¿TELÓN DE FONDO O TELÓN DE BOCA?

Dada  mi atracción por el teatro, tomé en mis manos la obra de Juan Goytisolo titulada Telón de boca con fuición, ya que me hizo pensar en el proscenio y en el telón que impide al espectador ver el escenario antes de la representación o cuando hay cambios de decorado. (De hecho, me sirvió para conocer una  buena página sobre el género: http://www.nicolacomunale.com/teoria.escenica/resumen1jaume.html, en donde se encuentra un glosario dramático y abundante teoría). Y no me defraudó.

Intelectual rebelde al franquismo y contrario a la España conservadora, su autor nació la víspera de un día de Reyes de 1931 en la ciudad de Barcelona, pero -marcado por el bombardeo nacional en el que murió su madre Julia Gay en 1938 (a la que tanto escribiría su hermano mayor José Agustín)- pronto se autoexilió en París (desde 1956) y, más tarde, en Marrakech (tras la muerte de su esposa en 1996), aunque durante unos años trabajó en varias universidades norteamericanas y también fue corresponsal para El país en las guerras de Chechenia y Bosnia.

El incómodo Goytisolo no deja indiferente con sus polémicas opiniones y su compromiso vital (por ejemplo, con Campos de Nijar y La Chanca, fue nombrado hijo predilecto del primer municipio almeriense y persona non grata por el de El Ejido), uno de los motivos quizá por los que habiendo sido galardonado con muchos premios europeos apenas es reconocido con ninguno en nuestro país.

Este autor, clave de la Generación del 50, del medio siglo o de los niños de la guerra (la de los nacidos hacia los años 20 del siglo XX, que publicaron en los 50 y a los que se considera “hijos” de la Guerra (in)Civil Española y que unen el compromiso al cuidado del estilo y la profundidad del pensamiento), supedita su creación ficcional a la expresión de su queja y denuncia ante cuanto cree inhumano: la guerra, la marginación, el abuso contra los inmigrantes, etc.

Es éste un libro singular a medio camino entre lo ensayístico y lo poético y lo narrativo, con concesiones a las memorias de un viudo desalentado que decide “resucitar” sus afectos y hobbies (viajes, música, lecturas…) al tiempo que reflexiona sobre la condición humana. Su escasa trama nos hace pensar en un poema en prosa. Desarraigado, rupturista, heterodoxo… el autor hace de su estilo un ejemplo ético, ya que ahonda en los problemas para reparar y no dividir más al tiempo que abomina de las injusticias sociales, sin dejar por ello de ser estético y literario.

Telón de boca resulta eficaz para los amantes de la buena literatura. Como un miembro de Vocabulario en acción, maneja el idioma con una sabiduría que muy pocos pueden compartir, aunque muchos más podamos disfrutarla. Sus argumentos parecen lanzados como un dardo certero contra la diana del lector con la fuerza de convicción que palpita en las verdades inmanentes. Su ritmo íntimo compensa la dureza de sus pensamientos con la brillantez de su expresión. Puro diamante que atesora un caro (en ambos sentidos) contenido y una cruel mortaja. La experiencia relatada se torna auténtica sin sentimentalismos, fugaz y  consoladora por común, porque todos participamos de esta orfandad dilatada, de esos cortacircuitos indeseados, de esas seductoras vueltas al pasado y de esa mortandad intransferible.

El estilo impresionista rechaza los ornamentos caducos y accesorios. Y como En busca del tiempo perdido con la pormenorizada incautación de la memoria del narrador (alter ego de Marcel Proust), aquí nos muestra el tiempo perdido y las vivencias literaturizadas y ganadas. Pero si para Proust “un libro es un gran cementerio”, Goytisolo parece decirnos que ni el arte lo protege, ya que no quedará en sus obras cuando estas le trasciendan, sino que él es cada vez menos sombra de sí mismo al desaparecer absorbido por ellas: “él no era la suma de sus libros sino la resta de ellos”. Si no hay redención, cuando se alce el telón de boca se verá abocado a la Nada.

Escena tras escena nos enfrentamos al pasado común del anciano protagonista y su difunta mujer. A la amargura de una vida quebrantada por el paso de los años y la desaparición de los seres con que se comparten cosas se une la lúcida queja que la vejez impone a quien lejos de salvaguardar sus aficiones se impone desterrarlas. En lugar de un ars amandi nos encontramos con un ars morendi, una suerte de aprendizaje del acabamiento de quien teme el no-ser, la nada, el olvido. Si remedásemos el título de la obra de Proust, la de Goytisolo sería En pérdida del tiempo vivido.

Según el propio Goytisolo, con Telón de boca–su “ficción autobiográfica”- se despedía de la literatura de ficción para centrarse en el ensayo, convencido de que había “perpetrado demasiados libros” y que ya no tenía “demasiado que decir”. Una despedida por todo lo alto, ancho, trascendente y nada ajeno al común de los mortales.

Temas que trata: la muerte, la nada, el olvido, la memoria, el tiempo, la crueldad humana, la vejez… candentes todos ellos y en los que Goystisolo se mueve como pez en el agua. De ahí que el narrador al comienzo se pregunte si “su propia existencia, ¿no es ya el brillo falaz de una estrella extinta?” y que diga que no haya “querido nunca tener descendencia, asumir la responsabilidad de una existencia abocada a una irremediable condena”, lo mismo que el pesimista Goytisolo. Deseo que su mujer comparte para no “prolongar de alguna manera el desastre”. Por eso se irá a morir al desierto norteafricano.

Sus personajes son una mujer evocada por el protagonista, éste (que no es otro que su viudo) y un dios que le zarandea y le increpa y cuya superioridad él mismo pone en entredicho. La primera perfectamente podría ser la guionista y actriz francesa, Monique Lange (1926-96), con la que convivió cuarenta años, su apoyo y su cómplice. El segundo representa su propia vejez desilusionada e impasible, y abundantes anécdotas nos remiten a su carácter autobiográfico y testamentario (exilio marroquí tras la muerte de Monique, aficiones compartidas, etc.), ya que afronta su pasajera existencia cuando se halla a un paso de su muerte. El tercero es el demiurgo que se mofa de sí mismo, lo mismo que él, agnóstico convencido, no se deja seducir por trascendencia alguna. Un cuarto latente es el de la muerte, personaje-tema.

Supongo que para un agnóstico plantar un árbol, tener un hijo y escribir un libro pudieran ser formas de trascendencia que le invalidan su desaparición sin Dios en que creer. Sin embargo, estas memorias de la caducidad representan el soliloquio de un desalentado y melómano viudo y su posterior diálogo imaginario con un dios que muestra la vida como género chico del teatro, como un sueño que bordea la parodia y la pesadilla al reírse de sí mismo y de sus criaturas que, paradójicamente, le habrían creado a él.

Telón de bocaes una novelita de noventa y nueve páginas de un género indefinido, subdividida en cinco partes con capítulos de unas dos caras la mayoría, con los que se impone asistir a la desaparición de quien fue su nexo de unión con el mundo y asumir su nueva permanencia fugaz en éste. Por medio de la memoria aúna acontecimientos familiares de épocas dispersas en su vida (la vejez y la infancia) y hace hueco a la realidad desprendiéndose de objetos culturales (libros, discos, etc.). Un paisaje montañoso y nevado que contempla desde las ventanas de su casa representan el telón que le separa del decorado ignoto y definitivo que oculta la inexistencia posterior a la sepultura.

Con constantes alusiones metaliterarias (por ejemplo, las que dedica al escritor ruso León Tolstoi y su imagen del cardo pisado, las referencias a su mansión en Yasnaya Poliana y su esposa Sofía, a sus obras y personajes: La sonata a Kreutzer, Guerra y paz, Ana Karenina, de la masacre de Shatoi…), Goytisolo evoca conflictos mundiales como los de Chechenia o Palestina y se pregunta sobre la raíz del mal en la raza menos humana (pese a su denominación) que pisa la tierra. El autor se sincera, con una visión clara y universal de nuestra eterna contingencia, con sublimes pasajes en que hace de la abstracción una referencia subliminal directa en que el resto nos vemos reflejados, pese a que en ocasiones bucee en profundidades literarias que no están al alcance del común de los mortales. Y lo hace sin caer en sentimentalismos ni depresivas autocomplacencias. Cuando se enfrenta a ese Dios en que no cree -especie de espejo de su criatura, ya que se considera creado por ésta- su ironía nos lo presenta como un ser con nuestros mismos pecados (cruel, vengativo, cínico, incrédulo…) y debilidades, cercano a cualquiera de los dioses paganos de la antigüedad griega, y nos recuerda a alguna de las páginas de Unamuno.

A diferencia del Dios cristiano, según el cual a decir del Génesis su construcción fue perfecta por lo que quien lo echaría a perder fue el ser humano (inhumano para Goytisolo, ya que sólo es capaz de perpetuar la barbarie), la divinidad de este relato es consciente de la imperfección de su obra: “cuando cagué vuestro físico mundo y desde Mis alturas contemplé la Obra Hecha me estremecí de horror; aquello era peor que un mojón, que una cagarruta hedionda, que una fétida masa pastosa ovillada como un merengue batido”, demiurgo demoniaco que simplemente dice: Yo estaré allí para cerrar el paréntesis entre la nada y la nada. El paréntesis, la vida como breve interludio entre las nadas. El viudo irremediable que espera la cita ineludible con el vacío que se alzará tras el telón.

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