LA MIRADA DE ROSARIO GÓMEZ

De vuelta de Madrid, en donde Rosario Gómez presentó mi último poemario y la reedición conjunta de tres anteriores, como vine anunciando,  el viernes 15 de febrero en la Casa de Cantabria, quiero dejar constancia de sus palabras. ¡Parece que empieza a ser un clásico por estos lares! Además, por medio de estas líneas deseo agradecer su asistencia a las personas —completamente entregadas, a pesar de ser la poesía un género minoritario (por desconocimiento, creo)— que nos recibieron con calurosos aplausos.

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Queridos amigos, buenas tardes.

Elena Camacho Rozas  y yo, Rosario Gómez, agradecemos vuestra presencia y cita con la Poesía en este viernes. Cuando podíais haber elegido otras opciones, habéis preferido acompañarnos. Seguro que los versos de Elena van a acariciar vuestros sentidos, y vuestras emociones se envolverán con el arrullo de su voz. Disfrutadlos.

Decía Aristóteles que: «La Poesía es lo que podría acontecer», a diferencia «de la Historia, que es lo que acontece», y apunta a una cierta comprensión de la realidad y la vida humana, esencial a la poesía, para que esta tenga sentido. Al leer los dos poemarios de nuestra poeta, se revela ante mí una mujer atenta al mundo y a cada una de sus formas, de sus perspectivas; que se entrega a la creación y al estudio de la palabra ―como buena filóloga― para transformarlo todo y generar algo que va más allá de la naturaleza y se diferencia de ella. Afirmaba Juan Ramón Jiménez en sus ideas líricas que: «Poeta es el que arranca el tesoro de la inmensidad a la eternidad». Y añade, además: «En poesía, la profundidad no es una calidad aislada, ni depende solo de la “idea”; viene, emana de una fusión del color, la música, la pasión o la serenidad; cuando todo esto coincide en ese punto de sensualidad que señala el parto feliz, está la “felicidad de la creación”».

Antes de presentaros a Elena, voy a leer un breve poema suyo, extraído de Ars adivinatoria, que lleva el número 16:

El sol de frente siempre ciega los sueños.
Pero si vuelves tu espalda a la ceguera,
te cegará la sombra que frente a ti se yergue.

Como veis, a pesar de que nuestra poeta siente que la ciegan el sol y la sombra, no se amilana y sigue adelante enfrentándose al mundo con su poesía. Sale de su tierra, Cantabria, y hoy tenemos el privilegio de tenerla por primera vez en Madrid. Leo algunos datos de su biografía:

  • Nacida en Santander, es Licenciada en Filología Hispánica (ramas de Literatura y de Lengua) por la Facultad de Filología de la Universidad de Oviedo.
  • Accede al grado de doctora en Filología Hispánica tras defender su tesis: “El lenguaje no verbal a la luz del lenguaje verbal literario en El Jarama de Sánchez Ferlosio y en El día señalado de Manuel Mejía Vallejo”.
  • Tiene estudios de música (piano), y esta sensibilidad la transmite en muchos de sus versos.
  • Ha quedado finalista y ha recibido menciones especiales en varios Concursos de Poesía de Cantabria. Y con la novela hace sus piruetas, aunque aún no haya publicado ninguna.
  • Culturalmente hablando es una mujer muy inquieta. De ahí que haya colaborado en diversos proyectos artísticos: Género femenino, número plural, 2013; Teresa: erótica de la luz, 2015; Acogida sí, guerra no, 2017; 100 x 27 mujeres sinsombrero, 2018; entre otros.
  • También realiza el trabajo de crítica y divulgación literaria desde su blog personal, donde además, escribe poemas y microrrelatos. Os aconsejo que lo visitéis: https://elenacamachorozas.wordpress.com

En actos como el de hoy, hablamos de la importancia de la palabra. Mediante la lírica, el poeta atiende a sus sentimientos, a sus sensaciones y emociones para expresarlos a través de palabras. Son sus vivencias, sus experiencias las que dan vida a sus versos. O sus presentimientos, porque el escritor para escribir, piensa; mientras el poeta siente. Y ahí queda la obra para que el lector u oyente la interprete. Con esta idea, tiene Elena un poema en su obra Trizas y trazos, Poder de seducción, que les recito:

Se estremecen las hojas de los libros
en que quedan guardados pensamientos
que el lector recolecta entre lo impreso.
El autor sugirió esto o aquello,
pero solo el ojo que leyó avieso
logró rescatar de entre la niebla
de la incierta grafía retazos ocultos
de su propia vida en la invención del otro.

En la escritura de nuestra autora no cabe un lenguaje vano de contenido. Sus versos son cálidos, próximos, concretos, mima la palabra y va a su significado verdadero. Su temática es variada, pero está siempre conectada con sencillez a lo cotidiano, a lo que sus sentidos perciben en el día a día.

Nos habla de la libertad con convicción, porque no la entiende de otro modo: «No quiero más cadenas que aquellas que se abren». Nos anima a vivir y a conseguir nuestros sueños: «El halago del pasado alcanforado huele a muerto. ¡Vive el hoy! El mañana no ha llegado, aunque una mano anticipada le está dando al ayer. No te entretengas, no demores la vida, no dilates tus sueños». Nos aconseja ―y pienso que muy bien― cómo deben ser los besos, el sentimiento verdadero: «Los besos necesitan el corazón en la mano, la intención se precisa y los labios también». Nos dice cómo debe ser la eternidad: «La eternidad es reencontrarse en mil detalles, redescubrir su sentido mirando acompañado, desvivirse por alguien mientras sangra el tiempo». O cómo entiende ella el recuerdo: «Siempre hay alguien destilando su recuerdo en otros seres. […] Siempre habrá quien se enrede en los espejos de los ojos que tú miras». Elena se atreve con temas como la falsedad: «Sonríes, pero tu reflejo en un escaparate dista mucho de dibujar la efigie del contento». Y también canta al paso del tiempo: «Al escribir la fecha en una hoja dejas constancia en ella de cómo la vejez servilmente se posa en cada empresa». De este modo, nos dice nuestra poeta qué queda en Rescoldo de una pasión, y juega con lo que queda tras ella y lo que se pierde: «Tus manos sin pudor despiertan mi recato. Y la pasión que hierve finalmente me deja, de tan caliente…, frita».

METAMORFOSIS. Bodegones y otras naturalezas vivas es un título que nos sugiere cambio, transformación, mudanza; quizá, también, ¿sorpresa…? Pienso que sí. Oscar Wilde decía: «Siempre me sorprendo a mí mismo. Es lo único que hace que la vida sea digna de ser vivida». Con esta obra, Elena nos sorprende. Todos sabemos que estamos en constante evolución; por tanto, es normal que nuestra poeta, al igual que otros escritores, nos “muestren” su vivir ―sus experiencias― y nos sorprendan con sus textos. Ella ha ido desechando de su senda poética atavíos, florituras y piruetas lingüísticas para quedarse con la esencia, con la sencillez y la belleza de la palabra, se queda con la “sustancia”. De ahí que en este poemario encontremos, en su inmensa mayoría, títulos de sustantivos: Tintero, Vaso, Hornacina, Pozo, Jarrón, Brindis, Edificaciones, Gárgola, Ortiga, Paraíso… Son elementos de una naturaleza, viva o muerta, que Elena transforma o recrea con su representación poética.

No puedo pasar por alto la DEDICATORIA. Original, atrayente e inclusiva, ya que no excluye a nadie. Elena no deja nada al azar. Sabemos que cualquier lectura y más, si cabe, un poemario por personal e íntimo, no dice a todos lo mismo. Y esta obra va dedicada por la autora a cada lector, que se va a sentir identificado en ella y con ella.

Llama mi atención también la ESTRUCTURA del libro, dividido en cuatro partes desiguales. Cabe preguntar a la autora, ¿cómo surgió el título? ¿Por qué esta estructura?, pues la cuarta parte queda solo con un poema, titulado “Cuando te devolví la carta”, un texto muy visual y que aconsejo que lean detenidamente. No sé si nuestra autora querrá decirnos algo sobre él.

Con la palabra ‘TINTERO’ empieza y acaba Elena su obra, ¿no os parece sugerente? ¿O creéis que es casualidad? Yo no lo creo. Por curiosidad ―pienso que es algo que atañe a los filólogos―, he buscado la etimología de esta palabra en el CORDE ―Corpus Diacrónico del Español― y su origen, en un texto español, se remonta a mediados del siglo XVI, para ser más exactos a 1555; aparece en la segunda parte de El lazarillo de Tormes, de autor anónimo, como todos sabemos.

Elena es docente, y ejerce su docencia en un Instituto, cerca de Santander. Como profesora de Literatura, sabe el significado del agua, de los elementos líquidos y acuosos, como la tinta. Remiten al Mundo Clásico, han pasado por el Medievo y han llegado hasta nosotros; tienen una carga erótica importante. Conoce bien la Lengua, la interpreta, elige la palabra precisa para sus versos y la plasma de forma pedagógica. Sabe de Filosofía, de Música, de Historia, de Religión… son reiteradas las referencias que hace a las artes. Algunos de sus poemas son “instantáneas de la vida” plasmadas con hermosas voces. El poema Ambivalencia es un buen ejemplo. En él nos habla del amor de este modo:

Todos los amores son fronterizos,
navegan por abismos y arenas movedizas
entre el amor propio y la playa del orgullo ajeno.
Se encallan en lo otro. Se ahogan en lo uno.
Se desvanecen cual gotas de agua sumidas
en dunas con hierbajos profundos
atados al subsuelo.
Todos somos la fiebre y el agua que la aplaca…

METAMORFOSIS nos habla de personas, de objetos, de sentimientos, de imágenes, de vivencias personales pero, sobre todo, nos habla de emociones. Decía Ernestina de Champourcín en una de sus cartas a Carmen Conde que: «Sin “emoción” no hay poesía posible, ni arte». Y continuaba en otra de sus misivas a su amiga: «Me pierdo de verdad como no me sacuda algo fuerte y bello, más poderoso que todo». De esas “emociones” y “sacudidas” sabe mucho nuestra autora. Figuras literarias como el oxímoron, el paralelismo, la metáfora, la aliteración… llenan sus versos de ritmo y musicalidad. La obra es la creación de una persona muy instruida y podemos calificarla de excelente.

En marzo de 2016 tuve la suerte de conocer a doña Francisca Aguirre, Premio Nacional de las Letras 2018. Además, pude hacerle una entrevista en su casa. A la pregunta de cómo siente ella el acto de escribir, de crear, me respondió: «Soy partidaria de que el arte tiene que ir paralelo con la vida. Esto de escribir es una mezcla de muchas cosas, porque la vida son muchas cosas. […] El arte, el pensamiento, la música, la inocencia… son los pregoneros de lo más interno e intangible del ser humano: las emociones». Hay un verso de Paca que me encanta, con él acabo y doy la palabra a Elena Camacho Rozas, a quien deseo todo lo mejor para esta tarde y para su futuro poético, profesional y personal:

«Todo el que vive, carece.»

Y es verdad; siempre nos falta algo. Pero os aseguro que de lo que no vamos a carecer esta tarde es de deleitarnos con la buena poesía.

Por último, como encantó una de las que recité, titulada Desconcierto (publicada solo en este blog), la rescato y enlazo aquí. Junto a la de mi hija mayor, Alicia, aparece la que luego dedique a la peque, Laura, como no podía ser menos. Ambas son mis mejores creaciones, las más bellas, profundas, originales y ciertas. Por ellas sigo en pie cada día (y, a veces, cada noche). Ellas me congracian con el mundo y me devuelven siempre las ganas de vivir. Gracias por existir: