UNA ATRAGANTADA CENA

Koch

La cena de Herman Koch:

¿El instinto de protección de un padre puede llegar a encubrir a un hijo capaz de un delito deplorable? ¿El estatus social determina la respuesta de un individuo ante un acto así?  ¿Es traición a un grupo no ser leal al mismo en cualquier situación? ¿Realmente en Holanda, Europa, América… hay ciudadanos tan complacientes con su clase que la conviertan en coartada para convertirse en monstruos y justificar lo injustificable?

Basta de preguntas retóricas. Desgraciadamente, hay chicos así. Basta hacer un repaso a la hemeroteca. Desgraciadamente, algún padre obrará así, Pilatos y sepulcros blanqueados con capa de Caperucita. Fariseos hay en todos los países, en todas las religiones, en todos los partidos e ideologías. ¿Hasta dónde se puede proteger a los hijos? ¿Los secretos engendran secretos? ¿La enfermedad psicológica del narrador revela una culpa o una disculpa? ¿El asesinato cometido por un adolescente es producto de sí mismo, de su entorno, de su influjo familiar…?

En primera persona un padre, que al principio nos cae bien y luego nos parece detestable, nos relata unos hechos que enganchan. En un restaurante de alto standing de Ámsterdam, se citan dos parejas. Ellos son hermanos. Las cuñadas, muy distintas. Lo que se calla, indescriptible. Capítulos que transcurren como el menú: el aperitivo, por ejemplo, para los motivos intrascendentes como la última película o los planes  vacacionales; después el primer plato y el segundo para dar saltos al pasado y relatar la agresión y las pistas que ha dejado. Sólo tras el postre se aborda el verdadero tema de la reunión: cómo enfrentarse a la violencia gratuita e in crescendo de los quinceañeros Michel y Rick, en medio de una tensión insostenible. El tema controvertido, el éxito evidente, pero el relato forzado y dilatado a través de abundantes  feedbacks.

Esta novela acaba dejando cierto resquemor al lector, al menos a mí, algo así como mal cuerpo. Aunque es una acerba crítica que macera con altas dosis de sarcasmo y de crudeza, acaba invirtiendo lo que uno se espera que ocurrirá.  Ni siquiera queda claro si el durísimo desenlace mantiene la tesis de que no hay inocencia que se pueda esgrimir tras la falsedad y el ocultamiento.

El regusto ácido de esta provocadora novela indudablemente impacta, pero ¿defrauda? Quizá esta inquietante reflexión sobre lo que algunas personas pueden llegar a hacer pudiera estar mejor escrita. Su estilo no es lo que destacaría. Ahora, su argumento…
¿Quién se resistiría a una invitación gastronómica?

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