RECOMENDACIONES BREVES

Cuentos para entender el mundo es una colección de relatos de orígenes lejanos y diversos (zen, sufí y clásicos) que han sido modernizados y a los que se suma uno propio, el último, de quien realiza la recopilación, Eloy Moreno. Las moralejas resultan diáfanas y, aunque la mayoría de los relatos sean muy conocidos, esta obrita puede ser un excelente material para el recuerdo y/o el trabajo en el aula con pequeños y no tan pequeños.

Madame Bovery es un libro peculiar, una novela gráfica* que compagina ilustraciones, texto y metaliteratura. En él se nos da una lección de moralidad (nadie es quién de meterse en las vidas ajenas). El arte de husmear y de espiar, ¡ojo!, no es más que el arte de entrometerse y, a veces, falsificar la realidad sin mentir. Además, recuerda como todos somos en parte reos de alguna culpa, porque todos somos culpables de nuestras acciones y de nuestras omisiones y de lo que unas y otras pueden provocar (el manido “efecto mariposa”).

Que la historia con frecuencia se repite es algo obvio, pero si lo que se cree que se repite es una ficción literaria -como si las tramas y los personajes literarios influyesen en las vidas- estamos ante algo más original.

*Un enlace interesante para repasar la diferencia entre cómic y novela gráfica es: https://curiosoando.com/cual-es-la-diferencia-entre-una-novela-grafica-y-un-comic

La guerra civil contada a los jóvenes es un relato histórico tan claro como conciso para entender lo que fue aquella. En esta obra, Arturo Pérez Reverte se encarga del texto y Fernando Vicente de las ilustraciones. Unas y otras sirven para concienciar a sus lectores de las consecuencias, así como para conocer las causas de la contienda. Además, el  glosario final rescata palabras que nos ayudan a entender los hechos: miliciano, legionario, etc.

Tras el exilio de Alfonso XIII, durante la II República, el régimen democrático se ve alterado por el atraso social y los disturbios. Cuando los militares rebeldes del mal llamado bando nacional, insatisfechos tras la guerra contra Marruecos, dan el golpe de estado, verán sendos modelos en la Italia fascista y en la Alemania nazi. El Gobierno, por el contrario, mirará hacia la Rusia comunista, pero las reivindicaciones y revueltas de los obreros y el cisma entre los grupos de izquierdas (socialistas, comunistas, anarquistas) dejarán mal parado al bando rojo. Tras la sublevación el 18 de julio del 1936, las atrocidades de uno y otro signo se multiplican (Guernica, Paracuellos del Jarama) y junto a los pretextos políticos se cede a asedios, represalias y violaciones de los derechos humanos por venganzas personales. En este contexto fueron asesinados Lorca y Muñoz Seca.

Así se impuso la férrea dictadura, y con ella: los consejos de guerra, los encarcelamientos y la represión como simples ajustes de cuentas muy a menudo. Esto abocó al exilio de muchos, los refugiados de aquella época. Estas atrocidades persistían al fin de la II Guerra Mundial (seis años después de terminada la nuestra). De hecho, muchos de nuestros exiliados republicanos lucharon con los aliados o se sumaron a las tropas del ejército soviético o a la resistencia francesa y otros murieron en campos nazis; mientras que soldados falangistas fueron enviados a Rusia para ayudar a los alemanes (División Azul), correspondiendo a las intervenciones externas que en años anteriores se la jugaron en nuestro país (las Brigadas Internacionales para ayudar al poder legítimo, la Legión Cóndor alemana y tropas italianas para ayudar a los sublevados). Cuando los maquis clandestinos regresaron, después de 1945 como guerrillas antifranquistas, carecieron de apoyo aliado, mientras que Franco ya empezaba el acercamiento a las potencias ganadoras.

Unamuno nos dejó una frase para el recuerdo y una lección contra la intolerancia: “Venceréis, pero no convenceréis”. En favor de esa tolerancia -que fue sometida durante 40 largos años- hemos de cuidar de la reconciliación nacional que se reflejó en la legalización de partidos y sindicatos y en la constitución del 78 en el marco de una monarquía parlamentaria.

Rosa Huertas conoce a la perfección a los adolescentes y la literatura, como demuestran sus novelas Tuerto, maldito y enamorado y Mala luna, por algo es profesora en un instituto madrileño. En la primera, la realidad se funde con la fantasía cuando Elisa -para ayudar a su hermana menor que tiene que hacer un trabajo de literatura- entra en un mundo anacrónico e irreal en que el fantasma de un personaje al que corresponden los adjetivos del título enseña claves de la época de Lope de Vega y de este mismo. Así, por ejemplo, nos enteramos de curiosidades históricas como que en la calle Lope de Vega, en el convento de las Trinitarias, se enterró a Cervantes; mientras que en la calle Cervantes se halla la casa en que vivió Lope de Vega.

En Mala luna, el trasfondo es la guerra civil y sus atrocidades, así como la posguerra en que murió (o se dejó morir a) Miguel Hernández. En esta novela, hay también dos planos de ficción, pero más cercanos en el tiempo. En uno se produce la investigación de dos adolescentes que desean recuperar un cuaderno de tapas negras en el que el poeta cabrero pudo escribir sus últimos poemas en la cárcel, que habrían permanecido inéditos, he ahí la principal intriga que, conforme se suceden las páginas, en mi opinión pasa a ser la secundaria, inmersos en el porqué de las reacciones del antagonista. En el otro está la larga confesión en cursiva del abuelo del muchacho, en la cual reconoce sus pecados de obra y omisión, por culpa del rencor y el orgullo. El abuelo de ella tiene una causa pendiente con el de él y con el propio poeta, y gracias a su nieta podrá saldarla. El otro tiene varias en su haber (con los anteriores y con su propio hijo, especialmente) y sólo su nieto le devolverá un poco de la humanidad que su expurgo y el recuerdo del primero le han negado.

Magnífica obra para acercar a los jóvenes a la dureza de una época y a la psicología de diferentes personajes y para dejarse apaciguar con la idea de que siempre existen dos caras -invisibles la una para la otra- de una misma moneda. Porque nada es enteramente lo que parece, aunque mucho de lo que es se explique por lo que parece ser.

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