A VUELTAS CON LOS ESPEJOS

El espejo de las aguas del río es obra de un autor burgalés, Juan Ramón Báez Tirado. Me pregunto si realmente es una novela en sesenta y ocho capítulos u otro género. En realidad, pasar pasa bien poco, y todo al hilo de unas reflexiones que interrumpen los hechos, discontinuos en el tiempo y con continuos flash back que aluden al aspecto cíclico de la existencia. El propio narrador, que defiende la duda como motor para andar el camino de la vida y se calza la ironía para sobrellevarlo, parece desdoblarse para revivir el pasado y conectarlo con su presente. Pero choca el enrevesamiento lingüístico, y un arsenal de máximas personales relegan la historia original y recrean los tópicos, aunque con ironía y grandes dosis de escepticismo.

Destaca el tema de la soledad en todas sus vertientes (íntima, existencial y social, pero al mismo tiempo como fuente de libertad; así como la que es fruto del vacío vacacional). Pero también incide en los de la guerra, el olvido y el paso del tiempo (que nada borra), la muerte (de Esther, su primer amor, muerta en un accidente de moto; de Eduardo en 1986, de su hija Anita en 1997) y los cementerios, junto al sentimiento paradójico de permanencia de los seres inertes, los sueños y las pesadillas, la esencia y la apariencia, la hipocresía, el exilio, la cultura y el lenguaje, la estulticia, la venganza y la locura, la docencia, el agua que toma todas sus formas y simbolismos (lluvia, río, lágrimas), las mujeres y el amor (Esther, Marta, Irene y Anita, Rosa, Carmen)…

Y se deja seducir por los tópicos, aunque a veces les dé otra vuelta de tuerca: la estación del otoño y el otoño de la vida, el “pensamiento enjaulado” que la televisión y los “doctos del sentido común” imponen para anular al individuo como droga moderna, de ahí el deporte nacional de hacer tertulias superficiales y dejarse llevar por la voz contagiosa de la manada; los rumores que se acrecientan como el caudal de un río tras la tormenta, el lenguaje “neojeroglífico” de los jóvenes…

El narrador conoce a Eduardo (eje de la historia de amor inconclusa que remite a la Guerra Civil española y sus atrocidades) en septiembre de 1985 en un pueblo abandonado –Valdediós- cerca de Valdemar y Ciudad (así, sin nombre propio distinto del común, ciudad de origen donde el narrador hallará tiempo para escribir). Con él descubre el placer del ajedrez y la conversación confidencial con esa alma gemela que solemos encontrar en algunos desconocidos. De él hereda un cuaderno y un almanaque que le permitirán seguir la pista de su existencia. El asesinato de Ricardo en 1940 y la búsqueda de los restos de Michelle.

Algún episodio como el de Sara y Carlos (el de la tienda de frutos secos) o el hiperbólico y caricaturesco de la cesta de Navidad y la avaricia en su centro educativo resulta gracioso, aunque éste último en mi opinión poco real (cap. XXIV). El capítulo de las jugadas de ajedrez que representan la partida en que se da el “Sacrificio Inmortal”, a la que llega gracias a las anotaciones de la libreta y que resulta clave para hallar la ubicación de la “casa en lo alto”, quizá haga las delicias de los entendidos, pero a mí me pareció farragoso y sintetizable. En general, las infinitas digresiones le dan un ritmo lento y en ocasiones tedioso, que se contrarrestan con aleatorios juegos de palabras de muy diferente traza.

Continuas son sus referencias pictóricas, escultóricas, literarias: el Apolo sauróctono de Praxíteles, Alfred Sisley, Fin de partida de Beckett, Poussin, Monet, el tenebrismo de Caravaggio, Hunt, Friedrich… Pero se excede en recovecos, y entre tantos incisos y circunloquios decrece el interés por la trama. De hecho, tanta digresión, que deja constancia del trabajo (profesor de Geografía e Historia) y posiblemente de la ideología de su autor, transmutado en el narrador, resulta con frecuencia disuasoria y convierte la historia en una promesa disuelta entre los retazos de unas memorias ficticias, a veces difuminadas en un monólogo interior rayano en una corriente de conciencia y con un estilo nominal plagado de infinitas enumeraciones y a caballo entre lo conversacional y lo artificioso.  

Dicho esto, El espejo… tiene momentos de hondura e intriga. Y citas para exportar:

  • La estupidez como arma ideológica de destrucción masiva.
  • Lo que cuesta vivir, y, lo que es morir, se muere de cualquier manera.
  • La muerte no se encuentra cuando se busca sino cuando se presenta.
  • En la desesperación confundimos todo (…) echando raíces en las personas menos adecuadas.
  • Turbulencias fruto del roce entre miedos y esperanzas.
  • Me habré ido en silencio, con mis dudas, sin certeza alguna, harto de las ajenas.
  • No soporto que cuenten a terceros lo que solo en su contexto he dicho, que interpreten los intermediarios mi sonrisa o cualquier gesto o que finjan que les importo cuando con los ojos me están diciendo lo contrario.
  • Convertimos el pasado en un traje a medida.
  • Con música los más sencillos ripios se hacen poesía; sin ella, solemne estupidez.
  • En cualquier otro empleo, puedes ser uno más, no te sientes especialmente observado; en la enseñanza, todos los ojos están pendientes de ti, de lo que haces, de lo que dices. Siempre es un reto, cada clase, cada explicación; tienes que volver sobre lo mismo una y otra vez, con entusiasmo, con claridad, eligiendo las palabras.
  • Cuanto más acaloradamente defendemos algo, menos consistencia tiene; de otro modo, la fuerza de lo evidente bastaría como defensa.
  • La alegría no es muy creativa, lleva a la autocomplacencia.
  • El desarraigo es el estado de ánimo ideal, si bien, es caminar por el filo de la navaja.
  • La imbecilidad no es fácil, sólo los elegidos la alcanzan y perfeccionan.
  • Cuando el dolor se convierte en el centro de tu mundo hasta las palabras se impregnan de él, haciéndose espesas, formando coágulos, no hay margen para el movimiento, todo se colapsa, la sombra tiñe lo que ves y lo recordado, apenas hay colores…
  • Qué bien explican cómo hacer las cosas quienes nunca hacen nada.
  • La cultura es el mundo en que los patios se convierten en claustros.
  • Muy poco margen nos queda en cada cruce de caminos, y la libertad no puede consistir en poder elegir entre varias opciones; su fundamento tiene que estar en las propias cosas que elegimos. Como señalaba Marcuse, decir quién queremos que sea el jefe para el que trabajaremos como esclavos, no elimina la esclavitud.
  • La soledad como liberación, nadie por quien llorar, nada que perder, nada que puedas echar de menos…

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6 comentarios

  1. Juan Ramón Báez Tirado said,

    julio 22, 2012 a 9:03 pm

    Para gustos, Elena, los colores. Y por si hay alguien que quiera leer (sabia decisión), “El espejo de las aguas del río” de Juan Ramón Báez Tirado, editorial Gran Vía, que sepa que se puede conseguir en eduardomunguia@editorialgranvia.es y a través, entre otras direcciones, aparte de grandes librerías de diversas ciudades, de casadellibro.com donde se puede adquirir por separado o inseparablemente con “El río que nos lleva” de Jose Luis Sampedro,o, con “Obras por Juan Ramón Jiménez: primeras prosas(1898-1908)”. Un abrazo, Elena. Por último, si gustara a todo el mundo lo que escribo, me preguntaría, en qué he fallado. Espero que nunca ocurra.

  2. Juan Ramón Báez Tirado said,

    junio 20, 2012 a 11:36 pm

    Se me olvidó comentar, en relación a lo que señalabas sobre la partida de ajedrez, que tales páginas no son otra cosa, aparte de lo que significan en la trama, que un homenaje al ajedrez y a los ajedrecistas de otros tiempos, cuando era el ser humano el que fabricaba auténticas obras de arte, sin los medios informáticos actuales que revisten todo de un cientifismo asfixiante.
    La partida “Inmortal” de 21 de julio de 1851, entre Adolf Anderssen y Lionel Kieseritzky es una maravilla, un prodigio que cualquier aficionado al ajedrez debería conocer. Y si no eres aficionada al ajedrez, no sabes lo mucho que te pierdes. Anímate, favorece la imaginación, la reflexión, el análisis, el descubrimiento de hechos importantes donde aparentemente no hay nada…, y, por favor, comprende que, en una novela, el hecho de que no haya demasiada acción, no significa que “en realidad pasar pasa bien poco”, porque me gustaría saber qué es lo que pasa en tantas y tantas novelitas de acción donde aparentemente pasan tantas cosas y después resulta que nada queda porque nada pasa.
    Por último, te diré que no siempre los más conocidos son mejores. Y te lo comento porque observo una mayor comprensión y valoración de autores famosos que de escritores a los que incluso la palabra escritor nos parece excesiva porque estamos luchando por tener lectores. Y, en verdad te digo, que suele haber mucho brillo donde muchas veces no hay nada. Cuánto genio ilegible hasta para quienes ensalzan sus obras.
    Un abrazo, Elena. La próxima vez hablaremos del gobierno.
    Juan Ramón Báez Tirado, autor de “El espejo de las aguas del río”. No te la pierdas. Es ahora cuando hay que adquirirla. Cuando sea célebre y Elena hable bien de mí, no tendrá mérito (para que sonrías Elena, sin acritud).

    • julio 11, 2012 a 10:42 pm

      Hola, Juan Ramón:
      He tardado en contestarte, ¡siempre lo hago!, porque primero no tuve tiempo (ya sabes, final de curso) y después tampoco, por otras causas y prioridades.
      Ante todo, lamento haberte molestado con mis opiniones, pero creo que quien se decide a escribir y publicar debe tener bien claro que eso supone someterse al criterio, gusto y críticas del “respetable” lector. Por cierto, si te pasearas por mi blog (en el que aparte de reseñas de libros ajenos y poesía propia, hay microrrelatos, opinión y muchas otras cosas), verías que mi estilo en ningún caso trata de meter el dedo en el ojo. Por eso me extraña aún más tu reacción, a no ser que la finalidad sea puramente polémica.
      Me agradeces el tiempo dedicado a analizar tu novela, pero arremetes contra mis conclusiones y presupones infinidad de ideas que yo no he puesto en mi boca. Para mí también la novela puede ser un “encuentro de diferentes géneros” bien hilados, ¿por qué no? Y, por supuesto, todos los temas universales ya han sido tratados e incluso se repiten las historias una y otra vez con variantes. Esto no significa que cualquier forma de tratarlos resulte plausible, modélica, recomendable.
      Tú buscabas “un clima que favorezca la reflexión” y “que lleve al encuentro con ese mundo interior”; yo he percibido un ritmo tedioso, pese a que sea verdad que recordamos con interrupciones, y no “de principio a fin, como una mala película o una pésima novela”, pero los vaivenes de nuestro cerebro hay que saber trasladarlos al papel. Tú pareces rechazar los “argumentos de principio a fin, de acción” como si fueran por ello meramente comerciales, de lo que dices que has pretendido alejarte. A mí me parece que eso no es determinante para señalar como comercial o como buena o mala una obra de ficción.
      Insistes en que en tus páginas hay “un punto de vista crítico sobre muchos aspectos de esta sociedad y sobre cómo somos y nos comportamos”, lo cual te pareció más principal que la historia que apuntabas como tal. Sí, hay mucha crítica que se aparta del hilo conductor de esa “bonita” historia de fondo y abundantes tópicos a los que intentaste dar tu toque personal. ¿Lo logras?
      Creo que confundes ensayo y novela. Aunque en todo autor y, por tanto, en sus creaciones su biografía subyace, una novela no busca sólo “aportar su punto de vista sobre el tiempo que le ha tocado vivir y morir”.
      En cuanto a lo que dices de las páginas sobre la partida de ajedrez, queda claro que son un homenaje a la “Inmortal”. Como no soy aficionada al ajedrez me pierdo sus abstrusas referencias, aunque suplo esa pérdida con las miles de otras aficiones de las que disfruto y las cuales sí me enganchan la imaginación y el intelecto.
      Te concedo que muchas historias inverosímiles venden millones y que existe algún “genio ilegible” elevado a los altares de lo clásico. En este sentido yo no comulgo con algunas ruedas de molino como el autor de Retrato del artista adolescente y del Ulises contemporáneo, por ejemplo, como ves no tengo pelos en la lengua. Por ello no le ensalzo en ningún momento, le obvio, y acepto mi nulo interés o mi escasa preparación para disfrutar de él. Te sugiero que repases mi blog a ver si muestro mayor valoración por libros de éxito y autores más o menos afamados: Riña de gatos de E. Mendoza, Ahogada en llamas de J. Ruiz Mantilla, El mundo de J. J. Millás o Necrópolis de Santiago Gamboa. Comprobarás que no abordo las obras por su autor o su modernidad, sino porque me lleguen o no.
      Comentas entre la convicción y –supongo- la guasa, que es ahora cuando hay que adquirir tu obra porque “Cuando sea célebre y Elena hable bien de mí, no tendrá mérito”. Pues bien, reitero que quien publica debe aceptar las críticas, acertadas o no, como hace un escritor novel al que atribuí errores (al tiempo que aciertos) y que me respondió con un tono muy distinto al tuyo, agradeciendo indicaciones que tomó –aunque no estuviera de acuerdo con ellas- como crítica constructiva: compruébalo en el post sobre El bolígrafo de gel verde de Eloy Moreno.
      Sigue escribiendo y forjando tu propio estilo (del que destaco su ironía, sus juegos de palabras, el humor, la intriga y esa hondura en ciertas citas), como ves no me parece todo malo. Además, el mero hecho de haber escrito una historia resulta meritorio y publicarla, valiente.
      Cada novela tiene su público y este no es nuestro momento, auque con el tiempo tal vez me convenzas. No suelo hacer segundas lecturas (salvo para clase) porque, siendo como es nuestro tiempo mínimo para tanto como querríamos hacer (y leer o escribir), prefiero dedicarlo a lo que aún desconozco por completo, a pesar de que esta decisión me empuje a no dar segundas oportunidades a las lecturas hechas (no a sus autores), porque está claro que el momento y las circunstancias en que lees algo influye en cuánto te gusta y en cómo lo entiendes.
      Por supuesto “que no siempre los más conocidos son mejores”, aquí estamos tú y yo para demostrarlo ¿no? Cuando seas célebre no espero que te acuerdes de mí, pero si lo mereces yo sí te dedicaré una buena reseña.
      Saludos contundentes pero sin acritud.
      Pdt.: “La próxima vez no hablaremos del gobierno” (tema aborrecible como el del tiempo en los ascensores) sino de tu siguiente novela o de la mía, si ha lugar.

      • Juan Ramón Báez Tirado said,

        julio 22, 2012 a 12:13 am

        Tenemos, por lo que veo, diferentes gustos literarios, y, también, y lo he comprobado, muy distinta manera de escribir.
        Juzgar lo que otros escriben es muy difícil, más si el estilo es distinto. Nadie puede escapar de sí mismo; el modo de escribir de uno, condiciona la interpretación de los escritos de los demás. Lo mismo sucede con la propia ideología a la hora de juzgar cualquier acontecimiento político o social. En cualquier caso, hay algo en lo que, creo, podemos coincidir, y, es, en la ilusión y el esfuerzo que se pone en una primera novela. Y señalar que “pasar pasa bien poco” o que “el ritmo es tedioso” y otras apreciaciones similares, no ayudan mucho.
        Sí, manifiesto una cierta susceptibilidad, pero no mayor que la tuya en tu contestación a mis comentarios. Si a ti te duelen mis palabras en relación a lo que tu escribiste en lo equivalente a dos o tres folios, comprenderás mi dolor cuando lo que se cuestiona es un trabajo de años.
        Los dos manifestamos ser orgullosos. Quizás sea necesario para escribir. Pero, creo, Elena, que tu respuesta es excesivamente agria. Y no merece la pena.
        Sé que no siempre hay ganas ni tiempo para una segunda lectura, mas en ocasiones es aconsejable. Es más, alguna inexactitud en lo que escribiste sobre la trama de la novela me hizo ver, de inmediato, que la lectura no había sido muy sosegada.
        Entrar a si es ensayo o novela o mediopensionista, es un debate superado hace ya mucho tiempo. La novela es todo eso y más, y todo lo que podamos incorporar, y, aun así, habrá contenidos y fórmulas, que hoy, son inimaginables. Y no te voy a citar autores que, seguro, conoces.
        En cualquier caso, qué bien que haya gente como tú. De verdad, Elena, y te agradezco el tiempo dedicado y muchas de las palabras sobre mi novela. Pero comprende que es mucha la ilusión que se pone y algunos de los juicios, en cuestiones opinables, excesivamente categóricos, tanto, que no parecen opiniones sino sentencias. Y no te enfades. Yo, no lo pienso hacer. Un abrazo

      • julio 22, 2012 a 4:06 pm

        Hola, Juan Ramón:
        Seguro que tenemos muy diferentes gustos literarios y distinta manera de escribir (distinta, ni mejor ni peor), aunque yo no tengo muy clara cómo es la mía, simplemente es. Mi idea al comentar algunas de las obras de las que me hago eco no es juzgar lo que otros escriben, sino explicar lo que para mí ha sido su lectura. No soy un crítico vocacional y suelo ser benévola, sólo que manifiesto a las claras mis opiniones.
        Quizá mi estilo te resultase sentencioso, pero creo que todo es relativo y esto también es opinable. Entiendo que para ti tu primera novela haya sido como el primer hijo, y que la ilusión y el esfuerzo que hayas puesto en su elaboración hayan influido en que te tomases mal la sencilla opinión de una lectora.
        Seguramente yo también sea susceptible, orgullosa, incisiva y curiosa -como tantos otros escritores-, pero mi respuesta no ha sido más agria que la tuya, a la que respondí no por estar molesta sino porque acostumbro a ello. Te aseguro que para nada me molestó, en absoluto me enfadé (para gustos se hicieron los colores y este es un país libre, ¡y espero que para siempre!), sólo que me chocó.
        Dices bien en lo de que no merece la pena andar con respuestas de ese tono. Y tienes razón en lo de la aconsejable segunda lectura, pero mi vida dista de ser una isla paradisiaca en la que pueda hacer cuanto quiero cuando deseo…
        Siento el malestar que te haya causado, pero insisto en que debes aprender a buscar lo bueno de las malas críticas y eliminar los falsos halagos de las buenas (aunque desde luego a todos nos gustan). Por lo demás, no pierdas la ilusión, independientemente de los juicios que te hagan.
        Cuando escribas tu próxima novela, la leeré con más atención. Y espero que entonces sí te agrade mi reseña.
        Un abrazo. Elena

  3. Juan Ramón Báez Tirado said,

    junio 17, 2012 a 8:00 pm

    Lo primero,agradecerte el tiempo que me has dedicado. Después, te diré que, para mí, y desde hace mucho tiempo, la novela tiene que ser un encuentro de diferentes géneros, no otra cosa es la novela. Y como quiera que considero que todas las historias están contadas, he buscado una manera diferente de narrar las cosas. De ahí que donde tú encuentras un ritmo tedioso, yo, simplemente, he buscado un clima que favorezca la reflexión puesto que, una novela, no tiene que ser necesariamente un argumento de principio a fin, de acción, para eso ya hay otras muchas publicaciones mucho más comerciales, cosa, que, evidentemente, esta novela no lo es y así lo he pretendido.
    Hay, en esas páginas, un punto de vista crítico sobre muchos aspectos de esta sociedad y sobre cómo somos y nos comportamos, y, para mí, no era apartarme de ninguna historia principal, principal era todo, incluso más quizás que la “bonita” historia de fondo, que,curiosamente, sucedió en verdad en casi su totalidad, aunque, hay huecos no aclarados que tuve que rellenar con imaginación.
    Dices que hay tópicos, puede, seguramente esté ya todo dicho y pensado después de tantos siglos de lengua hablada. Pero, insisto, la forma, el cómo, es lo más importante.
    Considero también que cualquier persona que escriba debe aportar su punto de vista sobre el tiempo que le ha tocado vivir y morir. Y aparece la soledad y la muerte, el amor y el desamor… y el humor, que siempre debería estar presente. Y no tiene necesariamente que ser real o creíble cualquier situación a la que se haga referencia. Qué de real tienen tantas y tantas historias que se venden a millones, ni falta que hace.
    Y escribo en primera persona porque, en todos, están presentes los mismos miedos, esperanzas, contradicciones…
    Y hablo del respeto a la vida, del rechazo a las guerras, del paso del tiempo…, y, todo eso, necesita de un ritmo que lleve al encuentro con ese mundo interior que todos llevamos.
    Y cuando recordamos algo, nunca lo hacemos sin interrupciones, de principio a fin, como una mala película o una pésima novela, el recuerdo va y viene; nos interrumpen y volvemos a la realidad; surge una palabra y recordamos a alguien o algo que no tiene nada que ver con lo anterior; oímos un ruido, vemos una imagen…, y, de nuevo, otro mundo diferente. Cualquier día, visitamos cien mil veces otros tiempos, otras gentes… y no significa interrumpir con digresiones nada, es la vida.
    En cualquier caso, te felicito por el trabajo que realizas, por lo bien que escribes y por el tiempo que me has dedicado. Te lo agradezco de corazón,y, reconozco, y nunca pretendí lo contrario, que es una novela para cierto público, nunca busqué otro diferente.
    Sigo escribiendo y espero crear un “estilo”, el mío, ni mejor ni peor que otros, pero me gustaría ser “reconocible”. Y que poco a poco te vaya llegando. Haz, Elena, una segunda lectura. Sin comparaciones con otras muchas cosas leídas, y, a un ritmo tranquilo. Te gustará más, y, lo que es más importante, la comprenderás mejor. Y vuelvo a agradecerte el tiempo dedicado, no creo que sea fácil tener lectores tan preparados. Para mí, ha sido un lujo.
    Un abrazo. Juan Ramón Báez Tirado


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