SU MUNDO, MI MUNDO, NUESTRO MUNDO

El mundo de Juan José Millás se lee bien y trae aromas de una infancia, la suya, que nos resulta familiar, porque podría ser perfectamente la nuestra. Nos enseña los difíciles derroteros por los que debieron caminar los niños ultrasensibles en unos tiempos en los que la sociedad, sin manuales psicológicos para la supervivencia, buscaba el modo de salir a flote. Su mundo nos ayuda a subvertir las prioridades que, como padres, tenemos y que, como hijos, sufrimos o infligimos. Pero… dicho esto, me pregunto entre la admiración y el pasmo:

¿Cómo pudo ser Premio Planeta 2007 cuando estaba claro su autor, ¡Juanjo!, que nos desgrana a caballo entre los recuerdos familiares, escolares, juveniles y adultos, sus vivencias, pánicos y motivos para idear muchas de sus novelas -cuyos títulos aparecen explícitamente- o dejar rastro en las mismas de algunos de ellos?

De todo el mundo es sabido que este premio ha sido creado con un afán comercial que busca avalarse tras narradores de prestigio, pero las formas son las formas. Claro que se puede justificar diciendo que quién nos asegura que el creador no se ha hecho pasar por dicho autor o que, quizá, éste presentó esa misma novela  pero con unas mínimas variantes (títulos  distintos de un supuesto escritor)… Sin embargo, no sólo lo delatan estas huellas y las innumerables pautas autobiográficas que se rastrean, sino su estilo, hubiera sido imposible creerse tal magnitud de engaño memorialístico de alguien que se haga pasar por otro.

Me cae bien Millás y me gustan sus artículos y, sobre todo, sus primeras obras; pero que… por un afán supongo que meramente crematístico se preste a participar en uno de los certámenes con nula credibilidad aunque mejor pagados (desde que recuerdo, no lo ha ganado ningún desconocido; mientras que otros como el primer Nadal sirvieron para dar a conocer talentos noveles), que no le va a aportar más respeto que el que ya se haya ganado… me temo que no es lo mejor que puede decirse de su carrera literaria ni de él mismo. Quizá, en este caso, sí valga ese adagio de que los finalistas son los que más se lo merecieron. Por la misma razón, me han desilusionado grandes autores y filósofos (Savater, Pombo, Mendoza…) que no necesitaban ese acicate literario, ni los honores mediáticos ni, supongo, la calderilla que les aportase.

Rasgos autobiográficos que constata que diseminó por sus obras, por ejemplo:

1-Su primera novela, Cerbero son las sombras, fue calificada por un crítico -en su opinión con acierto- como un experimento antiedípico.

2-La anécdota de la moneda que “adivina” de niño que va a encontrar en la arena aparece en La soledad era esto, lo mismo que sus contradictorias reacciones cuando fumaba hierba (1990).

3-El estirón provocado por unas anginas, y que le fue palpable durante el estado febril al creer notar cómo chocaban sus pies con otros idénticos bajo sus sábanas, origina el contacto similar que atribuye al protagonista de El orden alfabético.

4-El homenaje a la María José de su infancia acabó fraguando Dos mujeres en Praga (2002), en la que un personaje homónimo diestro intenta “escribir un relato zurdo”, y en que queda huella de su obsesión “por la paternidad (una variante de la autoría)”.

5-Aprovechó su muerte imaginada –que le procuró como un consuelo para soportar el rechazo y la humillación de la hermana del Vitaminas- para Tonto muerto, bastardo e invisible.

6-Uno de los personajes de su segunda novela, Visión del ahogado, se llama el Vitaminas (personaje recreado en El mundo).

7-En El jardín vacío (1983) trataba del barrio, del que siempre quiso salir sin lograrlo del todo, por lo que ésta “No era una novela propiamente dicha, si una digestión, un proceso metabólico, una asimilación”.

8-Las magníficas botas que estrenó un día en su infancia fueron homenajeadas en No mires debajo de la cama, dada su “convicción de que el calzado es, de todas las prendas de vestir, aquella que cuenta con una vida propia más activa”.

9-La “bota enorme, pesada y negra, como un yunque, en la que parecía residir el centro de gravedad” del cuerpo del rector cojo del seminario al que fue es descrita en Letra muerta.

Tras esta digresión, comentaré brevemente la obra, dividida en cuatro partes y un epílogo:

1-El frío. Trasladados desde Valencia para mejorar la situación económica de la numerosa familia, su inmersión en Madrid pronto le descubrirá que ese lugar lleno de oportunidades no es tan maravilloso. Aquí nos habla del taller de su padre (al que se asemeja en su investigación y experimentación de la realidad, éste al ensayar con un bisturí eléctrico y él, con un bolígrafo al escribir a mano) y las medicinas de su madre (a la que se parecía tanto, que empezó a jugar a cambiar su semblante ante el espejo) en un tiempo en que el despertar literario venía a lomos de los números del Reader´s Digest. Ahí nos da las claves de algunas de sus carencias y las características de su caracter:

  • En principio fue el frío. El que ha tenido frío de pequeño, tendrá frío el resto de su vida, porque el frío de la infancia no se va nunca. Si acaso, se enquista en los penetrales del cuerpo, desde donde se expande por todo el organismo cuando le son favorables las condiciones exteriores.
  • Era un mundo hecho a la mitad: teníamos la mitad del calor que necesitábamos, la mitad de la ropa que necesitábamos, la mitad de la comida y el afecto que necesitábamos para gozar de un desarrollo normal, si hay desarrollos normales. De algunas cosas, sólo teníamos la cuarta parte, o menos.
  • Ese paso de la euforia a la depresión, del cielo al infierno, esa caída… Yo soy, creo, un poco maníaco-depresivo, aunque procuro no exteriorizar las alegrías excesivas ni las aflicciones exageradas. Tanto unas como otras se dan en un registro más mental que físico. Atravieso épocas de grandes ensoñaciones, donde me imagino llevando a cabo extrañas conquistas, y por instantes de gran abatimiento, de desánimo, que me ponen los pies en el suelo.

2-La calle. Que se centra en su cotidiano vivir en el barrio periférico madrileño y en los personajes con que compartió juegos y sueños, sobre todo el Vitaminas, el hijo del tendero de la tienda de ultramarinos y el bar, muy enfermo del corazón, que le enseñó a escribir informes objetivos como si fuera un espía, a mirar la calle desde el reino del hiperrealismo, a ver el “ojo de Dios” y al que él llevó hasta la Calle de los Muertos. También nos enseña cómo se crece en medio de tantos hermanos, de sus mínimos hurtos, de sus accesos de invisibilidad y fantasía; y de su pánico, años más tarde, en medio de los innumerables corrillos invitados en el apartamento de su editor y lo que vivió (soñó) durante su lipotimia:

  • Aquel verano hice cálculos acerca del tiempo que podía permanecer fuera de la circulación sin que mis padres me echaran de menos. (…) sólo hacían dos recuentos al día: uno a la hora de la comida y otro a la de la cena.
  • Muchas veces, el tránsito del sueño a la vigilia era tan insensible como el paso del estado sólido al líquido en el hielo. ¿Tenía el agua memoria del hielo? ¿Guardaba yo memoria de los sueños? Quizá no, porque al despertar continuaba en ellos.
  • La palabra fiebre es la más bella de la lengua (fiebre, fiebre, fiebre). Ninguna de las drogas que probé luego, a lo largo de la vida, me proporcionó las experiencias alucinógenas de la fiebre.

3-Tú no eres interesante para mí: Los primeros fracasos amorosos (Luz y María José, cuyas sombras planean sobre el futuro) que le sirvieron como revulsivo para crearse un yo más atractivo que pasaba por ser novelista, sus primeras rebeldías y complicidades (al acercarse a “Casa Mateo” para proseguir con el cometido interrumpido de su hijo muerto), la anécdota del fallido transporte de las cenizas de sus padres en avión para darles el descanso definitivo, la asistencia de María José a la disertación que hizo en la Universidad de Columbia “sobre la importancia de lo irreal en la construcción de lo real”, el descubrimiento de que “Mi calle era todas las calles” lo que procura la universalidad de lo mínimo.

  • Dios se manifestaba sobre todo en las cuestiones aparentemente pequeñas de la vida cotidiana. (…) Nunca volví a cometer un acto incívico, no ya por miedo a que se me apareciera, sino por temor a decepcionarle. Un buen educador (también un buen padre) debería ser capaz de llevar a cabo intervenciones de este tipo, tan indoloras, pero tan eficaces, tan oportunas y precisas.
  • Observado desde los ojos de María José, veía en mí (…) Quizá un novelista equivocado, un tipo que acertaba en las cuestiones periféricas, pero al que se le escapaba la médula. Un tipo bien intencionado, de izquierdas desde luego, pero de una izquierda floja, uno de esos compañeros de viaje, un tonto útil, aprovechable en los estadios anteriores a la Revolución, pero a los que convenía fusilar al día siguiente de tomar el poder.
  • Uno se enamora del habitante secreto de la persona amada, que la persona amada es el vehículo de otras presencias de las que ella ni siquiera es consciente. ¿Por quién tendría que haber estado habitado yo para despertar el deseo de María José?
  • Mientras consideró que me necesitaba, fue amable conmigo, incluso publicó una crítica sobre Letra muerta en la que calificaba aquella novela mía de excelente. Luego, a medida que sus relaciones editoriales se afianzaban, volvió a poner entre los dos la distancia habitual, que rubricó con una crítica demoledora sobre Papel Mojado. (…) En general, observaba frente a mí la actitud perdonavidas de los escritores que no escriben.

4-La academia. Parte de la opacidad que vivió entre la negativa de Mª José, su cese como supuesto agente de la Interpol para su padre y su alejamiento de los estudios. Desarrolla su terrible experiencia  cuando, tras suspender, le internaron en una academia especializada en repetidores de métodos milagrosos, los cuales no eran otros que los de “la letra con sangre entra”, y que él califica como burdel de pervertidos “cuya tapadera era la enseñanza”, al comprobar que les excitaba la crueldad. Tras su mínima fuga y su angustia, muerto de frío bajo una cornisa el crío que fue, da por finalizada esa labor de desenterramiento de recuerdos con la pretensión de encerrar aquellos años en un libro-sarcófago que entierre al niño en el que apenas se reconoce, lo que le hace establecer un nexo con una escena de Blade Runner mientras se siente observado como un bicho raro cuya “sensibilidad enfermiza” le inhabilita para la vida. Por último relata, su ingreso en el seminario, donde teme ser una vez más el “excéntrico”, en una especie de final abierto o inconcluso en que el chiquillo acaba preguntándose qué va a ser de él:

  • Todo este mundo imaginario me alejó aún más de los estudios y de la realidad, pero me permitió llevar una doble vida, pues ahora era lector como antes había sido agente de la Interpol: de forma clandestina, y ese secreto me aliviaba de las penalidades de mi existencia oficial.
  • Comprendí oscuramente que la realidad estaba dividida en dos mitades (una de ellas invisible) que, pese a ser complementarias, estaban condenadas a no encontrarse.
  • Resulta imposible entender lo que soy a partir de lo que fui. O soy irreal yo o es irreal aquél.
  • Somos replicantes que ignoramos nuestra condición. Nos han dotado de unos recuerdos falsos, de una biografía artificial, para que no nos demos cuenta de la simulación.
  • Así era mi barrio entonces, como un patio interior, un patio interior por el que me muevo como un ratón ciego por un laberinto, buscando refugio en los portales.

5-Epílogo. En él incide en la importancia de esos momentos en que uno se abstrae, se desentiende del mundo para forjar su propio mundo a imagen y semejanza de sus deseos y filias o de sus terrores y fobias. Y subraya cómo cierra un círculo creativo el que el viaje aplazado para esparcir las cenizas de sus padres y el final del libro coincidan. Se reconcilia con su pasado y sus expectativas, al tiempo que se ve forzado a ayudar -a un padre que ha perdido a su única hija- a superar una decisión que aplaza. Se libera así de cuanto le produce malestar, al no sentirse ya sujeto sino escenario de todo ello (la angustia, la enfermedad, los sueños, el éxito o el fracaso), por medio de ese desprendimiento simbólico de las cenizas que coronan la realidad y la ficción:

  • Los estados delirantes, en mi experiencia, son frágiles como burbujas.
  • Escribir bien presupone escribir al dictado de aquella parte de ti que permanece dentro del delirio cuando la otra sale de él para comunicarse con los demás o para ganarse la vida.
  • Volví a escuchar la frase fundacional de esta novela, quizá del resto de mi obra (cauteriza la herida al tiempo de abrirla), y supe con efectos retroactivos que aquella fascinación de mi padre había constituido para mí un programa de vida. (…) pues es consustancial al hecho de escribir sentir daño y alivio al mismo tiempo. Quizá, después de todo, aquel niño frágil hubiera sido capaz de sacar adelante algo valioso.
  • La realidad había devenido en una extensión mostrenca, en una especie de cuadro de costumbres dentro del que la gente actuaba de un modo práctico, como si no existiera en su interior una dimensión onírica, una instancia delirante, como si la ciudad entera no fuese un delirio en sí misma.

A lo largo de la… ¿novela? (¿existencial o psicológica?), ¿memorias?, indaga en los matices lingüísticos de varias expresiones españolas (sinestesias, redundancias u oxímoros): “vivo retrato”, “las tardes muertas” y de otras expresiones que le parecen inapropiadas (“me duele la cabeza”) o, al contrario, muy clarificadoras (“estar fuera de sí” o “estar fuera de quicio”, “cerrado por inventario”, “claridad lechosa”).

También, con el escalpelo de su observación y por medio de saltos al pasado y al presente, interpreta las transformaciones que todo ser humano sufre a lo largo de su existencia: Una de las formas más comunes de negar la muerte de una persona consistía en convertirse en ella. En otras palabras, yo, con aquel escandaloso cuadro sintomático, me había convertido en mi madre, la reina de los síntomas. Te prometo que nunca moriré.

El mundo promete no morir pese a las reservas de que he partido.

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