COMUNICACIÓN NO VERBAL (EXTRACTO DE UNA TESIS)

El comportamiento o comunicación no verbal (CNV) ha fascinado durante siglos a los no científicos: pintores, escultores, actores, novelistas, se han interesado por el gesto, la postura, la mímica. Si bien hasta principios del siglo XX no se inició la investigación rigurosa acerca de los elementos no verbales del comportamiento interpersonal, y sólo desde los años 60 se convirtió en una floreciente rama de las ciencias sociales que en la actualidad está en boga.

De1914 a1940 los resultados de los experimentos acerca de cómo se expresaban las personas por la expresión facial fueron desalentadores, y concluyeron que el rostro no expresaba emociones de forma infalible. Por entonces los antropólogos comprendían que los movimientos no eran exclusivamente fortuitos y que, también, se podían aprender, pero no se esforzaron en descifrar ese código. En el segundo periodo de esta reciente ciencia (de los años40 alos 60) hubo bastantes avances, sobre todo en la década de los 50 y gracias a autores de la llamada “universidad invisible” (Birdwhistell, Scheflen, Hall, Goffman, Ekman), quienes aunaron sus esfuerzos, sistematizaron resultados y abordaron sus investigaciones desde diversas disciplinas (psicología, sociología, psiquiatría, etología, antropología y lingüística).

Por lo general, aislaban distintas unidades de conducta para su estudio en el laboratorio (con grabaciones y películas pasadas a cámara lenta para poder advertir los sutiles y veloces mensajes que impactan a un nivel inconsciente) o sobre el terreno (Goffman). Sin embargo, el enfoque sistémico de esta investigación precisa que es imposible estudiar la comunicación por unidades separadas, que esta es un todo indiviso, un sistema integrado que debe analizarse en conjunto. Así, aun cuando a efectos prácticos se desmenuce en sus comportamientos mínimos, como en las películas en último término los diversos fragmentos se analizan prestando atención al contexto y a la interrelación de sus elementos.

El CNV es más que un conjunto de señales emocionales estrechamente vinculado a la comunicación verbal en las interacciones cara a cara. Podemos hablar de sinergia comunicativa al referirnos a la multiplicidad de canales y sentidos (órganos emisores y receptores) que se emplean. Como todo comportamiento en presencia de otro transmite algún tipo de comunicación, se abre un amplio espacio a la confusión y a la interpretación desde el momento en que nos damos cuenta de que es casi imposible no comunicar. Aun antes de emplear el lenguaje verbal, el lenguaje corporal, los gestos, las posturas, las miradas, el aspecto físico, transmiten en silencio infinidad de detalles y reacciones: nivel adquisitivo, soltura social, carácter (soberbio, dominador, tímido, débil, etc.), tensión, formalidad o familiaridad entre los interactores, grado de distanciamiento o proximidad en la relación establecida entre ellos, si se sienten cómodos o no en presencia, etc.

Cuando alguien “nos entra por el ojo derecho” o cuando “no nos acaba de caer” o nos da “malas vibraciones”, estemos haciendo referencia a una simpatía o antipatía que “se respira”, que no siempre tiene que ver con lo que nos hayan dicho o hecho, sino más bien con presuposiciones acerca del modo de ser del otro. Descodificar acertadamente el CNV es todo un arte de observación consciente e inconsciente. “Cuando algo nos da en la nariz”, suelen cumplirse nuestros presentimientos.

Se considera que alrededor de las dos terceras partes, aproximadamente un 65%, de la comunicación total es no verbal. Con sutil pero pertinaz influencia en las relaciones humanas, el CNV puede, incluso, inducir a alguien a tomar una decisión (p. ej., el jefe de personal de una empresa selecciona, con frecuencia, por promesas implícitas en el carácter intuido: original, emprendedor, eficiente, etc.). De hecho, Fast considera que en el mundo empresarial deben evitarse las imágenes predecibles, mientras que conviene suscitar cierto grado de misterio o incertidumbre que invite al oponente a descifrar a sus “competidores”; y que el enmascaramiento o el autodominio son la base de la civilización (el “factor Jano”).

Es tan importante el CNV que, cuando uno solicita que le repitan o amplíen una información, la respuesta suele agregar más gestos, como si éstos ayudasen a comprender, aclarasen o convenciesen más.

Hay gestos predominantemente sexuales (el masculino de ajustarse la corbata, el femenino de atusarse el pelo), del mismo modo que los hay culturales: los países septentrionales de Occidente (Suecia, Noruega, Alemania, Suiza, Gran Bretaña) gesticulan manualmente mucho menos que los meridionales, lo que éstos (Francia, España, Italia y Grecia) interpretan como rigidez y falta de compromiso. Israel, las naciones árabes y los países de América Central y Sur prodigan también los gestos manuales. Quizá la herencia hispana sea ahí fácilmente rastreable a través de ellos, a diferencia de lo que ocurre en EE.UU., en que la amalgama racial ha diluido las fronteras gestuales.

Podemos señalar ciertas características de la conducta no verbal:

1-      Las formas de expresión averbal heredadas de nuestros antepasados del reino animal (sonrisa, gruñidos, etc.) son más arcaicas y están más alejadas del campo consciente que el lenguaje verbal. En ocasiones son actos reflejos, y casi siempre son más espontáneas.

2-      La organización de la conducta guarda estrecha relación con la maduración del sistema nervioso y el enriquecimiento de los sistemas motor y sensorial.

3-      El CNV indica los verdaderos sentimientos y debe ser coherente con la imagen que de uno mismo se intenta proyectar (adecuación).

4-      El comportamiento no verbal implica la socialización del individuo en medio de una cultura concreta, de una tradición familiar y de un entorno específico, que programan, hasta cierto punto, su mundo interior.

5-      La utilidad de los signos gestuales queda limitada porque no son signos en igual medida para el que los produce y para el receptor. Su falta de codificación y de control consciente le otorga una validez solamente en el presente, y hace que no comprometa ni al que lo usa, ni al que lo observa, frente al lenguaje lingüístico social. El otro puede no percatarse o no darse por enterado de lo que se ha querido decir con determinado CNV. El emisor puede negarlo o no asumir la responsabilidad, porque la carencia de un código fijo impide saber con toda seguridad el alcance de su significado y permite invalidar las posibles interpretaciones. Y al contrario, podemos temer producir determinada impresión, porque tomen como intencionados gestos que no lo fueron, o porque no sepamos controlar ciertos gestos que parecen corroborar lo que no queremos que el otro piense de nosotros.

6-      El lenguaje no verbal no implica una reacción inmediata, ni siquiera obliga a responder. De todas formas, incluso la no respuesta es un tipo de reacción.

7-      Con frecuencia, es posible descubrir o aproximarse al origen nacional de quien gesticula, porque sus gestos tienen una clara capacidad connotativa, son casi una glosa cultural y racial, la metáfora de un pueblo.

8-      La lengua de la expresión corporal -manifestada y percibida a través de diversos canales simultáneos- integra áreas físicas, intelectuales y afectivas humanas, y tiene distintos grados de perfeccionamiento.

Los psiquiatras y los psicólogos han sido conscientes, de la importancia del gesto y del movimiento corporal como informadores de la personalidad y de la sintomatología. Félix Deutsch expuso el valor de la postura y los movimientos de cara al diagnóstico (posturología).

Muchos autores creen que se puede educar para la comunicación interpersonal por medio del CNV, y se ha llegado a crear una nueva rama de investigación acerca de esto, la psicokinética. Incluso hay quienes como alternativa o complemento de la medicina clásica defienden la kinesioterapia (arte de sanar por el movimiento), relacionada con los masajes, la gimnasia correctiva y la rehabilitación. En relación a esta rama terapéutica cabe citar la cromoterapia o medicina del color, que busca en los componentes del arco iris la mejora de la salud humana. Ya Goethe aseguraba en su Tratado de armonía de los colores que sentimientos y variedades cromáticas se relacionan. Y Rudolf Steiner creó la Antroposofía, especie de combinación de la medicina convencional y de la cromoterapia, y relacionó los colores con la salud, el carácter y el espíritu. Los científicos estadounidenses Gerrard y Hessey demostraron que la presión sanguínea humana varía según a qué colores se exponga intensamente a las personas. Cada color tiene sus propias cualidades. El rojo se ha relacionado con la función genital y los sistemas nervioso y circulatorio; el sedante verde, con el plexo cardiaco y el timo (glándula endocrina que coadyuva en la función inmunitaria); el antiséptico azul reduce la tensión y las obsesiones. El celeste se conecta con las glándulas tiroides y paratiroides; el índigo, con la epífisis; y el violeta con la hipófisis. El amarillo lo vinculan con la actividad intelectual, el plexo solar y el páncreas y estimula la oxigenación. El naranja se relaciona con el plexo suprarrenal y el bazo.

El lenguaje no verbal que acompaña a la palabra, además de completarla, puede corroborarla, acentuarla, restarle importancia, contradecirla o regular el hilo discursivo. Los usos primarios del CNV son esencialmente:

1)      Sugiere expresiones de emoción o de estado de ánimo.

2)      Acompaña o complementa al lenguaje verbal.

3)       Es un recurso para precisar, administrar intervenciones, forzar a atender, etc.

4)      Presenta la propia personalidad.

5)      Transmite la actitud interpersonal.

6)      Da fluidez a la comunicación.

7)      Sustituye al lenguaje verbal.

El CNV, como conjunto de signos no codificados que adquieren significado en relación a su contexto, es un lenguaje de signos circunstanciales, sujeto a menor censura inconsciente y a menor falsificación controlada que los signos lingüísticos.

Según su origen, los signos no verbales se han dividido en: señales prelingüísticas, de utilidad antes del origen evolutivo del lenguaje, por ejemplo la risa; y señales postlingüísticas, desarrolladas con posterioridad al lenguaje y, en ocasiones, como ayuda a las palabras. Éstas últimas son más evolucionadas (ejemplo: símbolo del autostop).

El complejo comunicativo puede dividirse brevemente en:

I        Lenguaje verbal: palabras, frases, oraciones, discursos, etc.

II       Lenguaje no verbal:

A.      Prosodia: tono, tempo, ritmo, volumen, espaciado de la voz.

B.      Paralenguaje: gruñidos, risas, carcajadas, sollozos, gritos.

C.      Kinésica (movimientos, gestos)

D.      Proxémica (uso del espacio, acercamientos o alejamientos).

III      Elementos fijos. Otros canales de comunicación:

1.-     Componentes internos (alimentos, bebida, tabaco, perfume, cosméticos, vestido, joyas, gafas…).

2.-     Componentes externos (objetuales y ambientales): timbres, portazos, ruidos de pasos, tráfico, música, radio, televisión, olores de cocina, maquinarias, mobiliario, objetos decorativos, lluvia, viento…

3.-     Mensajes químicos, dérmicos, térmicos, cronémicos.

Se ha discutido mucho acerca del origen del comportamiento no verbal, de si era innato o aprendido; esta dicotomía se resuelve si admitimos que es un tándem formado por las fuerzas biológicas y las culturales. Puesto que ni los niños ciegos ni los sordomudos muestran diferencias acusadas, parece lógico pensar que hay un fundamento genético al que se añade después el entrenamiento cotidiano. Y puesto que se relacionan lo gráfico y lo gestual incluso en la escritura china o la de los indios de América del norte, por lo que el CNV sería anterior al lenguaje fonético. Podemos considerarlo tanto el cimiento del lenguaje verbal como aquello que empleamos cuando nos fallan las palabras. En conclusión, es incierto que lo no verbal sea un sustituto imperfecto de lo verbal que se da cuando falta este lenguaje.

El lenguaje no verbal evoluciona de la mirada al tacto y de la exploración del sí mismo al descubrimiento de lo demás (los objetos, los animales y los otros), siguiendo diferentes etapas evolutivas. Zimmermann cree que el CNV deja adivinar o traiciona el comportamiento profundo de los niños observados, en él buscamos el acuerdo entre lo dicho y lo representado, porque ilumina, interfiere, relativiza, aclara o enturbia la comunicación verbal, convirtiendo el cuerpo en una pantalla de sí mismo.

a) Las primeras experiencias comunicativas humanas son las no verbales, incluso anteriores al nacimiento: el feto se adapta al movimiento materno, siente el calor del líquido amniótico contra su piel y escucha los sonidos del funcionamiento interno del cuerpo de su madre. Henry Truby ha llegado a sugerir que el aprendizaje de la lengua podría comenzar en el seno materno, al ser el líquido amniótico mejor conductor que el aire. Como llorar y oír son precursores del lenguaje (incluso se conoce un caso de llanto prenatal), podría deducirse que el rendimiento lingüístico de la niñez está en parte influido por el ambiente lingüístico que rodeó al feto en los últimos meses de embarazo.

b) Desde los primeros años de vida, gracias a muchas “formulillas, retahílas de aprendizaje del propio cuerpo y del más inmediato entorno” (R. López Tamés) el niño toma una clara conciencia de sí y crea una imagen correcta de lo que le rodea, imprescindibles ambas para su posterior equilibrio al sentirse a gusto “en su pellejo”.

Para ser conscientes del CNV debemos aprender de los niños, extremadamente sensibles a los mensajes faciales, a no distraernos con el lenguaje verbal y a “ver” las emociones en el rostro ajeno. Los niños van perdiendo poco a poco su capacidad innata porque les educamos para olvidar, les enseñamos a ignorar ciertas señales, y con rapidez aprenden cuáles son los signos que deben descodificar y cuáles los que pasar por alto. En la comunicación humana no se puede separar intelecto y emoción, también “el corazón tiene sus razones” (Pascal) y una lágrima puede ser “algo intelectual” (Blake).

Tradicionalmente, sometidos a una jerarquía los diversos modos comunicativos y prejuzgados los supuestos valores de cada uno, se concluía que el lenguaje era el primordial, el objeto primario de una teoría de la significación y de la comunicación. Desde este punto de vista, la semiótica sería un derivado o prolongación de la lingüística, y los restantes lenguajes tan sólo aproximaciones imperfectas, parasitarias e impuras. El problema fue que el modelo lingüístico perturbase los estudios sobre CNV, al aplicar a éste los parámetros de aquél: el concepto de binarismo, la estructura entendida como un conjunto de elementos discretos en oposición, etc. Estas secuelas, unidas al uso para nada exclusivamente auxiliar del lenguaje no verbal, dificultan la tarea de dar con su posible código. Aun cuando no interpretemos bien las señales no verbales, peligro que por otro lado corremos igualmente con el lenguaje verbal, solemos ser conscientes de las señales que se están produciendo en un momento dado, sean del tipo que sean. Los nuevos investigadores de la comunicación humana coinciden en no admitir aquella jerarquía falsa, y consideran que el valor de cada modo es en su mayoría contextual, o sea, adquirido en la interacción concreta en que se integre.

El modo verbal lleva, con frecuencia, la información intencional y explícita; mientras que el CNV versa, especialmente sobre asuntos de relaciones: amor, odio, dependencia, temor, autosuficiencia, respeto; pero, en cualquier caso, estos otros modos no verbales aseguran funciones necesarias para el buen desarrollo de una interacción. El cuerpo como sustituto de ese lado oculto, incluso para nosotros mismos, de nuestra mente, de nuestros deseos, la vertiente masculina del sentir de una mujer, el enfoque femenino en los sentimientos de los hombres, el perfil múltiple -incluso contradictorio- que en todos tiene cabida.

Una de las cuestiones que las investigaciones sobre el CNV han planteado es la de la universalidad o la singularidad de sus componentes. Aunque Birdwhistell partió de la idea de que las emociones básicas del individuo, tales como la alegría, el enojo, el temor o la atracción, debían de comunicarse de igual manera en las diferentes culturas por medio de gestos y expresiones comunes a toda la humanidad (sonrisa, entrecejo fruncido, etc.); llegó en seguida a la conclusión de que no hay gestos universales, de que ninguna expresión facial, postura o movimiento, transmiten el mismo significado en las diferentes sociedades. En cada cultura habría unas pautas de comportamiento e interpretación de esos elementos: sonreír poco, sonreír con frecuencia aunque se esté triste; sonreír con los labios únicamente o, por el contrario, con labios, ojos y cabeza inclinada junto a una postura corporal laxa…

Michael Argyle enumera unos gestos que podrían ser considerados casi universales: amenazar con el puño (enfado), frotarse las manos (anticipar algo), aplaudir (aprobación), bostezar (aburrimiento), dar palmadas en la espalda (animar) y frotarse el estómago (hambre). Según Argyle, impulsos de siete clases son el origen de todo comportamiento y, en definitiva, de toda motivación social:

1-Impulsos no sociales que pueden producir alguna interacción social, cooperativa o competitiva (necesidades básicas, biológicas -de comida y agua-, pecuniarias, etc.).

2-Dependencia (aceptación, ayuda, protección, consejo, etc.).

3-Afiliación (proximidad física, contacto ocular, respuestas amables…).

4-Dominancia (liderazgo, mayor ocupación del tiempo de habla…).

5-Sexo (proximidad física hasta el espacio íntimo).

6-Agresión (verbal o física, amenazas y daños).

7-Autoestima e identidad del ego (provocar respuestas aprobatorias y aceptar la propia imagen).

Paul Ekman propone su teoría neurocultural, que postula la existencia de emociones primarias comunes a todas las culturas, determinadas en gran medida de forma natural gracias a impulsos neuronales, y de expresiones emotivas culturalmente determinadas a través del aprendizaje social de los estímulos que pueden provocarlas, de las reglas que rigen su manifestación y de las respuestas que tales comportamientos exigen. Ekman encontró emblemas universales como el del sueño (inclinando la mejilla sobre una mano) o el de estar ahíto (palmeando o frotando el estómago). Probablemente la universalidad de estos gestos se deba a lo limitado de la anatomía humana, cuando ésta permite realizar una misma acción de varios modos, se aprecian diferencias culturales; así, por ejemplo, en Japón el emblema del suicidio se representa por medio de la pantomima de sacarse las tripas mediante el hara-kiri, mientras que en España consiste en apuntarse con la mano en forma de pistola a la sien. Y, a veces, los mismos emblemas poseen significados diferentes en distintas culturas, como es el caso de “sacar la lengua”, señal de burla entre nosotros, mientras que “en el sur dela China moderna, una rápida exhibición de la lengua significa turbación; en el Tibet es una señal de cortés deferencia, y los habitantes de las islas Marquesas sacan la lengua para negar”  (Davis).

Como canales de percepción interactiva tenemos los sentidos capaces de captar estímulos más o menos alejados (oído, vista, olfato) y los que exigen una mayor proximidad (tacto, gusto y transmisiones cinestésicas). La percepción audio-visual es espacial y la olfativo-gustativa, temporal. Pero percibir no es nunca una operación exclusivamente sensorial, sino que se somete a un proceso de intelectualización. Además, pese al predominio del sonido y del movimiento, en un momento dado el sistema primario puede ser, por ejemplo, el químico (lágrimas, sudor emocional, feromonas). La verdadera jerarquía de los sistemas interactivos sólo será determinable en cada situación concreta. Cuando nos centramos en un tipo de sensaciones poniendo en juego preferentemente un canal perceptivo, los demás quedan relegados a un plano casi de inacción:

Las percepciones –que pueden proceder del exterior (sensoriales) o del interior (sensaciones y sentimientos) o ser directas e indirectas (sinestésicas, basadas en experiencias anteriores)- y su interpretación ponen en peligro la objetividad, porque las categorías con que designamos a lo observado proceden de nuestro mundo, nuestro vocabulario y nuestra personal manera de ser. Por eso Anguera clasifica así los tipos perceptivos: el descriptivo (minucioso y seco), el evaluativo (enjuiciador), el erudito (aporta información innecesaria con afán exhaustivo) y el imaginativo-poético (falsea datos para dar rienda suelta a la imaginación). Y en esto consiste, precisamente, la “falibilidad de la percepción” que señala Knapp: ni dos seres humanos ven igual los mismos acontecimientos en un mismo espacio y tiempo, ni un acontecimiento idéntico en dos momentos diferentes de la vida de una persona es interpretado por ésta de la misma manera. Condicionados por la cultura, por la educación y por nuestras experiencias personales, solemos ser incapaces, además, de creer en rasgos contradictorios de una misma persona (de ahí la importancia de la primera impresión).

Una característica constante de las relaciones interpersonales es la formación de juicios respecto al otro, inferidos de su comportamiento y del contexto en cuyo marco se desenvuelve, gracias a la percepción (reconocimiento inicial) y a la descodificación, que nos da las claves para interpretarlos. Interpretar es reaccionar psicológicamente frente a un signo, condicionados por las experiencias pasadas pertinentes y la que vivimos en el ahora; es lógico, pues, que emisor y receptor perciban de muy distinta forma los diferentes estímulos (doble percepción). Esta percepción y su intelectualización se da en mayor grado en el receptor que en el emisor, ya que éste pierde gran cantidad de atención en el desarrollo de su emisión o actuación. El emisor recupera toda su capacidad perceptiva durante la pausa verbal de su propio discurso (salvo que la posible tensión le abotargue los sentidos), y en cuanto adquiere el estatus de receptor al ceder el turno de habla a su interlocutor.

Goffman acuñó los conceptos de simetría y asimetría comunicativa, a partir de la dicotomía funcional en que dividía a los individuos: actuantes y auditorios. Para él, la comunicación resulta preferentemente asimétrica, puesto que el actuante posee el medio (la región anterior), suele disponer de más tiempo para actuar, y disfruta de los mecanismos de defensa (preparación de su actuación en la región posterior, manejo de las impresiones, colaboradores, control expresivo, información poseída) para llevarla a cabo satisfactoriamente; mientras que el auditorio puede ver más limitado su tiempo de respuesta y encontrarse en un medio que le resulta ajeno o no favorable.

Pero, por otro lado, el auditorio, aunque carece de todo esto mientras dura la actuación de aquél, tiene la posibilidad de observar el doble flujo comunicativo: lo que el actuante dice y lo que implica a través de su comportamiento, lo cual no siempre está de acuerdo con lo que dice y de lo que, a menudo, no se percata. Sin embargo, siempre se puede encontrar alguna excepción, por ejemplo, la interacción intimidante entre un delincuente poderoso y tranquilo y un hombre perplejo de pánico.

El comportamiento no verbal de los interagentes puede interpretarse en términos de estatus y personalidad (según categorías en que se intentan clasificar unos a otros: edad, sexo, raza, nivel adquisitivo y profesional, carácter, cualidades intelectuales y prácticas, ideología, orientación religiosa, afiliación a algún grupo, etc.), interpretarse en términos de estado emotivo (a partir del rostro, la voz, la postura, los movimientos), o de actitudes interpersonales (amistad, competencia, antipatía, etc.), y en relación a la dinámica de la interacción (informarnos de si nuestras intervenciones tienen buena acogida o no, si debemos persistir o ceder en la exposición, etc.). Además, en el discurso interactivo pueden surgir problemas a causa de una (des)codificación negativa, errónea o fallida:

–        Cero (ausencia de signos o no percepción de ellos).

–        Defectuosa (irregularidades intencionadas).

–        Deficiente  (entre subculturas con códigos mal definidos).

–        Involuntaria: no intencionada o inconsciente (sonrojo, tics).

–        Incorrecta (podría desenmascarar al sujeto).

–        De signo cero (si el receptor esperaba unos signos que no se producen).

–        Falsa (signos entendidos equivocadamente).

Hemos de tener en cuenta, también, que no todos estamos igualmente dotados, equipados, para la interacción, ya que ésta depende de la sensibilidad perceptiva y de la intuición de cada cual (a lo que podríamos añadir la capacidad de fingimiento, que atañe a un tipo de codificación conscientemente falsa, y el control de la expresividad emotiva). Debido a esto, se producen a veces situaciones de interacción reducida por causas no sólo externas (medio, canal, instrumentos), sino también internas, como las interacciones que se establecen entre personas con limitaciones físicas o psíquicas: mancos, ciegos, cojos, parapléjicos; enfermos de agnosia, anosmia, o amnesia, etc.

La comunicación no verbal no sólo se da en la interacción cotidiana, sino que también aparece reflejada recurrentemente en el dominio textual, y en particular en las novelas (sobre todo en aquellas que usan rasgos propios de las obras teatrales como el diálogo; descrita tal y como se percibiría -si es suficiente por sí sola para orientar al lector- o interpretada -si no lo es- además de traducida por medio del lenguaje verbal). En ellas todos los signos de sistemas semióticos no lingüísticos contribuyen a crear una lectura coherente que integra los diversos aspectos del mundo narrado de los personajes: sus relaciones, sus funciones, sus características físicas y psíquicas; y ayudan a fijar el sentido de las palabras, “pronunciadas” por ellos o referidas por el narrador, en su contexto. El CNV descrito abre expectativas acerca del carácter de los personajes, de sus actitudes interpersonales, de sus conductas futuras; nos explica sus reacciones y pensamientos, y nos confirma o nos hace rechazar nuestras presuposiciones acerca de cómo se irán resolviendo las situaciones presentadas en el texto. Las diferencias que se observan entre los individuos de una misma sociedad denotan un estilo personal no lo suficientemente acusado como para que pongan en peligro su inteligibilidad.

Varios de estos elementos pueden resultar hipercodificaciones de un mismo discurso. Por ejemplo, si a la emisión verbal “no me gusta”, sumamos un “alternante” paralingüístico (“aaggghh” o algo similar), un tono de desagrado o repugnancia, un gesto de asco (la boca un poco ladeada con la lengua fuera y la nariz engurruñada) y un movimiento de la mano que simula estar apartando algo. Los elementos que se produzcan simultáneamente pueden representar matices añadidos a un discurso verbal neutro o, de forma conjunta, configurar un mensaje único. Unos y otros pueden también descalificarse, lo que obligaría a poner en duda el significado aparente de la emisión verbal. Como advertencia final: los signos no verbales descritos en un texto pueden poseer un valor social admitido consciente o tácitamente, pero pueden también adquirirlo en el propio texto, serían signos no verbales creados en concreto por el autor para su mundo ficcional.

                                                           

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