DESLEIMIENTO, PREJUICIOS Y DESMEMORIA

La joven escocesa nacida en Irlanda del NorteMaggie O’Farrell  (1972), relata en su cuarta novela las detestables consecuencias de las convenciones sociales que se imponen a la búsqueda de la felicidad. Nada ni nadie debe contrariar los prejuicios de una clase inmovilista. Es La extraña desaparición de Esme Lennox la historia de Euphemia, Esme, una adolescente que, después de toda una vida, recobra la libertad convertida en una anciana que recuerda por qué sus padres –para quienes la felicidad era algo pecaminoso- la encerraron. Su ambición de ser feliz, decidir por sí misma a quien y cuándo amar es rechazada de pleno. Los castigos provocarán la incomprensión, y su falta de tacto para dejarse domeñar la empujarán a una aparente histeria, una neurosis que será la coartada perfecta para el encierro con el consentimiento médico: “Papá, por favor, papá no lo volveré a hacer más”. Así sus padres se deshicieron de la hija indómita. Nadie se arrepentirá del destierro impuesto, nadie le pedirá perdón, ni siquiera la persona en que más confiaba y que siempre había sido noble con ella.

La extraña desaparición de Esme Lennox  se sirve de una trama clásica, la de las  historias familiares  ocultas bajo siete cerrojos por el que dirán o para no dar rienda suelta a los remordimientos, con tintes de novela de intriga. Como en una mina a la que hay que descender para extraer el metal,  nos adentramos en los entresijos de unas relaciones fraternas tortuosas y unas crueles decisiones paternas que nos sugieren -remedando a Hobbes- que los parientes son lobos para los parientes… Cuando el hospital psiquiátrico de Cauldstone está a punto de cerrar, las autoridades comunican a Iris –una treintañera con una tienda de ropa- que alguien debe hacerse cargo de su tía abuela, internada sesenta y un años atrás en él. Iris desconocía su existencia, pero su curiosidad  por los motivos por los que fue recluida a los dieciséis años y por los que se encubre su historia ante el resto de la familia se sobreponen a su desconcierto.

Lo que parece una fiesta, dos chicas en un baile, salta de la diversión al drama de una anciana cuya frente se apoya en una reja de un manicomio.

En la novela, a los escenarios cerrados (la casa y tienda de Iris en Escocia, el hospital de Kitty y psiquiátrico de Esme) se une la atmósfera de Edimburgo, por donde pasean Alex e Iris, ésta y Esme… También aparecen planos narrativos que se entrecruzan y puntos de vista que debemos deducir a quiénes pertenecen: al tiempo real de Iris se suman los recuerdos del pasado de la propia protagonista junto a los más bien cronológicos que Esme rememora -aunque con ciertas lagunas- y los confusos y temporalmente desordenados de su hermana, la abuela Kitty, enferma de Alzheimer (que hemos de recolocar en su sitio adecuado por inferencias lectoras). Estos flash back pueden echar para atrás a los lectores habituados a que la sucesión de episodios relacionen las coordenadas espacio-temporales con lógica y en su orden natural. Así conocemos –a la par que Iris- de su infancia en la India y la temprana muerte del hermano de ambas ancianas, de su juventud en Escocia, del afecto convertido en rivalidad entre ambas, del rebelde carácter de Esme –el bicho raro– que no se amolda a las reglas de la alta burguesía en que vive y la llevará a la exclusión de entre los de su clase. Las revelaciones esconden un misterio.

Al conocer a Esme, Iris siente una necesidad de indagar en qué esconden los hechos, en el puzzle de los sentimientos, las traiciones, los secretos y la crueldad humana. Esto hace su lectura agradable, sin más. Sin embargo, no la creo recomendable para quien busque de verdad profundizar en las enmarañadas relaciones personales, en el poder destructivo de la mente, en la lábil salud mental, en las cortapisas de quienes se autoproclaman “normales” y se atreven a aislar a los diferentes. Más que de los peligros de la enfermedad mental trata de la inadaptación social que conlleva enclaustramientos inmerecidos.

El estilo es rápido, directo, fácil (pese a que el libro esté escrito como a varias voces). En ocasiones, los pensamientos perduran en silencios locuaces que desvelan algunos enredos familiares. Destaca su construcción de personajes creíbles, intensos y que nos emocionan y envuelven en sus monólogos; así como el poder evocador de sus palabras y sus onomatopeyas  (como el flic-flac de los naipes o el susurro del árbol, shshshs). De lo mejorcito de la novela es el poema de Emily Dickinson, cita con que se abre. Su magnetismo está fuera de duda:

Mucha locura es divina cordura/ para una mirada fugaz./ Mucha cordura, la más rematada locura./ En esto, como en todo,/ prevalece la mayoría./ Asiente, y te considerarán cuerdo./ Disiente, y de inmediato serás peligroso / y atado con cadenas. 

Con todo, resulta un libro previsible en el que lo que más destaca es la promesa que la sinopsis de la contraportada y ciertos fragmentos de las primeras páginas anuncian: una locura por indagar, el trauma de una violación y una saga tradicional que se rige por férreas normas.

En él se suceden los tópicos modernos: el del hombre casado con un lío al que promete abandonar a su esposa, el del amor entre hermanastros sin lazos de sangre. Y su desenlace nos deja con la sensación de cierre en falso, por lo esperado. No sólo dista de sorprendernos, sino que da la sensación de que han quedado innumerables cosas en el tintero (yo me pregunto por Kitty y su radical metamorfosis), sepultadas en la amnesia o la senilidad, y que lo que se ofrecía no es lo que se cosecha.

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