NARCISO Y HYDE

Se miró en las aguas del lago, no era tan bello como decían las malas lenguas. Y sintió el frío de una navaja de barbero que horadase la piel de su mejilla.

El halago de la mujer, dispuesta y arrobada en la orilla, se le clavó como una aguja de tricotar a la altura del esternón. Y le recorrió un escalofrío escalonado desde la más pequeña de sus vértebras.

La crispación llegó a sus manos, nudillos abajo, falanges, falanginas, falangetas. Empuñó con fuerza su rabia y se rompió una uña.

Sintió una lanza en el pecho y su mano obró de forma autónoma.

En un segundo, ella reía, se hacía la encontradiza, se besaban…

Apenas notó a su diestra asir el punzón que llevaba en el bolsillo delantero derecha de su chaqueta sport para estos casos, que le clavó en la espalda.

Entre el estupor y la sorpresa, interrogaba ella a su homicida. Durante los estertores de la muerte, él le gritaba una y otra vez: “Tengo otras virtudes, ¿sabes? Nunca veis mis otras cualidades”. Los ojos como platos se quedaron reflejados sobre el agua inmutable y estancada, que ahora sí devolvió a Narciso el rostro feroz de un Hyde cualquiera.

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1 comentario

  1. Maily said,

    junio 21, 2012 a 7:47 am

    Qué bueno. Me gusta.


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