LAS CONSOLADORAS SEGUNDAS PARTES:

Anna Gavalda en El consuelo construye una extensa novela -con exceso de puntos suspensivos, citas latinas y expresiones en inglés- narrada por medio de un narrador protagonista y otro en tercera persona omnisciente que bucea en los diálogos que aquel mantiene con sus otros yo (el cobarde y el fanfarrón) a modo de monólogo interior, y que da pie a un tercer narrador en segunda persona en que se produce el desdoblamiento del protagonista. Incluso, en el capítulo once de la cuarta parte parece hacer acto de presencia un falso narrador en tercera persona omnisciente que, tal vez, no deberíamos llamar editor, pero que remite a las penurias de composición literaria que sufre el autor, quien en algún caso nos ha incluido como lectores en su exposición de los hechos por medio de una primera persona plural con que nos interroga y salpica.

En primera persona, Charles Balanda es un hombre que descubre a los 46 años que toda su vida ha sido una forma de negarse a sí mismo los sentimientos que no podía controlar, un cerebrito del mundo de la arquitectura que no triunfa igual en las distancias cortas porque “Nunca he sabido apañarme con las palabras”, y que admira el lado artístico de los verdaderos seres excepcionales que dan color a la vida. Las cicatrices de las mujeres que ama o amó le otorgan el pasaje hacia un viaje a ninguna parte o, si persevera, a un nuevo mundo. Su pura existencia, próxima o lejana, le tranquiliza y llena de luz, e impide que Charles se quede cohibido tras lo que le dictan sus homónimos (“Charles Cogito” y “Charles Ergo Sum”) y escudado en su excesivo trabajo.

Charles sin ser calculador peca de precavido y convencional: su vida consiste “en anticiparse a lo que fuera a ocurrir”. El protagonista lleva una cansada y anodina existencia entre su hogar y los aeropuertos y el jet lang, ama paternalmente a la hija de su pareja, Matilde, y se siente extrarradio de las emociones de ellas, mientras añora los años en que con un toque de locura se hizo con un impermeable azul verdusco, la infancia y adolescencia que disfrutó junto a Alexis y su niñera Nounou, un travesti cariñoso y alegre, de la madre de su amigo, Anouk, totalmente diferente a las madres tipo, perfeccionistas y controladoras.

El punto de partida de la historia (in medias res) parte del desasosiego en que se halla no sabe si por la crisis de la mediana edad o porque ha recibido una escueta carta que le anuncia la muerte de Anouk (a quien según fue madurando intentó negar y hasta consiguió minimizar: “Redujo la escala”, aunque le quedó ese “síndrome del miembro fantasma”), durante la celebración de cumpleaños de su esposa en casa de la familia de él. Se encuentra en un callejón sin salida y teme haber tirado los mejores años por la borda, viendo cómo pierde a su mujer Laurence e incluso se distancia un poco de su hermana preferida y cómplice, Claire; mientras rememora anécdotas que creyó olvidadas por el paso del tiempo, los kilos y el trabajo y que le recuperan todos los fantasmas del pasado.

La segunda historia básicamente narrada por su protagonista, Kate, juega con lo dramático y lo humorístico en un magnífico idioma de adopción (el francés desde el que se traduce la novela) en el que incluye abundantes expresiones de su inglés materno. Kate se ha convertido en una granjera atípica que ha hecho de su caserón una especie de comuna u orfanato, y cuya alegría de vivir, pese a las desgracias que le hicieron cambiar el rumbo de su propia existencia, sacará a Charles del pozo en que se hundía, al caer en la cuenta de “que había hecho todo el trayecto de ida obsesionado por la muerte, y el de vuelta, estupefacto ante la vida”.

La estructura en breves trazos y, en cierta medida circular pues ciertos guiños del pasado reaparecen en el presente del final de la historia, se podría representar así:

I) Asalto del pasado (y muerte de Anouk), en 11 capítulos.

II) Descenso a los infiernos, cuando siente su vida tirada por la  borda, en 14 capítulos, dentro de los que sufre el accidente y comienza su investigación sobre la madre de su amigo.

III) Huída de París hasta recalar en medio de ninguna parte y conocer a Kate. En esta parte (8 capítulos, de los que el octavo es larguísimo) se produce la entrevista con Alexis.

IV) Recomposición de su vida, tras el reencuentro y la segunda oportunidad,  en 17 capítulos (los últimos muy cortos), con un largo epílogo en cursiva en el 11 que explica cómo se amoldan, los días después, la vuelta a esa particular rutina en Les Vesperies.

Un libro ameno que se lee con facilidad e interés, aunque decae hacia el final por lo previsible, y en algunos momentos deriva en un pelín rancio, como un zumo de azúcar que empalaga. Algunos personajes -así la única muerta en el tiempo de la historia- se nos graban cómo uno de envergadura excepcional que resistirán el paso de nuestras propias imperfecciones y sus lecturas aleatorias.

Para los amantes de las novelas de corte psicológico es una buena elección para un verano de descanso. Para los amantes de la lengua hay un curioso pasaje sobre el valor de los pretéritos perfectos simples en el undécimo capítulo de la segunda parte (p. 220 de la edición que he manejado yo).

El exceso de enumeraciones y de repeticiones de pasajes o frases ya leídas que menudean por toda la historia, así como el happy end en que las historias de las mujeres más importantes de su vida se cruzan definitivamente, hace un poco pesada la lectura, que con la simple elipsis de estos hubiera ganado en fluidez. Por otra parte, si bien el pintoresquismo de su nueva vida merecía desarrollo (Charles ignoraba todo acerca de la naturaleza, para él el campo es sólo “un lugar donde leer”), la historia inaugural pierde presencia y quedan cabos sueltos (¿para una segunda parte?) sobre todo en el caso de Claire y Alexis.

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