LECTURAS AUSTERIANAS

Paul Auster

Leviatán de Paul Auster 

En esta novela no hay “dos hombres y un destino”, sino varios, al entrecruzarse la vida no sólo del narrador en primera persona, un afamado escritor amigo íntimo de otro (Benjamin Sachs), llamado Peter Aaron, sino la de muchos otros. En ella aparecen los temas claves de este autor:  el destino, el azar, las relaciones, la sociedad, la ideología (la objeción de conciencia, la guerra de Vietnam); así como sus complejos personajes (emocionales, reactivos) cuyas vidas les enfrentan a hechos sorprendentes y/o misteriosos, desde los propios escritores (¿alter ego de Auster?) hasta las mujeres que pasan por sus vidas: María Turner, Illiana, Fanny…

Un accidente, la explosión que acaba con un hombre cuya identidad se desconoce, será la motivación de Peter para redactar un texto que desvele el misterio, su particular visión de los hechos y los testimonios de quienes conocieron al fallecido y de este mismo. Mientras el FBI investiga, él termina Leviatán, biografía novelada de Benjamin Sachs que reconstruye sus últimos años de vida. Esta obra nos plantea varios dilemas: ¿Asesino, víctima? ¿Compromiso o huida hacia delante? A la vez que el biógrafo describe al biografiado, la historia de éste se entreteje con la suya propia. Más que amigos íntimos fueron hermanos, cómplices, motor e imagen recíprocos en que reflejarse o a los que admirar. Pero, sobre todo, son las relaciones interpersonales y los sucesivos triángulos amorosos los que provocan el entramado que unirá sus respectivos destinos con la típica sucesión de circunstancias encadenadas austerianas. La ficción nos atrapa con sus golpes de suerte (mala y buena) y las carambolas literarias a las que este autor nos tiene acostumbrados. Quizá la más evidente la de la suplantación o reinvención de una identidad que tanto me recuerda a su Fantasmas, Ciudad de cristal, El cuaderno rojo... con esas historias laberínticas, nunca lineales, cuya aparente sencillez se enfrenta a múltiples tensiones y enredos para lograr una perfecta arquitectura tan transparente como intrigante.

Hasta ahora esta novela ha sido la que quizá más me ha gustado.

Tombuctú

Tombuctú de Paul Auster

Esta es una novela singular en la que Auster convierte en narrador-protagonista a un perro sin raza conocida, Míster Bones, de sensibilidad e inteligencia prodigiosa. Acostumbrado a escuchar desde cachorro el idioma de su amo (William Gurevitch, un excéntrico poeta cuya enfermedad mental ha hecho de un prometedor alumno un manirroto vagabundo y un Papá Noel aficionado), comprende el inglés e interpreta las situaciones diarias con un conocimiento del mundo y una sensibilidad que lo humanizan mucho más que a infinidad de individuos. Con un William muy enfermo sigue recorriendo América en busca de una antigua profesora que cree que encontrará en Baltimore.
“De boca del perro” sabemos que Will ha sido peor hijo que amo, nos enteramos de su infancia y juventud en Brooklyn y de la trágica historia de sus padres -emigrantes de la vieja Europa que hubieron de huir durante la época nazi-, aprendemos sus manías y temores (por ejemplo hacia los restaurantes chinos) y las enseñanzas que le da para garantizar su supervivencia cuando la inminente muerte le llegue. Este singular perro también nos hace partícipes de la Sinfonía de los Olores, especie de experimento con que su dueño le premió una temporada.
Su aventura vital podrá tener la recompensa del cielo común, imaginado con el nombre de la ciudad de Mali que da título a la obra. El final semiabierto deja en suspenso si Mister Bones –tras una nueva desilusión con otra familia a la que nos gustaría conocer más por el retrato que hace de su vida en común- logra su aspiración de llegar cuanto antes allí, donde supone que se reencontrará con su dueño.

El cuaderno rojo recopila pequeñas historias sobre el azar al parecer reales (vividas por el propio escritor o por algún amigo) o, al menos, verosímiles, que habría recogido él en su “cuaderno rojo”. Es un corto libro que pudiera considerarse casi de microrrelatos, dado que sus historias resultan independientes. Estas pequeñas joyitas dejan ganas de más y terminan transmitiendo la idea de que la sorpresa nos espera a la vuelta de la esquina, la sensación de que no podemos planificar la vida, porque los imprevistos y las coincidencias a menudo ganan la batalla.

Suplantación, fingimiento, equívoco son los mecanismos que mueven el realismo de esta historia irreal. En él se narran coincidencias improbables, llegadas oportunas, conocimientos increíbles, curiosas llamadas como la que originó la novela de Ciudad de cristal (en un cuaderno rojo precisamente, Quinn, protagonista de esta novela, anota su descubrimientos y conjeturas), pinchazos en una rueda siempre con el mismo acompañante… Azarosas pero sencillas anécdotas capaces de mostrarnos el modo en que se conecta a personas que distan muchos kilómetros o a las que el tiempo ha orillado.

Ci

Dentro de  La trilogía de Nueva York del Premio Príncipe de Asturias de las Letras 2006, P. Auster, se enmarcan tres libros de género detectivesco cuyas tramas transcurren en esa ciudad. Son: Ciudad de cristal (de 1985), Fantasmas y La habitación cerrada (un año o dos posteriores). En la primera, un escritor que suplanta a un detective se ve abocado a difuminarse en vida. En Fantasmas, un detective se convierte en la sombra de a quien vigila. En La habitación cerrada, un hombre toma el puesto tanto profesional como afectivamente de un amigo desaparecido al convertirse en escritor de su biografía y “esposo” de su mujer.

Comienza Ciudad de cristal al puro estilo de la novela negra clásica y con un hecho que le aconteció al propio autor: una llamada nocturna equivocada en la que alguien pregunta por una agencia de detectives. En la novela, esta llamada se repite hasta que el protagonista, Daniel Quinn, afirma ser el detective buscado, llamado Paul Auster (otra vuelta de tuerca), y se involucra en el caso tras concertar una cita con esa voz, conmovido y movido por la curiosidad de una voz femenina que resulta ser la de la mujer de su futuro cliente.

Quim -antiguo poeta, dramaturgo, ensayista y traductor- vive una acomodada pero solitaria vida sin ninguna ambición literaria tras fallecer su familia en un accidente. El protagonista se refugia en el personaje de ficción que protagoniza sus exitosas novelas policiacas, Max Work, y que escribe bajo el seudónimo William Wilson. Su cliente resulta ser un joven aislado durante años por su padre -un místico y demente lingüista cuyo regreso teme- supuestamente para que pudiera hablar la lengua desaparecida tras la construcción de la torre de Babel.

Pero La Ciudad de Cristal da un giro hacia un género totalmente distinto cuando se sumerge en una opresiva atmósfera al estilo kafkiano. De ahí ese Paul Auster detective -homónimo del autor dentro de la historia- que charla sobre la obra de Cervantes con Quim (cuyas siglas coinciden con las de D. Quijote), lo que además le sirve al verdadero Auster como tributo a los autores consagrados a los que admira y de los que hace múltiples referencias.

El título de esta historia quizá aluda a que se devuelven imágenes deformantes como en el juego de espejos. El reflejo de los protagonistas en los otros muestra las simetrías y dualidades de la existencia: paralelos son el padre y el hijo, llamados ambos Peter Stillman; ciertos números resultan clones invertidos (el hijo vive en la calle 69 y el padre, cuando llega a la ciudad, se apea de un tranvía en la calle 96); se duplican los rostros, los incendios, los cuadernos, las confesiones sobre la falsedad de un nombre: “Soy Paul Auster. Ese no es mi auténtico nombre“. Igualmente, se repiten las calles, las profesiones (detective, escritor), las querencias (el verdadero Paul Auster tiene esposa y un hijo llamado igual que el suyo y que se los recuerdan).

En esta esquizofrénica huida de la realidad y sus desgraciadas circunstancias, Daniel Quinn se multiplica convertido en otros (el escritor de novelas policíacas, el detective, el viejo loco, el joven traumatizado…). Parece observar a las personas que vagabundean convertidas en juguetes rotos, de vidas desfiguradas, sin hogar y sin nombre, extraños hasta para sí mismos.  Por eso sus acciones se vuelven reflejos de las de los demás, como cuando Quinn repite el comportamiento de Stillman al seguirle en sus paseos (paradas, notas en su cuaderno, atroz cansancio, sueños en la calle, búsqueda de objetos desechados a los que renombrar…)

El encierro de un Quim desnudo en la habitación en que probablemente Peter Stillman hijo se aislaba durante sus crisis, lo hace asemejarse a éste (en el aborrecimiento del mundo exterior y el internamiento impuesto). Cuando, al final, se nos dice que la historia narrada es una reconstrucción de lo contado por un amigo del escritor que lo descubrió junto a su cuaderno en esa habitación cerrada, nos preguntamos si no tendrá razón, el hijo del Auster ficticio, quien sugiere en el libro que “todos somos todos” o que todos tenemos alma de Cide Hamete.

Fantasmas

Por su parte, el protagonista de Fantasmas es un detective poco común que deambula por la ciudad de Nueva York, Azul, quien aprendió mucho de su antiguo jefe Castaño. En esta enigmática novela destacan los nombres simbólicos de los personajes, todos ellos colores: Blanco es quien le encarga investigar a un hombre llamado Negro, el espiado vive en una calle neoyorquina denominada Naranja. Por sus informes Blanco paga a Azul  unos cheques que le vienen muy bien. Pero el caso se dilata y dura años, con lo que el seguimiento y la vigilancia resultan frustrantes al privarle de su propia existencia (su novia, por ejemplo). Entre lo existencial y lo intrigante, la confusión y las paradojas, esta novela indaga en la culpabilidad y el desconcierto. Sus tramas -porque si algo es claro en Auster es su pluralidad, que emprende múltiples líneas de fuga, abre caminos y expectativas que no siempre cierra- aúnan lo detectivesco y el terror psicológico (con experimentos obsesivos, teorías enfermizas, personajes inexistentes o falsos, fugas existenciales…). Sin embargo, a veces resulta un poco tediosa.

En La habitación cerrada, dos amigos de la infancia, el que relata la historia y Fanshawe, han visto como con el paso del tiempo la complicidad y el cariño que los unía se ha diluido, al tiempo que la dependencia y admiración del primero ha ido dejando paso a un resquemor envidioso, pese a la generosidad y liderazgo del segundo. Con los años se han distanciado, y ni siquiera la desaparición voluntaria de Fanshawe y la petición de ayuda de su mujer podrá restaurar el pasado dormido.

Fanshawe, convertido en un fantasma (de ahí el título) por propia iniciativa, será “eliminado” por el narrador, el “amigo”. La profesión de éste, crítico y periodista, así como la petición de la mujer abandonada (su marido dejó dos maletas con manuscritos no publicados que debía entregarle para que decidiese él si su obra debía editarse o ser destruida) harán que resucite en él su espinita de escritor.

Con La habitación cerrada Auster, pone broche a La trilogía de Nueva York. Pero yo me pregunto ¿no abusará de motivos, personajes, escenas, tópicos, que se suceden de una a otra novela? Es innegable su capacidad de narrar, de inventar extraños mundos imaginarios cuyos sutiles engranajes se ensamblan  entre el umbral de la lógica y la pesadilla. Pero se repite: Y eso al final le puede pasar factura si el lector emocionalmente enganchado decide apagar el interruptor (cerrar el libro) como cuando uno se aburre de la misma cantinela…  ¿Quieres que te cuente el cuento del buena pipa repipa que nunca se acaba?

Enlaces de interés:

http://clubdecatadores.wordpress.com/2010/02/24/la-habitacion-cerrada-paul-auster/

http://bartleby-elcuadernorojo.blogspot.com.es/

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