ANA, LA DE TEJAS VERDES

 Ana de Tejas verdes

Conocía este clásico de la canadiense Lucy Maud Montgomery, primer libro de la serie de ocho que tiene por protagonista a Ana Shirley, desde hace tiempo; pero ahora, ha sido ahora –tras regarlárselo a mi hija de doce años-, cuando por fin lo he leído. (Confieso que esto lo escribí el verano pasado, pero aún no lo había publicado.) Y me ha embelesado de tal modo la locuacidad al tiempo cándida y rebelde de la protagonista que deseo compartirlo.

Este personaje, al que Mark Twain consideró una adorable niña imaginaria como la Alicia de Carrol, se suma a  su Tom Sayer como tercera pata de una inconmesurable trébede infantil. Nadie debería desconocer ni a uno solo de estos tres puntales del imaginario colectivo. Los protagonistas de ficción más famosos de Occidente.

En Avonlea, pueblo ficticio del norte de la Isla del Príncipe Eduardo, se halla la propiedad de los hermanos Cuthbert, unos sexagenarios de escasa dotes sociales que adoptarán por un error subsanable a la pequeña. La huérfana, de once años, llega a su nueva casa para darle una vitalidad y una alegría de la que siempre careció, a causa de la seriedad de Marilla (quien tenía tanto cariño a las normas morales como la duquesa de Alicia en el país de las maravillas, y estaba firmemente convencida de que uno debía instruir en cada aclaración que le hiciera a un niño al que estuviera educando) y la timidez patológica de Mathew. En Marilla recaerá la labor de educar a la niña y en él, la de comprenderla como una verdadera “alma gemela” capaz de permitirle ciertos caprichos (por ejemplo, sus deseadas mangas abombadas).

En esa población cristiana cuyos habitantes mantienen lazos como congregación, esta chica con ambiciones magnánimas y llena de matices como el arco iris se impone ante la uniformidad de criterios y acciones de las demás personas, se hace querer, se convierte en imprescindible. Y llega a transmitir parte de su esencia a sus seres queridos, como cuando Marilla le confiesa el efecto que le produce Rachel: A veces pienso que ella tendría más influencia para el bien, como tú dices, si no estuviera siempre sermoneando a la gente sobre lo que debe hacer. Tendría que haber un mandamiento especial contra el sermoneo.

Por el pueblo vemos desfilar los distintos tipos humanos. Muy interesante es Rachel Lynde, la vecina cotilla y estricta que por haber criado diez hijos cree saber los entresijos de la educación, a pesar de decirse a sí misma en relación a Marilla: Las personas que han criado niños saben que no hay ningún método duro y rápido que convenga todos los niños. Pero aquellos que no los han criado piensan que es tan fácil como una regla de tres. Sin embargo, la carne y la sangre no encajan en las reglas de la aritmética. Precisamente memorable resulta la “disculpa” que le dirige Ana en el capítulo X, una página con la que hasta el lector más aburrido echará una carcajada o esbozará una sonrisa.

Fantasiosa, inteligente, tierna y precoz, Ana y sus enrevesadas oraciones, en ocasiones tan sentidas como altisonantes, resultan un prodigio de verborrea infantil que sorprende a quienes la escuchan aunque la estén leyendo. Qué mejor forma de expresarlo que lo que hallo en sus páginas:

Cuando el crepúsculo deje su cortina caer

Y la fije en el cielo con una estrella,

Recuerda que allí, donde quiera que estés,

Tendrás una amiga que siempre te espera.

La curiosa y presumida Ana Shirley, caracterizada por su extraña y absorbente manera de expresarse y por ser tan terca como de corazón firme, nombra todo lo nuevo que se extiende ante sus ojos con largas y extravagantes expresiones o bien con nombres a su manera de ver románticos: la Avenida se convierte así en el Camino Blanco de las Delicias, la laguna de Barry en el Lago de las Aguas Refulgentes, el cerezo al que se asoma desde la ventana de su habitación el Reino de las Nieves, el geranio Cordelia Bonn

El optimismo voluble de Ana nos da una lección de vida. Para ella, maravilloso es lo que no podría ser mejorado por la imaginación, a la que considera que hay que cultivar (de ahí su club de cuentos, por ejemplo). Desbordante en todas sus relaciones, incluso se crea unas amigas imaginarias (Katie Maurice y Violeta o la chica eco). Es así como Para Ana los días transcurrieron como doradas cuentas de la gargantilla del año. O la vemos soñadora: Ana, con los codos apoyados en el alféizar, su suave mejilla apretada contra las manos y los ojos llenos de ensueños, miraba aquella gloriosa cúpula del cielo vespertino y tejía sus sueños de futuro con el dorado hilo del optimismo juvenil. El futuro era suyo con las posibilidades latentes de los años venideros, cada uno siendo una promesa entretejida en una guirnalda inmortal.

Dulce, cantarina y coqueta, tozuda y orgullosa, esta pelirroja trae una brisa pura y envuelve a la gente que con ella coincide en un aroma a libertad, un rocío de inconformismo, una condensación de bondad y solidaridad. Toda ella era espíritu y fuego. Y es tal su pasión y la vehemencia de su corazón que los placeres y dolores de la vida le llegaban con triple intensidad. Por eso preocupan sus altibajos y su impulsividad, si bien su capacidad para deleitarse con cualquier nimiedad los compensan, mientras funde sus abismos de desesperación con reinos del deleite.

Sin embargo, será su desbordante imaginación la que la meta en muchos problemas cuando no se limite a tener amigas imaginarias y a ser la espectadora del paisaje. Su carácter angelical cautiva tanto como sus travesuras -abocadas a catástrofes de muy diverso tipo- enfadan o sorprenden. Estas, en realidad,  más que los pecados que las mentes cerradas creen ver son errores y mala suerte (los desastres en la cocina, el reto criminal, el bosque fantasmal, el tinte del buhonero, el falso ahogamiento, la pérdida del broche, etc.). Sus equívocos y disparates contribuirán a que se vaya curando de sus “defectos”.

Sus expresiones en cursiva atestiguan el idiolecto del personaje  transcrito por el narrador: pena para toda la vida, divinamente hermosa, espacio para la imaginación, profundidades de la desesperación (en las que tantas veces siente que cae), espíritus géneros, amiga del alma, el hierro ha entrado en mi alma… Por esa mirada que resuelve todo mal y acaba concluyendo que todo es admirable, me traen sus sentimientos y su percepción ecos del Beato sillón de Guillén: Dios está en su cielo, todo está bien, el mundo. Por eso su filosofía nos da alecciona:

  • Tengo gran experiencia al respecto y sé que se puede disfrutar de todo si se está firmemente decidido a ello.
  • Hay algo espléndido en algunas de estas palabras: “infinito”, “eterno”, “poderoso”. ¿No nos son grandiosas? Tienen la solemnidad de un gran órgano cuando suena (…) suena como poesía.
  • Pensar en lo que va a pasar es la mitad del placer (…). Puede que no consigas las cosas, pero nada puede arrebatarte el placer de haberlas disfrutado pensando en ellas. La señora Lynde dice: “Benditos aquellos que no esperan nada porque no serán defraudados”. Pero yo creo que sería peor no esperar nada a quedar defraudado.
  • No se puede estar triste durante mucho tiempo en un mundo tan interesante como este.
  • Cuanto más difícil es el propósito más satisfactorio es lograrlo.
  • ¿No es estupendo pensar que mañana es un nuevo día que todavía no tiene errores? (…) ¿Te has dado cuenta de una cosa buena en mí? Nunca cometo dos veces el mismo error. (…) debe haber un límite en los errores que una persona puede cometer, y cuando llegue al final habré acabado con ellos. Es un pensamiento muy reconfortante.
  • Dijo (la maestra) que debíamos ser muy cuidadosas con los hábitos que adquiramos durante esta edad, porque cuando lleguemos a los veinte años nuestro carácter se habrá desarrollado y los cimientos estarán echados para toda la vida. Y añadió que si los cimientos eran tambaleantes nunca podríamos construir encima nada de valor. (…) Hemos decidido que vamos a tratar de ser muy cuidadosas y crear unos hábitos respetables y aprender todo lo que podamos y ser tan sensatas como sea posible, de modo que cuando tengamos veinte años nuestros caracteres estarán correctamente formados. 
  • Somos ricas (…). Tenemos dieciséis años, somos felices como reinas y todas tenemos imaginación, más o menos.

Durante cuatro años se prepara para proseguir sus estudios en la Academia de la Reina, aunque eso suponga separarse de algunos de sus mejores compañeros (Diana) e intentar sacar la beca Avery. El quinto será el de los cambios y las decisiones: en lugar de aventurarse hacia un futuro en línea recta, se deja llevar por la curva en ese camino y la fascinación por lo que se ignora qué deparará. En su opinión, cuando un horizonte se estrecha, los senderos florecen: La alegría del trabajo sincero, la aspiración digna y la amistad agradable serían suyas; nada podría arrebatarle su derecho a la fantasía o su mundo ideal de ensueños. ¡Y siempre estaría la curva en el camino!

Ana

Ojalá todos viviéramos y nos expresáramos con tanta energía y optimismo. Encontráramos siempre la “curva”, el tropiezo, al que sobreponer nuestro camino. Lo enderezásemos con renovada  fuerza. Y que  nuestros ojos mirasen con nuevos bríos. E, incluso,que si la muerte nos golpea cerca aprendamos de madre e hija en los duros momentos: Nos resistimos a la idea de que algo pueda alegrarnos cuando alguien a quien amamos ya no está aquí para disfrutar con nosotros, y casi nos sentimos como si fuéramos infieles a nuestra pena cuando vemos que el interés por la vida regresa (M a A), pero esto no debe ser así. Perder no significa cerrarse, sino abrirse a nuevos seres y vivencias. Llorar pérdidas es compatible con disfrutar de hallazgos y sonreír a nuevas etapas. Mientras tanto hagamos como dice la señora Lynde: Si no puedes estar alegre, sé tan alegre como puedas.

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