JUAN RAMÓN MÁS HUMANO:

Bárcena El joven cántabro Juan Gómez Bárcena nos acaba de entregar una magnífica obra, de esas que dejan buen regusto, amena, verosímil, con toques históricos, cierto lirismo y calidez humana: El cielo de lima. No es de extrañar que haya recibido el Premio Ojo Crítico de Narrativa 2014, uno de los más preciados e imparciales en mi modesta opinión.

Se trata de una obra basada en una anécdota de la biografía de Juan Ramón Jiménez que se estructura en tres partes:

  1. Una comedia (la broma)
  2. Una historia de amor, la más extensa.
  3. Una tragedia, la más breve.

A las que se añade como colofón el poema Carta a Georgina Hübner en el cielo de Lima del propio Juan Ramón Jiménez.

Sus capítulos se articulan en pasajes con letra cursiva (supongo que fragmentos de la correspondencia real entre Juan Ramón y “la muchacha”) y otros con letra redondilla dedicados a la vida “real” de los autores de las falsas cartas, que llegan a pedir consejo a un tal Licenciado Cristóbal, un experto en escribir cartas de amor como le solicitan   los enamorados analfabetos.

De ágil lectura, la novela se lee con la intriga de cómo se resolverá esa extraña relación epistolar para que no desvirtúe lo que fue y resulte creíble lo que ficciona. Es decir, hace de una anécdota histórica de muchos conocida el germen de una intrahistoria desconocida que, lejos de resultar trivial, nos parece escrita con maestría e interesante.

Para ello dota de vida a dos personajes tan distintos como necesarios, que se hicieron amigos en las aulas de Derecho de la Universidad de San Marcos (de las que pronto se alejan) y se reúnen en la buhardilla de uno de ellos. Ambos comparten su admiración por el poeta español, que son ricos y que sueñan con ser poetas. Uno es el heredero de un nuevo rico que abomina de su pasado nada aristocrático y busca raíces nobles en una genealogía ancestral. El otro, el hijo de una familia ilustre y sobrino de todo un símbolo militar de la nación. La personalidad y el liderazgo del segundo contrasta con la sumisión y timidez del primero hasta más de la mitad de la novela. Conforme avanza esta, Carlos Rodríguez adquiere la relevancia que no tenía, mientras que José Gálvez va difuminándose y perdiendo la simpatía que se ganó sin esfuerzo.

Influidos por las heroínas enamoradizas y los amantes despechados (lectores ávidos de Pamela de Richardson, Werther de Goethe…) y con el deseo compartido de llegar a emular a su maestro y, más tarde, de dar el salto a otro género (de ahí que intenten leer Consejos para un joven novelista de Johannes Schneider), deciden dar rienda suelta a su fantasía a través de unas cartas supuestamente escritas por una mujer ideal cuya caligrafía suplanta Carlos, quien a su vez, lejos de la moda de los matrimonios concertados, se siente más y más obsesionado con esa criatura inexistente, como si ella fuera su propia musa, aquella gracias a la cual podrá dar forma a esta novela (la historia que este libro nos relata precisamente), escrita por medio de un narrador externo en tercera persona: “Sus movimientos intentan simular seguridad, pero las manos le tiemblan, y en algún momento el sombrero cae rodando por el suelo”.

Tampoco está ausente el humor, aunque en ocasiones sea un humor negro, como el de la rata trasatlántica de las sacas de correos, devoradora de noticias funestas.

Curiosidades sobre reglas de la antigua sociedad limeña, que remiten a la indagación y documentación previas a la redacción de la novela por parte del autor, son de agradecer para entender un poco mejor los entresijos de la época: El amor es una puerta entornada. Un secreto que sólo sobrevive mientras se guarda a medias. Y ese ojo pícaro (referido a la costumbre de la tapada limeña) el anzuelo con que las limeñas echaban a pescar en sus paseos. El cebo del que se dejaban prender los hombres como bobos. ¿Han oído hablar del lenguaje del abanico y del pañuelo? ¿Cuántas palabras de amor podía decir  una mujer sin abrir la boca? Pues lo mismo sucedía con los extraños de las tapadas. Un parpadeo largo significaba: Os pertenezco. Dos parpadeos cortos: Os deseo, pero no soy libre.

Por muy buen poeta que fuera, Juan Ramón nunca me cayó simpático. Sin embargo, sí que debió levantar pasiones (justo acabo de leer que está a punto de ser publicado el diario secreto de Marga Gil Roësset, la joven escultora que se suicidó por amor no correspondido hacia él). Por eso, Georgina no sólo se nos hace creíble sino casi de carne y hueso, y nos sentimos embebidos por su espíritu como le pasó a uno de sus creadores (Carlos).

Gracias a Juan Gómez Barcena por habérnoslos acercado, por esta lectura feliz, por este cielo limeño traído a España, que emergen desde las aguas de mi mar Cantábrico.

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