¡NO LLORES, DESPIERTA!

la-llorona

La llorona de la chilena Marcela Serrano traba la leyenda de la madre que asesinó a sus hijos con la de Ella, una madre a la que a los pocos días de nacer se le dice que su hija ha muerto. Pero también es la historia de una lucha y un reencuentro, y de una determinación férrea en la que el universo femenino se presenta como el único ser por encima de las convenciones contra viento y marea. Y la de un regreso a los orígenes: la ciudad se presenta como un abismo, el pueblo pequeño como una promesa y el campo perdido como una pesadilla a la que luego se vuelve convertido en un refugio, ese es su itinerario de ida y vuelta. La vida es el devenir entre los sueños y las pesadillas que un terapeuta intentará explicar sin acierto a la protagonista. Entre ellos encontramos reminiscencias mitológicas, como la del Toro sobre el que escapa lo mismo que Europa.

Esta novela se estructura en cuatro partes con nombre de mujer, y un epílogo titulado Hoy, todas ellas escritas en los cuatro cuadernos que encontró en el centro penitenciario en el que la protagonista fue ingresada. La primera, Ella, consta de cuatro capítulos y nos relata la historia en primera persona de la narradora (cuyo nombre podría ser el de cualquier otra, dado que su antropónimo  -coincidente con el pronombre personal de tercera femenino- engloba a todas las mujeres), quien parece que se dirige a unos lectores ideales a los que se dirige con respeto (ustedes). Toda la obra es una especie de larga epístola, como la de Lázaro, en que se nos cuenta qué demonios hizo para acabar presa en un hospital psiquiátrico (como una de las treinta locas-presas, frente a las otras internas, las locas-locas) durante seis meses.

Esta mujer que podría ser cualquiera también es única, ya que destaca tanto en su familia como fuera de ella: deja el campo para ir al pueblo y mejorar, estudia secundaria con gran esfuerzo mientras trabaja, es reivindicativa y llega a hacerse popular. La locuaz Ella es la voz de los que no se resignan, heredera del orgullo materno pero no de su silencio, mientras que sus hermanos remiten a la historia reciente de su país (insurgentes que acaban por cruzar fronteras). Pero los hombres, en general, se nos presentan como meros trabajadores (padre, marido) que aceptan la vida tal y como les llega (la excepción sería la de los intelectuales convertidos en guerrilleros). Del hombre que no se queja y que no está a la altura, Ella se desentiende, precisamente por esto perderá a su marido.

Ella, no. Ella no se amilana. Cuando se enamora y conoce el paraíso de mano del filósofo al que llama su príncipe, no pierde tiempo al perderlo en autocompadecerse, ve el lado bueno, no se siente vacía sino llena por haber sido amada, él le ha dejado la reservas de amor necesarias para sobrevivir a otros cielos menos paradisíacos: “sabía que tarde o temprano la vida me mostraría su avaricia, pero confiaba en la reserva esa que el amor me había dejado”. Tampoco se arredra cuando se le dice que su hija ha fallecido mientras no estaban en el hospital y que la niña ha sido incinerada.

La novela representa también la historia de cómo la educación supone un salto de la vida miserable a la vida que se añora y de la que sólo disfrutan por cuna los insultantes ricos. Por eso a la protagonista le gusta pensar que grandes poetas tampoco habían llegado a la universidad y rodearse de mujeres fuertes, personajes que más que secundarios son principales en su vida. Ella primero trabaja en un restaurante donde tiene sus primeros amoríos, después en una especie de mercería, cuya dueña la tiene por nieta postiza, y más tarde en la ONG que funda junto a otras mujeres en ayuda a madres que han perdido sus hijos sospechosamente.

La segunda parte titulada Olivia y compuesta de tres capítulos, comienza con la decisión de Ella de no rendirse e investigar el caso. Para ello cocina pastelitos y cada día acude a venderlos fuera del hospital en donde dio a luz. Es así como conoce a esta alta abogada que da nombre a esta parte, impulsora de la ONG  y quien le recuerda a “su príncipe” porque ambos son la educación en persona. Ella, que aprende de todo su entorno y usa esos conocimientos (tenía un cuñado zapatero), la conoce al arreglarle un tacón que se le ha roto.

A pesar de que sabe que solo hay dos posibilidades: que su hija haya sido dada en adopción o vendida para el tráfico de órganos, Ella no desfallece. Poco después conoce a Jesusa, cuyo hijo es dado por muerto e incinerado en el mismo hospital, mientras Olivia empieza a investigar el historial de este (el número de niños muertos e incinerados en él), y juntas trazan un plan para destapar la trama.

Cuando se percata de lo que ocurre, que trafican con los niños de las mujeres a las que creen “pobres e ignorantes”, nos recuerda a los versos de Miguel Hernández esos que dicen que llegó con tres heridas (amor-muerte-vida): “El corazón me dio tres vueltas. Una por la rabia, otra por el miedo y la tercera por la pena”. Sin embargo, ella no se considera ni tonta ni pobre es “la puntada suelta” que han dejado los delincuentes. A partir de entonces, se dedican a abochornarlos a la entrada de otras maternidades con carteles que avisan a las madres de que roban hijos. Con las mujeres  sobre aviso, comienzan las denuncias. Y cuando uno tiene una causa, nada se le pone por delante.

Preciosa es la cita de William Blake: “¿De quién es ese fatal destino? ¡Creo que es mío! / ¿Por qué mi corazón zozobra? ¿Por qué vacila mi lengua? / Si tres vidas tuviese las tres daría por la causa / y me erguiría con los fantasmas sobre el reñido campo de batalla / ¡Preparaos, preparaos!”

Ella, alegre, agradecida, pacífica, ni se queja ni se resigna, y no se desmorona cuando escucha o lee “hablar en difícil”. Aborrece a las malas lenguas, como esas vecinas que la acusan de asesina. Es carismática, inteligente y empeñosa, por lo que Olivia la enseña y ella aprende cuanto puede (las palabras cultas del diccionario, la geografía de la capital, a hablar en público a base de práctica, a escribir) para hacerla crecer;si bien no quiere aconsejarla sobre vestuario porque no pretende cambiar su identidad. Tanto es así que Olivia llama a Ella “mi Elisa Doolittle”, aquella florista de los barrios bajos ingleses que se convierte en una especie de princesa, en la obra Pigmalión, del irlandés George Bernard Shaw.

Para Olivia uno de los mayores problemas de su continente es que todo él se desvanece entre militares, presos políticos, eliminación de las tribus originarias, guerras contra los insurgentes, huelgas de obreros o mineros y ahora con la desaparición de los recién nacidos. Por otra parte, la vida de estas dos mujeres se ve entrelazada por el azar como si alguien hubiera tejido alrededor de ellas una tela de araña. El príncipe de Ella se fue por razones políticas. Y Olivia reconoce que ella también tuvo su príncipe.

La tercera parte consta de otros tres capítulos y se titula Elvira, enfermera de la madre de Olivia (a la que agradece así el que la pagase los estudios) y que las ayudará en su cometido: mejorar su capacidad para enfrentarse a las entrevistas y presentarse lo mejor posible en la televisión o en la universidad en representación de muchas mujeres. Este nuevo personaje, que en realidad trabaja en un hospital psiquiátrico, será clave en su historia personal. Ella, Olivia y Elvira conforman los tres “pilares de la solidaridad”.

El azar de nuevo la lleva a conocer en un acto a la esposa del Ministro del Interior, momento en que reconoce en una de sus hijas a la hija propia. Su reacción la abocará al encierro. El infierno es una locura sin remisión y gracias a las otras mujeres conseguirá sobrellevar su ingreso, sobre todo a partir de que la nombren encargada de la biblioteca y cineteca del centro.

Entonces se obra el milagro: la niña secuestrada es a su vez secuestrada por unos guerrilleros a los que se la acabarán secuestrando para restituirla a la vida que no fue, a la vida primera, como una alhaja en manos de terceros antes de devolvérsela a quien le pertenecía, dirá Ella. Además se denuncian las detenciones ilegales y las torturas que sufren algunos detenidos. Y se descubre una coincidencia entre el abuelo paterno y la niña desaparecida que, junto a la foto de la casa de sus abuelos maternos, demuestra que hay cosas que no se pueden esconder.

La cuarta parte, también de tres capítulos, se titula Flor, quien acabará siendo una jefa de sedede la ONG  y es la artífice en gran medida de que la gente caiga en la cuenta de lo que ocurre. Que se confunda mudez (tenía un problema en el paladar que la impedía hablar) y sordera provoca que se convierta en una testigo clave de los hechos. No es ignorante porque un cura bueno la enseñó a leer y escribir. Tras la fuga, hay que decidir cómo no ser descubierta y le pedirá ayuda.

El epílogo, Hoy, nos devuelve al terruño, al campo en estado de gracia, cercano al beatus ille, a la vida sencilla del sembrar y ordeñar. Si bien nos preguntamos por la verosimilitud del final y tememos que se cumpla la profecía de la llorona cuando Ella, alocada, salvaje, irresponsable, ya no ve más riesgos que una segunda pérdida. En cualquier caso, la novela nos deja una querencia hacia ese personaje que cortaba cebolla para justificar su llanto.

¡Ojalá existiera el iluminador árbol de las verdades de la infancia de Ella!

Citas:

  • Descubrí que usar las palabras era como coser a ciegas, por eso me enamoré de ellas. Hilos con sonido.
  • Nuestros amores fueron como los misterios del Rosario: gloriosos, gozosos y, cómo no, dolorosos.
  • Si algo distingue al paraíso es que en algún momento deja de serlo, todos somos expulsados de allí, tarde o temprano.
  • Los Sueños debían recordarse para que no quedaran dentro del corazón formando nudos que luego provocarían dolor.
  • Pudor me daba que gastara tiempo en mí y se lo confesé. No es por ti, mujer, es por todas las personas como tú, es por mi país en el que invierto tiempo. Calladamente me pregunté: de haber detenido educación, ¿sería yo como ella?
  • Las mujeres pobres tienen pocas ocasiones de estar con otras conversando y haciendo cosas importantes. La amistad (…) la parecía el resultado natural. Éramos todas solidarias de la misma causa. Olivia pasó a ser el ángel guardián que algún dios bueno nos envió para velar por nosotras. Todas las tardes, camino a casa pensaba en una cosa: la educación. (…) la línea que divide al mundo, que determinaba nuestro pasado y el porvenir.
  • A pesar de las penas, creía que ser mujer era más divertido que ser hombre. Cuando me miró raro, le dije rapidito, como quien no quiere la cosa: nosotros tenemos hijos e ilusiones; los hombres sueñan poco.
  • Quizá la vida es así, dos verdades corriendo juntas como dos cauces paralelos que desembocan en un mismo río.
  • Sin verdad no hay castigo, dijo Olivia. Contesté: quiero que me mientas si eso me ayuda a sobrevivir. Como una potranca herida, daba mis últimos corcoveos. Inútiles. Ella creía en los países y en el futuro. Yo, en las necesidades de los que estamos vivos.
  • Me moría de frío. Las otras no. Por vez primera se me ocurrió que la temperatura del cuerpo estaba conectada con la lucidez mental.
  • Si te mientes cada día y finges indiferencia, llegara un amanecer en que te habrás vuelto indiferente. Prueba a hacerlo con paciencia.
  • Los que se aburren son casi siempre los que no tienen la capacidad de parir algún proyecto, por pequeño que sea, los que no creen en el día de mañana.
  • Construir la vida es más difícil que morir, me dijo Antonio, luego agregó: lo dijo un poeta ruso, no yo.
  • A cada minuto su propio afán.
  • Alimentar y abrigar. Los dos verbos que conjuga instintivamente la madre.

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: