RESISTIÉNDONOS A LA FUGACIDAD:

Una forma de resistencia

Luis García Montero en Una forma de resistencia nos muestra desde el principio el aprecio por algunas cosas con que parece que tenemos una conexión espiritual. Comienza así con un prólogo en que argumenta el sentido del resto del ensayo, subdividido en medio centenar de capítulos. Muchos objetos insiste en que guardan recuerdos, por lo que tirarlos es una especie de barbarie (reciclarlos sería su aspecto más civilizado). Sin embargo, este trasiego de cosas impone la camisa de fuerza de las metamorfosis, a que asistimos a través del tiempo, para asentarse en el recuerdo de nuestros mejores años sin coartadas ni pretextos; mientras que se aleja del vacío consumismo, en que siempre es el mercado y la ley de la oferta y la demanda los que ponen el precio.

¿Quién no busca la permanencia más allá de las fronteras de su vida? Una forma de resistencia se lee con el placer de reconocer los pequeños enseres a que nos acostumbramos, los objetos inútiles que conservamos en nuestro particular museo de los horrores, los pongos que no nos atrevimos a tirar y los cachivaches a los que somos leales porque los humanizamos (claros ejemplos, con una adjetivación o una óptica que no sé por qué me recuerda a Millás, leemos en las calificaciones a los electrodomésticos: en una misma casa puede haber lavadoras débiles, hornos dogmáticos, lavavajillas chapuceros, exprimidores estrictos, aspiradoras modestas, microondas cínicos y neveras adolescentes), comparten nuestras manías y no los queremos sentir perecederos como sus dueños.

El pasado no muere, es un saco sin fondo en el que todo lo que nos perteneció perdura con la forma de su aprecio, con su alma de quita y pon y su rastro de polvo, metal, tela…: una copa, un jersey, su butaca, los espejos que atestiguan el desacuerdo entre lo que pretende ser y cómo se moldea a sí mismo, los bolígrafos con su alma de hormiga que siempre desaparece, las gafas, las monedas viajeras que se adentran en los rincones y con las que no puede pagar sus preocupaciones, la ducha con esa poesía cotidiana y doméstica que suplanta al panteísmo antiguo y arrastra hacia el desagüe tanto la sucia hostilidad como la incertidumbre, la ropa con que su esposa le ayuda a enmascararse quizá por su indolencia para la gestión técnica de la vida cotidiana, las sandalias, los relojes, la nevera (que se nos presenta como un electrodoméstico adolescente que refleja en gran medida a su dueño y se halla en un perpetuo equilibrio inestable entre el exceso y el defecto), el disco que nos devuelve el pasado en alas del porvenir, el tabaco Goya que fumaba su padre, las cosas perdidas, el libro que no prestarías y con el que distraerías la soledad de una isla desierta, las variopintas sillas con su aspecto de atlas de geografía humana y su adicción a las visitas, el lírico y estoico brasero que desde su despedida estacional anuncia su retorno, el periódico que instaura un desorden doméstico azaroso, la torre que le sirve para reflexionar sobre los souvenirs y los tópicos, la cama ocupada por multitud de almas y escasos cuerpos, los cuadernos en blanco que invitan a llenarlos, la mesa con su desorden minucioso y aplazado, el despertador responsable de los buenos propósitos, el billete de los viajes en tren guardado en cualquier libro o los billetes de avión perdidos que remiten al tiempo flexible de la espera y a la observación de nuestro entorno antes de embarcar, la escoba que le trae a la mente la salida de Gil de Biedma en un coloquio tras recitar “Pandémica y Celeste”, chapuzas que asaltan la tranquilidad de su vivienda, cajas vacías y las sucesivas estaciones hacia la madurez en la primera de las cuales se apean los Reyes Magos, la fotografía con su look inconfundible y militante, el muñeco de Fray Leopoldo que se parecía a Ángel González, sus colección de pensadores sumidos en sus cavilaciones, la entrada de un partido entre el Granada y el Real Madrid, la correspondencia vulgar de las facturas, el recordatorio de su Primera Comunión olvidada y su irrenunciable compasión, los carnés humillados por el descrédito político pero de indudable valor, los libros de sus hijos y la utilidad de la lectura, el impertérrito televisor que suplanta a los antiguos juglares y al moderno colegio en el monopolio de contar historias, las cartas a las que regresamos, la nieve de las bolas de cristal con su tiempo mágico y fugitivo -como el encerrado en los relojes de arena- que como las mareas regresa, las optimistas flores caseras que le contagian al  hacerle sentir que cualquier mes del año puede vivirse con la intensidad del verano, la chillona corbata de Alberti que despierta cada verano en una percha nueva, el personaje familiar e intermitente de la soledad que le sirve de musa o desahogo  y que le conecta con el “Soliloquio del farero” atento al mundo de Cernuda, el vaso azul que no se le rompió en la maleta y en el que guardaba los picos de los periódicos en que leía noticias de barbaries y ya ha colmado.

Quizá en El periódico sea donde el autor muestre mejor su alma de curioso impertinente, su afán por coleccionar noticias y rastrear la libertad de prensa, la degradación de la democracia, la manipulación y la uniformidad informativa, la libertad lectora de los no informados, la culpa compartida por el sistema y el ciudadano…

Pero no acaba aquí. En Otras cosas que faltan remite a las cuentas pendientes (viajes, lecturas…), la postal descubre la vida con la perspectiva  adecuada en el espacio alegórico de una foto vieja de Jean Laurent. En Memoria de madera, la falta de alternativas de este bipartidismo prepotente y esta perversa ley electoral le hacen aconsejar una rendición útil (la abstención), mientras insiste en la ilusión democrática que pese a todo le transmite una chapita con un eslogan reivindicativo. La rama que se niega a naufragar en el Danubio nos habla del eterno retorno y recuerdo del recorrido de los ríos. Los posavasos de los bares dan indicio del bálsamo de estos en las ciudades extrañas. El móvil aliado constata la existencia del otro, aunque muy lejos del clásico teléfono que comportaba una promesa de diálogo.

Luis García Montero

El estado de las cosas es un epílogo o un cajón de sastre en que caben muchas otras presencias (almanaque, figurita de plástico, serrucho, un Zippo, una quiniela, un telegrama de Dámaso Alonso a Alberti, un mantel con una caricatura, una fotografía, etc. ) que evocan el pasado y que, quizá, podían haber originado más capítulos de este atlas de su desván particular y que por pereza o para no extenderse se constriñen; tal vez hayan de esperar a esos buenos propósitos que se aplazan hasta el verano o se prometen para el Año Nuevo y, en ocasiones, no se llevan a cabo jamás.

Los objetos cargados de entrañas se animalizan por medio de símiles y metáforas que dan buena cuenta de lo que pueden llegar a representar: Un jersey es un animal doméstico que veranea dentro de los armarios. Con continuas referencias-homenaje a autores sagrados (Antonio Machado, Ángel González), sugiere (igual que Ignacio Martínez de Pisón en el último relato de Foto de familia: https://elenacamachorozas.wordpress.com/2013/02/01/inquietante-foto-de-familia/) que ciertos regalos sólo deben hacérnoslos quienes nos conocen porque se inmiscuyen en nuestro futuro de algún modo, como cuando dejó la naturalidad del torpe aliño indumentario en busca de una incertidumbre cuidada, como un ejercicio de conciencia, un modo de dibujar las fronteras que separan la madurez y el conformismo, el profesor sensato y el poeta rebelde. Y así voy haciendo punto en la negociación electoral de la existencia. Para enseguida asegurarnos que Se puede avanzar mucho sentado en una butaca. No sólo se hace camino al andar, en una reflexión y panegírico en favor de la introspección que sólo los falsos modernos y los pragmáticos superficiales contradirían: Los partidarios de los hechos se muestran desconfiados de las palabras, de las cavilaciones, de las revueltas del pensamiento, hasta el punto de que a veces caminan a tontas y a locas. ¿Contemplativos 1 / activos 0? No, no hay que entenderlo como inmovilismo, puesto que está a favor del avance y en contra de la parálisis, sino como método para enfrentarse a las preguntas, porque a cierta edad las verdades absolutas del barquero se emborronan y perdemos perspectiva para delimitarlas, por lo que nos ceñimos a las propias. Es esa edad en la que los más peregrinos objetos venales o sin valor nos rescatan de la cárcel o alcantarilla presente.

Una forma de resistencia acota su mundo y compendia sus paradojas (me pongo poético cuando me visten de catedrático, dispuesto a descubrir un verso en la parsimonia de un conserje, y me entran ataques de respeto cívico cuando salgo vestido de poeta. Los equilibrios de la edad madura se resuelven también a la contra, porque uno crece resolviendo contratiempos, y no resulta un logro pequeño asumir las rarezas personales), mientras desprecia el vertedero, ese templo de las cosas rotas del mundo. Y es que -aunque se sabe derrochador- también reconoce ser el  coleccionista de infinidad de cosas usadas que han pasado a formar parte de él, a ser sus portavoces, igual que las ciudades y sus gentes lo son de sí mismas: Las ciudades son una alegoría, igual que las casas y sus habitantes. La realidad tiene alma de coleccionista y va guardando el fantasma de los lugares deaparecidos, las cosas rotas y los cambios de piel.

Una forma de resistencia es, en suma, una forma de asomarnos a las paradojas íntimas y sutilmente compartidas por la mayoría de los integrantes de esta sociedad en que convivimos (o malvivimos).

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6 comentarios

  1. abril 28, 2013 a 9:09 pm

    Hola, Elena: me has convencido. Yo no empatizaba mucho con García Montero (sin motivo, ya sabes, esas cosas que no se sabe por qué son o no son), pero tu valoración me lo presenta con un aspecto diferente al que yo había prejuiciado, así que pasa a mi lista de siguientes. Gracias por ello. Un saludo afectuoso.

    • mayo 3, 2013 a 6:33 pm

      Hola, Severina:
      Te entiendo perfectamente cuando hablas de la empatía (ausencia de empatía en este caso) que sin saber por qué unos autores nos provocan y otros no. Acudiendo al tópico, para gustos se hicieron los colores, ¡faltaría más! Aunque me alegro de que le des una segunda oportunidad.
      Si un día pasa de tu “lista de pendientes” a tu “lista de concluidos”, puedes volver por aquí y dejarnos tu impresión en forma de comentario.
      Un beso

  2. Javier Roces said,

    abril 1, 2013 a 11:41 pm

    Hola Elena. “Una forma de resistencia” fue uno de los libros que leí en mis vacaciones del verano pasado, y lo incorporé por recomendación de una amiga, a la que agradecí el consejo, porque realmente me encantó. Tanto que lo tengo a mano para releer en cualquier momento, ventaja de este formato de relato corto. Y además me sirvió para vencer una cierta “forma de resistencia” que tenía hacia Luis García Montero, sin motivo objetivo alguno, pero quizá por mi frustración por la malograda fundación Ángel González. Bueno, al grano, me parece muy interesante y exhaustivo tu comentario. Saludos,

    • abril 2, 2013 a 3:02 pm

      Hola, Javier:
      ¡Qué coincidencia! Me alegro que te gustase. Desde luego es sencillo leer en formato mini; por eso los aforismos, los poemas, los microrrelatos y los microensayos tienen tanta acogida.
      A mí como poeta García Montero me gusta, como prosista algo menos (se le nota el ramalazo lírico, pero me resulta un poco redundante).
      En cuanto a lo de la fundación de Ángel González no sé qué ha pasado exactamente.
      Saludos

  3. Gonzalo de Berceo said,

    abril 1, 2013 a 12:25 pm

    ¡Cómo no leer los libros después de comentarios tan brillantes! Me encanta García Montero. Como poeta se le ven hallazgos muy originales ,y como prosista, impregna su prosa de la sensación de estar en una tertulia con él. Tenía ganas de leerlo. Ahora es casi una necesidad. Me encantan los libros que hablan de detalles y sus reminiscencias.

    • abril 1, 2013 a 1:09 pm

      Hola, Gonzalo de Berceo. Me alegro de “escucharte”. Curiosamente llevo días pensando en llamarte, por si estás en mi tierra para quedar. Todavía tengo envuelto en papel de regalo el libro que te iba a regalar el junio pasado. jeje, más vale tarde que nunca ¿eh?. ¿Qué?, ¿andas por aquí? Besos.


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