CRÍMENES MATEMÁTICOS

El autor, Guillermo Martínez, nacido en Bahía Blanca en 1962, escribió siendo apenas un adolescente La jungla sin bestias. Tras licenciarse y doctorarse en Ciencias Matemáticas, atraído sobre todo por la Lógica, nunca dejó de esa labor (cuentos de Infierno Grande). Su primera novela fue Acerca de Roderer, del 93, año en que –como el personaje de la novela que nos ocupa- viajó a Oxford para realizar unos estudios de posdoctorado. Su segunda novela, La mujer del maestro, data de 1998. En 2003 recibe el Premio Planeta de Argentina por Crímenes imperceptibles (título original de la novela que luego se editó en España y en Gran Bretaña con el de Los crímenes de Oxford), y publica su obra Borges y la matemática (una lectura de la obra de éste en relación con problemas matemáticos que debió conocer, como la paradoja de Russell, al tiempo que señala su estilo matemático; además de añadir varios ensayos, como el que titula “El cuento como sistema lógico”). La Muerte Lenta de Luciana B. es una novela posterior que nació de un cuento que se fue expandiendo, lo que demostraría su arraigado interés por la narrativa tanto breve como extensa. Tampoco le es ajeno el ensayo, en 2005 publicó un libro de ensayos literarios: La fórmula de la inmortalidad. En la actualidad sigue colaborando con artículos y reseñas en prensa.

Este autor, por tanto, aúna la formación literaria, un estilo didáctico y los conocimientos científicos, lo que le hace particularmente distinto a otros creadores del panorama literario internacional. Podríamos decir que es un autor de fondo, no un sprinter, escritor pues de largo recorrido y no de meteórica carrera.

Los crímenes de Oxford relata la historia en que se ve involucrado un estudiante argentino que acaba de recalar en esa ciudad para realizar un doctorado en matemáticas y afianzar sus estudios. Una anciana minusválida, la señora Eagleton, es encontrada muerta por su inquilino, este joven matemático bonaerense, que es quien narra la acción, y un prestigioso profesor de Lógica llamado Arthur Seldom, con el que se encuentra a la puerta de la casa de aquella.

Al principio recaen las sospechas sobre la nieta de la fallecida, Beth, cuando unas gotas de sangre desvelan que no ha muerto de forma natural. Sin embargo, se complica el asunto cuando parece que se convierte en el primero de una serie cuyo punto de contacto mayor es que se trata de “leves” asesinatos, por recaer sobre personas que parecían al borde de la muerte (enfermos terminales o casi). ¿Eutanasia? ¿Crímenes compasivos? ¿El mal menor de un asesino que quiere demostrar su inteligencia más que hacer daño para vengarse de quienes le hicieron de menos? ¿O simples crímenes que se pretenden perfectos porque son “crímenes imperceptibles”? Los asesinatos van acompañados de notas breves que los anuncia o confirma y de una extraña firma, diferentes símbolos matemáticos cuyo significado oculto deberán descifrar el narrador, Seldom y el inspector Petersen.

La novela plantea, así, la resolución de una misteriosa serie de crímenes, al tiempo que incita al lector a intentar resolverlos y lo invita a reflexionar sobre aspectos más trascendentales (¿subyace bajo la realidad una lógica oculta que la ordena y desmiente el aparente caos?). Su trama conjuga elementos tomados de varias ramas del saber: la filosofía, la matemática (al narrar los actos de un asesino en serie que sigue, precisamente, una serie aritmética, con vueltas de tuerca y ambigüedades, lógica y teoremas matemáticos) La intriga, a pesar de los asesinatos y de pasajes puntualmente escabrosos, destaca por encima del discurrir intelectual (principios de Wittgenstein, referencias a los pitagóricos, las certezas axiomáticas confrontadas con lo irracional, supersticioso o mítico). De esta manera, pese a la racionalidad del ser humano, acaba demostrándose que somos seres crédulos (de ahí que busquemos sentidos ocultos en los sinsentidos, conspiraciones en lo que nos sobrepasa, y pongamos en juego nuestra capacidad de persuasión y nuestros pretextos) y confirma que no todo es ciencia en nuestro discurrir diario.

Lo que más me atrajo de la novela, además de su facilidad para intrigar –pese a los oscuros pasajes con referencias matemáticas para un profano- fue la difícil situación del cerebro de la serie. Ignoro si fue eso lo que le engancho a Álex de la Iglesia para dirigir en 2008, con un reparto internacional, el thriller basado en la novela, aunque el guión modificó el final de ésta y algunos otros detalles: el estudiante que parte a Oxford, interpretado por Elijah Wood (el que hiciera de Frodo en El Señor de los Anillos) es aquí norteamericano y no argentino; la psicología del profesor Arthur Seldom, cuya vida interior late en la novela, gana en expresividad externa en el film… Opiniones sobre la película en: http://www.labutaca.net/films/58/loscrimenesdeoxford.php

Su estilo nadie puede discutir que es ameno: ritmo ágil y fluido, vivaces diálogos que caracterizan a los personajes… Entre los mayores aciertos, hallamos el del complejo profesor Arthur Seldom, el protagonista, que se insinúa como un Sherlock Holmes cuyo trasfondo se oculta, pero cuya presencia transpira amabilidad y superioridad intelectual, y acaba resultando entrañable por su dolor insuperable que no rezuma, pese a ello, amargura.

Pero no todos los personajes y anécdotas están igual de acabados, y varios se pierden en el desarrollo de la historia (como el del matemático en coma que, día tras día, garabatea el nombre de una mujer). Por el camino flaquea el autor, quien se vale de un narrador interno y testigo, el estudiante, convertido en un mero ayudante y confidente de Seldom, aunque nos comente sus amores con Lorna y su pasajera atracción por Beth. De igual modo, con un truco que nos distancia y resulta excesivamente cerebral, nos encamina hacia pistas falsas y personajes sospechosos carentes de profundidad psicológica, faltos de pasión o emotividad, que intuimos como simples señuelos. Al final nos dejará una sensación insatisfactoria, de círculo vicioso con un final cerrado en falso y muchas grietas abiertas.

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