NOLI ME TANGERE

 

Ojos árabes

Desde chiquitina le habían enseñado esa cultura. Pura y blanca va la novia. Al altar a atarse al ara, como habían soñado para ella.

Acarrea una vida en carne viva. No tocar. Las manos quietas. Pensar que ni un átomo de piel salobre sabrá el sabor armónico del amor, mientras un encarnizado corsé acorta el derrotero hacia la libertad. Comienza el  periplo y el afán.

Empatizar con los demás en la distancia y con un rostro invisible.

Atracción fatal, ese puñal ensangrentado de un gélido roce, el frío del desinterés y el vaho de una premonición que abofetea.

Y después el fracaso, el matrimonio, los deberes conyugales. Y el recuerdo de antaño, de lo que no fue y no será y, sin embargo, una piensa que pudo haber sido, mientras siente que ha vivido entre velos y sedas.

Noli me tangere. No necesitó proponerle el recato, lo enmascaró una dote. El otro y nosotros, pensó. Y Occidente al lado. Su vecino era tan guapo. Pero él no sabía cómo era ella. Apenas unos ojos claros y una piel de tela.

Le faltaban unos centímetros y unos años para ser adulta y, sin embargo, él era canoso, anciano, adiposo… Y el deseo que aún no había ni entrevisto se la bajaba a la planta de los pies, se escurría entre las alpargatas, lo pisaba junto al rastro de su sombra equivalente. Tantas idénticas a ella.

Lo miró, vio la decisión paterna y la resignación en la miradas de las mujeres de su casa. Volvió a mirarlo y esperó que al menos fuera justo y no la maltratara.

Dote

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