AHOGADA EN LLAMAS

Ahogada en llamas, del periodista santanderino Jesús Ruiz Mantilla -autor de obras como Yo, Farinelli, el capón o Gordo-, es una novela de aliento épico que retrata la vida de una familia que sobrevive a tres sucesos que definieron la difícil historia de esta ciudad costera desde finales del siglo XIX hasta mediados del XX: la explosión del Cabo Machichaco, la guerra Civil y sus secuelas y el incendio de Santander en 1941 por el empuje de un viento huracanado que no consiguió barrer los odios fratricidas.

En la novela, tres hermanos se disputan el cariño de un padre librepensador, respetable y noble que enviuda tras la explosión de la última década de 1800. Sus segundas nupcias sirven para alentar al deprimido hombre y desestabilizar la frágil unión de las dos familias (la del patriarca y sus tres hijos, los Martín San Emeterio, con la de la seductora y arrogante madrastra y su hermosa hija Marina).

El retrato de una época en la que Alfonso XIII simbolizó la lujuria de la monarquía, mientras intelectuales de muy diverso signo se devanaban, cada uno a su modo (Galdós, Pereda, Menéndez Pelayo, José Estrañi), por proteger lo aún valioso de una España decadente asaetada por los vicios endémicos de la envidia, la ambición, la venganza…, entre la derrota y pérdida de las últimas colonias y el breve paréntesis republicano que no impidió la barbarie de la guerra, es uno de los grandes logros de la novela.

La España anticlerical y la puritana, el amor que se impone contra todas las barreras, la abierta sexualidad y el amancebamiento oculto, la ceguera paterna, el hijo pródigo y las relaciones cainitas, la Restauración y los sinsabores nacionales, así como la camaradería de los tres escritores punteros son sólo algunos de los temas tratados. La literatura deja su impronta, además, en la voz del narrador y en la de sus personajes en las tertulias intelectuales del café El Suizo o en San Quintín (el estreno de la Electra de Galdós, la doble  candidatura hispana al Nobel de Literatura). También la pintura, sobre todo a través de Solana y el expresionismo alemán, se ve reflejada en la obra.

Estructurada en seis partes, tituladas sucesivamente: Machichaco (medio año relatado en cuatro capítulos), Primavera (en seis se relata el despertar del amor falsamente “incestuoso” y las cortapisas, dobleces, venganzas y celos que se arremolinan en torno a él), Verano (en seis nuevos capítulos se documenta la historia de las diferentes parejas de los hermanos y  los encuentros sexuales entre el Rey y Toñina), Otoño (en otros seis se apunta el peligroso juego entre Rafael y su cuñada, el aborto de la rubia Raquel y la homosexualidad de Manolín, que lo llevará al seminario), Invierno (en esta ocasión son cinco los capítulos en que se subdivide para dar cabida: al descenso a los infiernos del primogénito, sacerdote descreído -muy distinto a San Manuel Bueno y Mártir- tras la cobardía que le llevó a tomar una desgraciada decisión al elegir entre el amor mundano y el divino; el comienzo de la Guerra Civil, las delaciones, la milicia, los bandos enfrentados incluso entre a quienes les unen lazos de sangre, la venganza revestida de asunto político y fermentada en otras causas, la muerte, la confesión, el ocultamiento) y El incendio (relata en cuatro capítulos la tragedia del 15 de febrero de 1941 y sugiere el exilio a Francia de la pareja central).
La relación de padre e hijo favorito, con tintes bíblicos, y la peliaguda relación entre los hermanos, así como la descripción de sus respectivas tragedias, me parecen muy bien trabadas y descritas. La explosión del navío, su réplica, la indignación callejera y la responsabilidad de unos avariciosos navieros; el vergonzoso episodio del barco-prisión Alfonso Pérez y del despeñamiento de los enemigos desde el acantilado del faro, así como la personificación de un viento inhumano que prende las ascuas y propaga el fuego por la ciudad resultan muy plásticos y recuerdan a las mejores páginas decimonónicas, al Pereda de Pachín González, a los episodios del progresista Galdós y a La Regenta de Clarín (y su Vetusta que dormía la siesta). Santander se presenta como un personaje de fondo y colectivo, espacio-temporal y costumbrista (en personajes como Pablo Lefebre, la Chata o Arcilla), ya que recoge las costumbres y modas de aquella época, no porque su interés se circunscriba a lo meramente local (de su historia puede disfrutar tanto un “paisano montañés” como un oriundo de cualquier otro lugar del mundo). Santander se personifica desde el primer momento: queda “sorda y ciega” en la explosión, “la ciudad no se fiaba” durante el otoño y es finalmente asolada por un viento sordo a las plegarias.

A pesar de todo lo expuesto y de que la idea es buena, en mi opinión no está bien acometida del todo. Sí es correcto el ritmo narrativo, y más que verosímiles la descripción de personajes y ambientes, ¡de acuerdo! Sin embargo, no me convence el estilo. La lengua, en ocasiones bien usada y mesurada, en otras se desliza por el desfiladero de las erratas (¿o los errores inadvertidos por falta de atención y repaso?). Descuidos preposicionales y acentuales como: Cada uno se ocupaba de sus labores. Diego a sus papeles, al estudio de nuevas inversiones; o Callo y ni reparó.Las repeticiones innecesarias que ni aportan el ritmo de la anáfora o la epífora (luchaba contra un muro, el mismo que hacía muy difícil romper las inercias de siempre, para favorecer a los de siempre y que todo siguiera como siempre), ni la insitencia del paralelismo, ni el ingenio de los juegos de palabras.

Muchas de sus abundantes enumeraciones se hacen recargadas y, más que barrocas, semejan un lenguaje rococó que dista de ser complejo. A veces, un soniquete remite a cierta rima interna indeseable en la prosa (en -ón, por ejemplo:  No hubo sermón que consolara desde entonces a los supervivientes, ni extremaunción que cobrara sentido sobre aquel campo de desolación). O reitera significantes que empobrecen el significado en lugar de alumbrarlo: Se recrudecía el otoño con un frío que muy probablemente suponía el preludio de un invierno crudo. Repite muy seguido, por ejemplo, las caras de circunstancias o los hijos de la ciudad, como si con esas fórmulas hubiese llegado al súmmum del símbolo (¿premeditación fallida o puro descuido?). O utiliza símiles demasiado manidos: Los afectos no dependen de nada material. Nadan a capricho y, si prenden, saltan de uno a otro como el agua que riega el campo.

La imitación de ciertos localismos deviene en parodia (el sufijo -uco) y algunos vulgarismos no por ciertos resultan poco conformes con la época y sus convenciones lingüísticas (desaparición de la -d- en algunos participios de los diálogos y adjetivos, apócopes: echao, ná, atontolinao…). Y ciertas manoseadas expresiones humorísticas actuales (lo que no es no puede ser y además es absolutamente imposible) resultan más vistas que el tebeo, lo que desmerece el conjunto.

Otras veces, el narrador omnisciente se baja del pedestal de la floritura y los epítetos y abusa de expresiones coloquiales o frases hechas como para acercarse al lector, y que a veces suenan no sé si a falsas o a anacrónicas (rajarse, confundir el culo con las témporas), y en general resultan excesivas: al cabo de la calle, tener todas las de perder, cerrarla en banda, el niño bonito, pasar de castaño oscuro, llevaba las de perder, agarrar el toro por los cuernos, cortar por lo sano, bajar el pistón, a prueba de bomba, dar mala espina, traer al pairo, romper el hielo, no decir ni pío, tirar de la lengua, estar muy guapo callado, subirse a la parra… y mil expresiones más.

Por el contrario, el narrador omnisciente (que suele tomar la óptica del protagonista y, cuando quiere, opina con total parcialidad) se excede en su omnisciencia psicológica y usa constantemente la técnica del resumen de los hechos, antes que la del relato de los mismos como si ocurriesen ante nuestros ojos, lo que los aleja del lector. 

Por último, las referencias metaliterarias se hacen evidentes una y otra vez. Por ejemplo: la carta de Diego a Raquel recuerda la narrativa sentimental y nos lo presenta como otro enamorado sacrílego y “Melibeo” (¿Cuál era mi deber? ¿Acudir a la llamada de un Dios que, ahora sé, no existe más allá de tu cuerpo, de tu sagrada presencia?). Y Carmen Revuelta nos recuerda a otra Carmen, la de Cinco horas con Mario, cuando habla de su marido.

Por todo lo dicho, me parece una lectura amable e interesante, pero que no está llamada a perdurar como un clásico.

Otras opiniones en:  http://patrulladesalvacion.com/2012/02/29/ahogada-en-llamas-jesus-ruiz-mantilla/, http://www.quelibroleo.com/noticias/libros/ruiz-mantilla-recupera-en-ahogada-en-llamas-el-caracter-epico-de-santander, http://elmundodelossueos-yoli.blogspot.com.es/2012/03/ahogada-en-llamas.html

 

Anuncios

2 comentarios

  1. octubre 20, 2012 a 11:22 pm

    pues yo que tenía muchas ganas de leerla, me las has quitado todas… 😉

    • octubre 21, 2012 a 10:17 pm

      Hombre, tú por aquí… Jejé, siento haberte fastidiado la lectura. En mi descargo te diré que Elisa, Belén y algunas otras personas cuyo criterio me merece gran respeto son de mi misma opinión. Por si aún tienes ganas te diré que se lee bien, resulta fácil y te acerca una parcela del pasado cercano que a nosotras (a mí también) nos queda muy lejos. Otra opción es esperar a que la filmen, la veo como novela taquillera. También lo pensé de la de Fin de Monteagudo (que me gustó a excepción del decepcionante desenlace)y ya la tenemos en cartelera…


Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: