FAHRENHEIT 451

Decía Ray Bradbury que “Los escritores buenos tocan a menudo la vida. Los mediocres la rozan rápidamente. Los malos la violan y la abandonan a las moscas”. Llevaba un par de meses con Fahrenheit 451  a la espera de tener un rato de asueto que dedicarlo. El día que fallecía lo acababa de tomar en mis manos para, por fin, leerlo. No me defraudó pese a mi recelo contra las novelas de ciencia-ficción.

A mediados del siglo XX, el estadounidense Ray Bradbury  publicaba una novela distópica (antónimo de utópica) cuyo título hace referencia a la temperatura a la que en esa escala el papel arde (unos 233º C.). Como antiutopía o utopía inversa o perversa (igual que Un mundo feliz de Aldous Huxley o 1984 de George Orwell), presenta una sociedad futurista en que nada es ideal sino al contrario y la realidad dista de ser fantástica: la población se halla sometida a un Estado que la manipula haciéndole creer que busca lo mejor para ella, la controla de forma autoritaria y la adoctrina para eliminar los brotes de individualismo que pudieran enraizar en ella. En un tiempo y lugar así, según el gobierno, la lectura alimenta la angustia e impide la felicidad porque les hace sentirse diferentes cuando deben ser iguales para no cuestionarse sus acciones. Y algunos habitantes toman como suyas las consignas políticas, este es el caso de Beatty, el jefe del protagonista, quien opina que los libros crean malestar en las personas, por lo que intentará desmantelar toda biblioteca que suponga una subversión del orden establecido: “Un libro es un arma cargada en la casa de al lado. Quémalo. Quita el proyectil del arma”.

La vida de Montag, bombero encargado de quemar los libros por orden gubernamental,  cambia radicalmente cuando conoce a una mujer que le genera muchas dudas, Clarisse, una adolescente alocada que gusta de pensar, leer, hacerse preguntas  y disfrutar de la naturaleza, actitud considerada una ofensa social, razón por la que ella y toda su familia son señaladas como antisociales. Con sus preguntas, Clarisse desenmascara el engaño en que Montag vive y siembra la curiosidad acerca de los libros, de la naturaleza, del verdadero amor… Por el contrario, su esposa, Mildred, suicida inconsciente, extraña compañera de piso, teleadicta y fría mantis religiosa, no se plantea nada de eso y se somete con total mansedumbre a las manipulaciones del gobierno y a la anestesia de las “voces gemebundas” de sus “parientes” ficticios, los personajes televisivos que se cuelan en el salón de cada casa. Su vida social se centra en pulsar el on de la pantalla y programar el aparato conversor (al que se le da el nombre propio del telespectador para que el televisor “dialogue” con él forjando una ilusión de realidad).

El olvido como meta, incinerar los recuerdos como hábito, desertar de la duda y las contradicciones propugna ese gobierno convertido en guardián de la felicidad: “Si no quieres que un hombre se sienta políticamente desgraciado, no le enseñes dos aspectos de una misma cuestión, para preocuparle; enséñale sólo uno. O, mejor aún, no le des ninguno”. Por eso, desaparecen los jardines, las mecedoras y los porches delanteros de las casas desde los que antes se contemplaba, charlaba y pensaba. Contra eso, desde el momento en que su joven vecina le abre los ojos al protagonista, éste comenzará a hacerse y a hacer preguntas a su esposa, a las amigas de ésta, a su jefe, a un antiguo profesor.

Cuando Montag acude a incendiar la casa de una anciana (que prende ella misma porque prefiere morir entre sus libros que vivir en la ignorancia), se lleva escondido un libro de su biblioteca antes de echar el queroseno. La reacción de la mujer le impacta y le hace pensar que los ideales por los que lucha esa gente tienen que ser valiosos.

Entonces Montag recuerda a Faber, un viejo profesor de Literatura que conoció en el parque, y se arriesga a visitarle. Lleva a su encuentro una Biblia de la colección de libros escondida que ha ido creándose. Montag le plantea la necesidad de luchar contra  la ignorancia a través de los libros y pactan ayudarse mutuamente. Para cumplir ese objetivo, Faber contacta con un impresor sin empleo y varios amigos académicos que se encuentran exiliados. Cuando se separan, el profesor le pide que se ponga un pequeño aparato auricular inventado por él mismo. Si se mantienen conectados, le podrá aconsejar y animar.

Al llegar a casa, Montag encuentra a Mildred y sus amigas en medio de una frívola charla. Él se pone a leer unos poemas. Una amiga llora, otra se enfada y Faber –que lo considera una imprudencia- se enfada. Sabe que este arrebato de insubordinación puede traerles problemas. Cuando más tarde se va a trabajar y suena un aviso de alarma, no nos sorprende que al acudir al servicio sea su casa la que ha de ser quemada ni que sea atacado por el temible sabueso mecánico ni que se enfrente al topoderoso Beatty.

Estructurada en tres partes:

  1. Era estupendo quemar. Presenta la situación de partida, una época en que ser “intelectual” se considera un insulto y en la que el bombero, aún incinerador, nada se plantea hasta conocer a Clarisse, tras lo que comienza a sentir atracción por su modo de ver la vida y, por consiguiente, da pie a sus propias preguntas.
  2. La criba y la arena, el título de la segunda parte alude a una broma pesada (de niño, un primo le sugirió que llenase una criba de arena si quería ganar una moneda). En ella Montag ya ha tomado un camino que le alejará de sus pares, mientras que Faber afirma que él fue uno de los inocentes que calló en lugar de levantar la voz cuando aún los culpables no eran obedecidos (que tanto recuerda al poema archiconocido de Cuando los nazis vinieron a buscar a los comunistas, que unos adjudican a Niemöller y otros a Brecht en una versión muy similar: Primero se llevaron a los judíos, cualquiera de los dos contra la tardanza en reaccionar ante las injusticias).
  3. La tercera, Fuego vivo, alude a la catástrofe a la que estamos abocados si no cejamos en el empeño de imponer nuestros puntos de vista y modos de vida. Pero como con Pandora, subyace la esperanza entre los males, y como Fénix, presupone la resurrección de nuestro mundo de entre las cenizas en que lo convirtieron la estupidez humana, la violencia y otras piras funerarias. Una vez en el bosque, Montag será el Eclesiastés suplente y la ciudad bombardeada, el lugar desde el que comenzar la vuelta atrás con la ayuda de los disidentes.

El vértigo de la velocidad, el mundo apresurado de las carreras generó una vida viciada y paradójicamente inmovilista, en la que los deportes y los viajes fueron incentivados como impulsos gregarios y nómadas, que evitasen pensar, porque “Cuanto mayor es la población, más minorías hay (…) Cuanto mayor es el mercado, Montag, menos hay que hacer frente a la controversia”. Y para esas autoridades lo mejor consistía en enredarse en los hilos de la telaraña masificadora que invalida el temor a lo desconocido. Sí nacemos distintos, pero si se fabrica una perfecta homogeneización de los seres, la diferencia se anula y con ella la inquietud, el lamento, el descontento…

Pese a ello, el desenlace anima a eliminar ataduras y falsas presunciones, a decantarse por la ilusión y la vitalidad frente a la inminencia de la muerte, como cuando Granger le cuenta a Montag la historia de cómo comprendió al fallecer su abuelo -quien decía una frase deliciosamente humorística: “Detesto a un romano llamado Statu Quo”- que no lloraba por él “sino por las cosas que hacía” y que no volvería a hacer.

Si desde el principio nos asomamos a la amenaza de una guerra. El final, en mi opinión bastante precipitado, nos sitúa en la determinación. A veces hay que escoger entre lo malo (rebelarse) y lo peor (la guerra o la aniquilación del pensamiento). Y “el árbol de la vida, con doce clases distintas de frutas” con que prácticamente termina, tomado del Apocalipsis, remite a la fecundidad -superadas las pruebas- y a que quien guarda y reutiliza los dones recibidos tiene gran parte del camino de su vida andado.

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2 comentarios

  1. junio 3, 2014 a 11:50 pm

    Buenísimo el resumen y análisis de la obra. Muchas Gracias


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