MI ENAMORAMIENTO

 

No puedo decir que haya leído de un tirón la novela que sucede a la saga o trilogía de Tu rostro mañana de Javier Marías, Los enamoramientos, pero si no lo he hecho ha sido por causas ajenas a mi voluntad… Una vez más me quito el sombrero ante su capacidad de análisis de la mente humana, de sus bajas pasiones y sus sutiles efervescencias; así como por su capacidad para ironizar sobre lo más sagrado y vulnerable (el amor, la amistad, la fidelidad, las relaciones humanas).

A pesar del exceso verbal (pensamientos que se repiten en la facundia de María Dolz, la narradora-protagonista; diálogos que incluyen otros diálogos imaginarios), hay ingredientes de esta magnífica novela psicológica (¿o sociológica?)  que atrapan desde la primera línea hasta la última: el misterio, la intriga, la pasión incontenible… Su moraleja no aturde (como en el caso de las antiguas novelas de tesis, tan aleccionadoras como si un padre le anduviera dando lecciones a su hijo), sino que se lee como un certero análisis que no enjuicia los hechos sino que rastrea los motivos y los dilemas a los que cada cual se enfrenta, sin rápidas suposiciones ni delatoras sentencias.

La novela se divide en tres partes. En la primera, sobre el pesar que la muerte de un ser querido causa antes de que el tiempo desdibuje sus contornos. En la segunda, María entra en el mundo de Luisa y conoce en el sentido bíblico a Javier, por el que se siente irremediablemente atraída, aunque él a su vez esté enamorado de la viuda (¡siempre la propiedad transitiva!). En la tercera, se produce la confesión de los hechos (o la simulación de unos que podrían diferir de la realidad). Por último, María se enfrenta a toda clase de dudas (dudas que acrecienta Ruibérriz y dos años largos después la visión de Luisa y Javier) antes de que se vaya atenuando su sentimiento de pérdida y complicidad indeseada.

En ella nos leemos como si nos descubriéramos, como si descorriésemos los visillos tras los que ocultamos -por pura hipocresía, timidez, ignorancia o egoísmo- nuestras carencias y deseos más callados, nuestras más íntimas emociones y nuestras dudas más lacerantes. Se nota que está a gusto en este registro. El título, que podría habernos hecho repudiarla como posible novelón romántico o metafísico, nos da cuenta del punto de partida de la obra. El amor como algo tan irracional como racional, sujeto a revanchas, ascensos a cimas y descenso a los infiernos, se sitúa en el claroscuro y nos aleja de la rotundidad de los que opinan que algo es legal o no, bueno o malo a priori y sin pararse a reflexionar sobre ello. Solo sé que no sé nada del interior y nada humano me es ajeno…

A partir de una anécdota trivial, Marías desencadena un ir y venir por los meandros de los móviles, los pretextos y lo inconfesable: su casi homónimo personaje, María, “la joven prudente” nos relata su asexuado enamoramiento inicial de “la pareja perfecta” (Luisa y Miguel Deverne), a la que ve día tras día en una cafetería en que acostumbran a desayunar, y su posterior enamoramiento (hasta las trancas por decirlo de forma clara) del amigo fiel de la familia Javier Díaz-Varela, cuando el marido ha sido asesinado de forma estúpida por un mendigo que no le conocía y su viuda sólo acierta a pensar que su muerte ha sido baldía y anticipada.

¿El amor justifica el delito? ¿Es irrefrenable? ¿El amor nos eleva hasta cotas cercanas a las de los héroes? ¿Se puede domeñar? ¿El amor nos hace insulsos para los que no se hallan en el mismo estado? ¿Son las feromonas que se atraen o se repelen las que lo causan? ¿Los celos no son más que la envidia pasada por el tamiz de un amor fraudulento? Lo que está claro es que nos ciega, nos ensordece, nos atrofia los sentidos en que no se ve reflejado.

El crimen calculado frente al asesinato fortuito va cobrando carta de naturaleza y atraerá a los forofos de la novela negra. Pero el poder de un sentimiento tan noble como el amor para abocar a ruindades atroces nos da indicio de nuestra pequeñez como héroes y nuestra futilidad como villanos sin conciencia. La obsesión, la impunidad de algunos delitos, la inconveniencia del regreso de aquellos a quienes se dio por muertos…

La verdad y la mentira, el ocultamiento y la doblez, el territorio de la duda y sus arenas movedizas son temas que parecen propios del cosmos de Marías, quien ya en Corazón tan blanco  instaba al lector a que se preguntase si debe el enamorado confesar al ser amado todo (hechos, pensamientos, percepciones, sentimientos) o conviene dejar un lugar para el secreto tanto por el bien propio como ajeno. Quizá nadie seamos únicamente el yo que mostramos o en el que nos ven, sino múltiples personalidades del caleidoscopio en que se enmaraña nuestra historia y nuestra variable personalidad.

La cita de Faulkner que tanto le gusta: “La literatura es una cerilla que se enciende de noche en mitad de un bosque” describe su estilo. No busca respuestas clarividentes, sino destellos en medio de la oscuridad amenazante que se cierne sobre nosotros. De ahí que recurra con frecuencia a la imposibilidad de conocer el fondo de cada cuestión, los motivos de cada ser, las razones de cada acción. Porque la literatura no cierra puertas, abre ventanas, airea el cerebro y siembra preguntas nuevas y nuevas dudas con su incierta ciencia imposibilitada para acotar -pese a la observación directa y el análisis- sus fenómenos, causas y efectos.

Por otra parte, hace también una crítica al mundo por el que él mismo se mueve, ya que María trabaja en una editorial, conoce las manías y molestas exigencias de los fatuos escritores y, “cansada de bregar con los escritores vivos” critica al plasta y engreído Garay Fontina, el “inminentísimo azote del Rey Carlos Gustavo”, que se cree (o hace creer) mejor de lo que es porque escribe mejor que como es (o, en el colmo de la autoestima, verdaderamente cree en su talento, y lo vende con una seguridad ante la que los ávidos de intelectuales llegan a creer que la extravagancia o la simpleza pueden ser meras poses de la profundidad del intelecto).

La descripción caricaturesca de Francisco Rico, de “tono desdeñoso” y “actitud entre indolente y mordaz”, con sentido del humor, labia encandiladora y mente analítica, no sólo ejemplifica esos supuestos entresijos sino que me recuerda el estilo –minucioso, impresionista- de los quince retratos literarios que el propio Javier Marías hace, en su atípica obra Miramientos, de autores de habla hispana a los que admira a partir de algunas fotografías suyas.

Díaz-Varela se regodea en pasajes literarios como los de la novelita de Balzac El coronel Chabert (curiosamente editada por Reino de Redonda) que ponen sobre aviso a narradora y lector. ¿Alivia que los que pensamos muertos no regresen de sus tumbas? 

Alude, además, el autor a obras clásicas que probablemente lo formaron, como la novela de Alejandro Dumas Los tres mosqueteros y al pasaje en que Athos se venga de la Condesa a la que amó. Amor y muerte, Eros y Thánatos, una vez más situados a un paso, a un error, a un dilema, en la frontera de los sentimientos.

¿Cómo estar seguro de nada a ciencia cierta? ¿Ni de los secretos del corazón? ¿Se puede matar por amor como antes se moría por él? Hacer caso omiso de la dura realidad, de la crudeza de verdades que se preferiría ignorar… ¿es perdonable? ¿Se puede olvidar lo que ya no se ignora? ¿Nos deja inermes una sinceridad mal entendida?

 

¡UNA GRAN OBRA! Y pensar que estuvo a punto de no publicarla porque creyó que no iba a interesar…

Otras opiniones: http://javiermariasblog.wordpress.com/2011/05/23/mas-resenas-de-los-enamoramientos/, http://blogs.peru21.pe/leeporgusto/2012/01/una-lectura-de-los-enamoramien.html, http://www.elplacerdelalectura.com/2011/05/los-enamoramientos-javier-marias.html, http://www.bibliofiloenmascarado.com/2012/01/10/resena-los-enamoramientos-de-javier-marias/.

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1 comentario

  1. Gonzalo de Berceo said,

    agosto 1, 2012 a 6:33 pm

    Acabo de terminarla hace unos días. Reconozco que me ha costado leerla.Tenía que releer los párrafos porque no tenían fin. Reflexiones dentro de reflexiones. Literatura con mayúsculas.


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