DE CASTA LE VIENE AL GALGO

Conocí a Pedro Calderón en casa de un amigo común, J. Ramón S. Viadero, en una de esas maravillosas comidas en La Penilla en que nos reúne a gente variopinta que, sin tener que ver unos con otros, formamos grupos que enseguida comparten intereses y emociones.

Entonces apenas supe de su trabajo, salvo que pintaba y era hijo y sobrino de esos insignes cántabros que han llevado el nombre de nuestra tierra bien lejos y que parecen llevar en los genes todas las artes y, en particular, pintura y música.

Después se llevó a cabo el proyecto de Eros y Thánatos en Casyc Up que acaba de terminar, y en el que un jueves al mes nos reuníamos uno o dos artistas plásticos, dos o tres poetas y otros tantos músicos para hacer una velada pictórica, literaria y musical. Con imágenes de fondo, con armonías en vivo y en directo y con la voz de quienes recitáramos, se fueron llenando de magia esas tardes.

Una de ellas contemplé las imágenes de Pedro y, sin descrédito para nadie porque todos han sido magníficos, me gustaron sobremanera. Mi opinión es la de una profana en la materia, pero me dejo llevar del gusto y la impresión primera (y primaria) que ahora elaboro, porque lo que nos agrada es la medida de nuestra estética.

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Sus pinturas me parecen de una expresividad tal, entre cotidiana y mítica, que no podemos sino acercarnos a ellas desde el primer momento. Frescura y libertad, impetuosidad y fuerza, imaginación e ingenio, misterio y creatividad son sólo algunos de los atributos que encarna Pedro Calderón. Tras el regusto y saboreo, llega la reflexión:

  • Con sus colores vivos y sus contornos precisos nos transporta al mundo de la infancia en el que todo es posible (como esos caracoles panza arriba, esas palmeras al borde del abismo y esos barcos descabalados en mares sembrados de mercancías anónimas).
  • Con ese estilismo deformado que parece tirar de las aristas de los objetos para alargarlos, me recuerda las largas figuras del Greco (y por deformación profesional, a las valleinclanescas descripciones de quienes penetraban en el circense y esperpéntico Callejón del Gato).
  • Las luces y las sombras en contraposición perpetua me parecen aludir a la antitética y, a menudo, paradójica doble dimensión de vida (y muerte) y universo (todo o nada o viceversa).
  • Y también me parece que el surrealismo daliniano se deja ver en sus pinturas cuando las formas firmes ganan flexibilidad y se doblan jugando consigo mismas como un ratón o un gato persiguiendo su propio rabo.
  • La atmósfera que rodea a sus pinturas fluctúa entre la abstracción surrealista y el romanticismo onírico, entre la sugerencia de las lejanas aventuras clásicas (si se puede denominar clásica a cualquier aventura) y el futurismo hipnotizado con las máquinas…
  • Su temática aborda la Naturaleza (vista desde un prisma decididamente humano) y los espacios construidos por el hombre: nubes y árboles cuyos troncos se enraízan en el cielo, galeones y jarcias huidizas, edificios de pueblos apenas entrevistos, ventanas clausuradas, icebergs, túneles hacia ningún lugar, tubos y cubos, enredaderas y marañas -como lianas, lombrices, capilares, pentagramas o cables telegráficos-, seres insignificantes vueltos del revés y engrandecidos como el caracol, cumbres y playas, burbujas de aire o perlas, molinos junto a muelles, costas y acantilados, innumerables rocas gigantes, piedras encalladas (como la que recuerda a la famosa del Teide, la que salía en los billetes), escaleras, proas, campanarios, norias, pájaros, figuras geométricas, sombras y viajes interestelares…
  • Resulta espectacular su forma de combinar lo distinto para crear una unidad, sin nada que en apariencia sobre ni falte, como si domase lo irregular para hacerlo planear, a modo de materia viva, sobre el espacio del cuadro, como si formas y colores se doblegasen a su mirada contorsionista con ductilidad apacible frente a la gravedad, en equilibrio, armonizando lo que hubiera podido resultar disonante.
  • Y sus colores, soberbios: marrones terrosos y verdes musgo, amarillos desiertos, soles anaranjados, azules firmamento o carámbano, grises océano, violetas ceniza, rojos sangre de Marte, atardeceres de púrpura y negros estrellados…

Entre otros calificativos, me sugiere que su mundo artístico es: vital, extravertido, vertiginoso, lúdico, directo, transparente, atrozmente cromático, fantástico y onírico, derrochador, positivo, visceral, telúrico.

Por todo ello me gusta su personal mundo pictórico que nos empuja a ver el espectáculo de otros horizontes posibles. Así que no os lo perdáis, disfrutadlo

Muy interesantes son las páginas:

http://www.pedrocalderon.es/resenas.html

http://entropiaestetica.wordpress.com/2011/01/29/la-saga-de-los-calderon-todos-de-un-mismo-tronco/

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