la novela el narrador omnisciente nos relata las posiciones encontradas que toman los tres amigos iniciales (dos a favor y uno en contra del crimen organizado: los sobornos, el contrabando, los ajustes de cuentas…). Aunque a veces cede su papel a otros: como al narrador en primera persona testigo que observa, en el capítulo XI, cómo -durante el sermón del sacerdote don Marcelo- Belvís, el inocente, tiene una salida fuera de lugar en la iglesia cuando mueve los brazos como si fueran alas y él representase al Espíritu Santo (momento que aprovecha el autor para describir a este extraño y entrañable personaje). En el capítulo XXI, se da pie a una pequeña corriente de conciencia en la que desde una primera persona Chelís observa lo que hace Fins al tiempo que da rienda suelta a su adicción. Y en el XXIX, el narrador omnisciente toma la primera persona plural para involucrarnos en lo que relata y que focaliza a través de la mirada de Sira o, más bien, de la ventana humanizada que parece observarla.

Si con acierto describe los lugares: la playa, los clubs (como el Vaudevil), el espacio multiusos del cinema reconvertido en salón de baile o viceversa, la cantina El Ultramar…, quizá sea la capacidad aún mayor para representar caracteres moral o físicamente deformes una de las más gratas cualidades del autor. Seres a los que sus propios motes alumbran una forma de mirarlos. Así, por ejemplo:

-Chelín, el hijo del zahorí.

-Fins, quien ya antes de descollar como fotógrafo se volvía loco por los trocitos de celuloide que se rompían, y de quien -al ser atacado por ausencias (que él mismo llama el vacío del artonauta)- se dice que Su mente suprime un período que le hace daño. La dolencia también es una propiedad, la de borrar como memoria explícita lo que vivió, a modo de amnesia retrógrada.

-La cantante Sira, esposa del permisivo padre de Rumbo, que hacía la vista gorda ante las visitas del patrón hasta que no lo puede soportar más.

-Carburo, el guardaespaldas de Mariscal.

-El insobornable Lucho Malpica, padre de Fins.

-El prepotente Mariscal, el Viejo, siempre con guantes y bastón bengala, marido de una peluquera, Guadalupe.

De hecho, Mariscal, el exseminarista que se convirtió en capo y señor de Brétama tras pasar un tiempo en la cárcel e ir a hacer las américas, impone su magnetismo cuando habla (su afirmación era una llave y no un candado). Sus expresiones le definen:

  • Os habent, et non loquentur. Oculos habent, et non videbunt. Aures habente, et non audient.
  • Mientras se trabaja, no se gana dinero.
  • ¡He  ahí la clave, el esfenoides! El hueso con cadera en forma de cama turca y alas de murciélago que se abrió en silencio a lo largo de la historia para hacerle sitio a la enigmática organización del alma.
  • Hic Rhodus, hic salta, palabras que toma de una fábula de Esopo (El fanfarrón) y que demuestran una vez más su cultura.

El estilo de Manuel Rivas fluctúa entre el objetivismo -rayano en la precisión de una cámara cinematográfica al estilo de El Jarama– y la expresión poética llena de meandros e intensidad de un narrador omnisciente que no perdona la reconstrucción subjetiva de acciones y personajes.

Una lectura ligera y profunda para un veranito en declive si aún no se ha leído.

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