EL VIENTO COMENZÓ A MECER LA HIERBA

Ha caído en mis manos una hermosa edición bilingüe e ilustrada por Kike de la Rubia (http://www.youtube.com/watch?feature=player_embedded&v=1BdJgyvZje8#!) de una pequeña parte de la obra -veintisiete de sus mejores poemas- de la introvertida y timorata Emily Dickinson, autora estadounidense que pasó gran parte de su vida recluida, como una hikikomori ancestral.

En El viento comenzó a mecer la hierba, Emily Dickinson nos descubre las verdades del mundo y nos explica los entresijos del tiempo y de la Historia con una sencillez sin parangón y una profundidad leve que rascan todas esas máscaras que interponemos entre el devenir y la naturaleza y entre estos y nosotros. Así, hace gala de la sensibilidad propia de los poetas mayores que nos abren las puertas a un mundo no por singular menos universal:

Jugarán otros niños en el prado, / dormirán bajo tierra otros cansancios;

pero la pensativa primavera / como la nieve llegará a su tiempo.

En los cajones se encuentran pétalos de una flor que fue, en manos ya desaparecidas, el símbolo de la existencia, y sus versos se convierten en siemprevivas. Revisa los recuerdos que ocasionalmente retomamos para volver a dejar en su estantería, el vasar de los sueños, tras evocar qué los trajo a este lugar. Y nos enfrenta al aburrimiento de lo anodino tras haber poseído lo excepcional: ¡Qué aburridas las canicas / después de haber jugado a las coronas! Y qué decir de la esperanza que nos lega:

La esperanza es esa cosa con plumas / que se posa en el alma / y canta una canción sin letra / y nunca, nunca se  calla.

Y nos sacude con su incitación a alimentar la esencia de la rosa, con lo que me parece oír No me fío de la rosa de papel de Mª  Dolores Pradera y recuerdo el famoso verso de Juan Ramón Jiménez:  no le toques ya más, que así es la rosa.

Y nos trae ecos taoístas con sus juegos de contrarios (día / noche, vida / muerte, verano / invierno, negro / rojo…) y sus diálogos con un tú indefinido: El agua se aprende por la sed; / la tierra, por los océanos atravesados; / el éxtasis, por la agonía. / La paz se revela por las batallas; / el amor, por el recuerdo de los que se fueron; / los pájaros, por la nieve.

Detesta lo que supone el “ser alguien”, la fama sacrosanta que crucifica al espantapájaros que no la sabe sobrellevar: ¡Qué aburrido ser alguien! /¡Qué ordinario! Estar diciendo tu nombre, / como una rana, todo el mes de junio,/ a una charca que te contempla.

Y deja un espacio abierto al mundo de los sueños y los innumerables seres que en ellos la acompañan, porque la vida es el dolor que nos mantiene alejados de la muerte y nos aproxima a ella con la misma certidumbre que el paso del verano, la llegada de las nieves y las migraciones anuales de los pájaros. Vivir es brotar, deambular, abrigarse del viento que sopla como un hombre cansado y que habla como la arremetida de numerosos colibríes a la vez. Porque la naturaleza personificada y la humanidad se convierten en dos formas de una misma idea.

El viento representa para ella la soledad, la fugacidad, la vejez y todos los males que un ser humano puede padecer. El viento es el hombre que, sin conciencia alguna de culpa, se aleja ajeno a lo que deja en pie y vivo. Y nos recuerda al Machado ético y estético en el diálogo entre dos muertos familiares. Y se muestra con su cotidianidad de clausurada en vida: No podía soportar vivir en voz alta; / el bullicio me azoraba tanto… y su miedo a la inmensidad avasalladora (el mundo como marea) y su sentimiento de pequeñez: Y parecía que me iba a tragar, como si fuera yo una gota de rocío / en la hoja de un diente de león. / Y entonces, yo también me moví.

Y sus paradojas (trasunto de las nuestras) se verbalizan con una intensa plasticidad: Temo a la persona de pocas palabras. / Temo a la persona silenciosa. /Al sermoneador, lo puedo aguantar; /al charlatán, lo puedo entretener. /Pero con quien cavila / mientras el resto no deja de parlotear, /con esta persona soy cautelosa. / Temo que sea una gran persona.

Y nos ofrece su agradecimiento a los libros, esos Parientes del Estante de caras apergaminadas, y la constatación del embrujo del cuerpo-casa con sus amenazadores fantasmas interiores: El cerebro tiene pasillos más grandes / que los pasillos reales.

Y hace diáfana la infinitud y grandeza del mar, de los deseos, de lo ignoto y lo eterno cuyo poder divinizador enfrenta a su suerte de gorrión, aunque con solo una migaja se siente soberana de los ricos:

Estar vivo y desear / es ser poderoso como un dios. / Aquel que, siendo mortal, / tal cosa consiguiera, / sería nuestro Creador.

Toda una delicia para los sentidos.

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4 comentarios

  1. Gonzalodeberceo said,

    febrero 5, 2013 a 8:40 pm

    Lo tengo que leer. Había escuchado buenas críticas, pero ninguna como ésta.

    • aneleameg said,

      febrero 5, 2013 a 8:55 pm

      Me alegro de volverte a leer por aquí.

  2. febrero 1, 2013 a 4:01 am

    Me sentía muy feliz, sonreía, tenía tres hijas maravillosas,estaban en la vida con sus carreras, sus hijos y sus parejas, felices y contentas, tenía mi hipoteca pagada y mi salario me permitía llegar a fin de mes, tenía un hombre a mi lado, cariñoso,dulce, mimoso, y que había convertido mi persona en su mayor prioridad, el respeto y el amor eran inmensos, en fín me sentía feliz, entonces…, me desperté y me tropecé con la cruda y dura realidad.


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