ALGUNOS CLÁSICOS

Mi querido y admirado siempre Mario Benedetti juega, en el microrrelato Todo lo contrario,  con los componentes de las palabras, esas piezas del puzzle del idioma que los lingüistas llamamos morfemas, y crea una simpática historia que nos puede dar mucho jugo en las clases de Lengua:

-Veamos –dijo el profesor-. ¿Alguno de ustedes sabe qué es lo contrario de IN?
-OUT – respondió prestamente un alumno.
-No es obligatorio pensar en inglés. En Español, lo contrario de IN (como prefijo privativo, claro) suele ser la misma palabra, pero sin esa sílaba.
-Sí, ya sé: insensato y sensato, indócil y dócil, ¿no?
-Parcialmente correcto. No olvide, muchacho, que lo contrario del invierno no es el vierno sino el verano.
-No se burle, profesor.
-Vamo a ver. ¿Sería capaz de formar una frase, más o menos coherente, con palabras que, si son despojadas del prefijo IN, no confirman la ortodoxia gramatical?
-Probaré, profesor: “Aquel dividuo memorizó sus cógnitas, se sintió fulgente pero dómito, hizo ventario de las famias con que tanto lo habían cordiado, y aunque se resignó a mantenerse cólume, así y todo en las noches padecía de somnio, ya que le preocupaban la flación y su cremento.”
-Sulso pero pecable –admitió sin euforia el profesor.

Del magnífico y comprometido Gabriel Celaya, ¡cómo no!, La Poesía es un arma cargada de futuro:

Cuando ya nada se espera personalmente exaltante,
mas se palpita y se sigue más acá de la conciencia,
fieramente existiendo, ciegamente afirmado,
como un pulso que golpea las tinieblas,

cuando se miran de frente
los vertiginosos ojos claros de la muerte,
se dicen las verdades:
las bárbaras, terribles, amorosas crueldades.

Se dicen los poemas
que ensanchan los pulmones de cuantos, asfixiados,
piden ser, piden ritmo,
piden ley para aquello que sienten excesivo.

Con la velocidad del instinto,
con el rayo del prodigio,
como mágica evidencia, lo real se nos convierte
en lo idéntico a sí mismo.

Poesía para el pobre, poesía necesaria
como el pan de cada día,
como el aire que exigimos trece veces por minuto,
para ser y en tanto somos dar un sí que glorifica.

Porque vivimos a golpes, porque apenas si nos dejan
decir que somos quien somos,
nuestros cantares no pueden ser sin pecado un adorno.
Estamos tocando el fondo.

Maldigo la poesía concebida como un lujo
cultural por los neutrales
que, lavándose las manos, se desentienden y evaden.
Maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse.

Hago mías las faltas. Siento en mí a cuantos sufren
y canto respirando.
Canto, y canto, y cantando más allá de mis penas
personales, me ensancho.

Quisiera daros vida, provocar nuevos actos,
y calculo por eso con técnica qué puedo.
Me siento un ingeniero del verso y un obrero
que trabaja con otros a España en sus aceros.

Tal es mi poesía: poesía-herramienta
a la vez que latido de lo unánime y ciego.
Tal es, arma cargada de futuro expansivo
con que te apunto al pecho.

No es una poesía gota a gota pensada.
No es un bello producto. No es un fruto perfecto.
Es algo como el aire que todos respiramos
y es el canto que espacia cuanto dentro llevamos.

Son palabras que todos repetimos sintiendo
como nuestras, y vuelan. Son más que lo mentado.
Son lo más necesario: lo que no tiene nombre.
Son gritos en el cielo, y en la tierra son actos.

El poema “Cuando los nazis vinieron…“, de Martín Niemöller, aunque atribuido erróneamente con frecuencia a Bertolt Brecht, es una pequeña joya en contra de la intolerancia y del conformismo ante cualquier clase de tiranía. Cuando se ataca al diferente se ataca a lo semejante, así que no se puede consentir ninguna imposición inhumana porque acabará pasándonos factura:

Cuando los nazis vinieron a buscar a los comunistas,

guardé silencio,

porque yo no era comunista.

 Cuando encarcelaron a los socialdemócratas,

guardé silencio,

porque yo no era socialdemocrata.

Cuando vinieron a buscar a los sindicalistas,

no protesté,

porque yo no era sindicalista.

Cuando vinieron a buscar a los judíos

no protesté,

porque yo no era judío.

Cuando vinieron a buscarme,

no había nadie más que pudiera protestar.

Wislawa Szymborska es una autora que usa una lengua viva, a menudo coloquial, que reúne frases hechas, juegos de palabras y otros divertimentos, por lo que su suerte en otros idiomas radica en parte en la pericia de sus traductores.  Los temas de su poesía -según la propia autora dice- nacen todos del amor,  incluso si transmiten el mal. Y se intuye cierto panteísmo en ella. La cosmovisión que impera es la de que todos somos parte de un conjunto en el que cualquier otro ser (los animales, las plantas) y no-ser (las piedras, los objetos) no hace sino demostrar que todos somos distintos y al mismo tiempo todos somos parte de ese Todo global que es la vida y el universo con sus influjos mutuos. Por eso en su obra cabe cualquier aspecto de la realidad y el sueño (éste no sería sino una parcela de aquella). Ella misma dice de su poesía que “como la vida, es una moneda: tiene una parte trágica y una parte cómica”, a la que se añadiría un espíritu universalista, aunque no se considere muy viajera. 

Szymborska la viajera de, en y con los libros:

A mi corazón el domingo

Gracias te doy, corazón mío,
por no quejarte, por ir y venir
sin premios, sin halagos,
por diligencia innata.

Tienes setenta merecimientos por minuto.
Cada una de tus sístoles
es como empujar una barca
hacia alta mar
en un viaje alrededor del mundo.

Gracias te doy, corazón mío,
porque una y otra vez
me extraes del todo,
y sigo separada hasta en el sueño.

Cuidas de que no me sueñe al vuelo,
y hasta el extremo de un vuelo
para el que no se necesitan alas.

Gracias te doy, corazón mío,
por haberme despertado de nuevo,
y aunque es domingo,
día de descanso,
bajo mis costillas
continúa el movimiento de un día laboral.

De Mil alegrías -Un encanto, 1967     

 Amor a primera vista

Ambos están convencidos
de que los ha unido un sentimiento repentino.
Es hermosa esa seguridad,
pero la inseguridad es más hermosa.

Imaginan que como antes no se conocían
no había sucedido nada entre ellos.
Pero ¿qué decir de las calles, las escaleras, los pasillos
en los que hace tiempo podrían haberse cruzado?

Me gustaría preguntarles
si no recuerdan
-quizá un encuentro frente a frente
alguna vez en una puerta giratoria,
o algún “lo siento”
o el sonido de “se ha equivocado” en el teléfono-,
pero conozco su respuesta.
No recuerdan.

Se sorprenderían
de saber que ya hace mucho tiempo
que la casualidad juega con ellos,

una casualidad no del todo preparada
para convertirse en su destino,

que los acercaba y alejaba,
que se interponía en su camino
y que conteniendo la risa
se apartaba a un lado.

Hubo signos, señales,
pero qué hacer si no eran comprensibles.
¿No habrá revoloteado
una hoja de un hombro a otro
hace tres años
o incluso el último martes?

Hubo algo perdido y encontrado.
Quién sabe si alguna pelota
en los matorrales de la infancia.

Hubo picaportes y timbres
en los que un tacto
se sobrepuso a otro tacto.
Maletas, una junto a otra, en una consigna.
Quizá una cierta noche el mismo sueño
desaparecido inmediatamente después de despertar.
Todo principio
no es mas que una continuación,
y el libro de los acontecimientos
se encuentra siempre abierto a la mitad.

De “Fin y principio” 1993     

 

Alegría de escribir

¿A dónde va la corza escrita por el bosque escrito?
¿A tomar agua escrita
que refleje su hocico puntualmente?
¿Por qué alza la cabeza?; escucha algo?
Se apoya en cuatro patas que la verdad le presta.
Mueve bajo mis dedos una oreja.
Silencio, esa palabra, susurra en el papel
como las otras y remueve ramas
por las palabras del bosque cansadas.
En la hoja blanca de papel acechan
letras que pueden componerse mal,
frases que pueden ser un cerco
y no habrá salvación.
En la gota de tinta un regimiento
de cazadores enfocan la mira
listos para correr pluma empinada abajo,
cercar la corza y preparar el tiro.
Olvidan que esto no existe
Otras leyes gobiernan el blanco sobre negro
parpadeará el ojo el tiempo que yo quiera
y podré dividirlo en pequeñas eternidades
llenas de balas quietas en el aire.
Por siempre, si lo ordeno; nada pasará aquí.
Ni una hoja caerá si no lo quiero
ni las pezuñas hollarán la hierba
¿Existe pues un mundo sobre el cual
soy un destino independiente?
¿Ese tiempo al que une la cadena de signos,
existe bajo mis órdenes constantes?
La alegría de escribir.
La posibilidad de eternizar.
La venganza de una mano mortal.

De la antología de microcuentos OJOS DE AGUJA, tomo este ejemplo clásico en versión de JEAN COCTEAU. Todo un hito oriental en la expresión de la sorpresa. La peripecia vuelve el destino contra el que huye de él.

EL GESTO DE LA MUERTE
Un joven jardinero persa dice a su príncipe:
—iSálvame! Encontré a la Muerte esta mañana. Me hizo un gesto de amenaza. Esta noche, por milagro, quisiera estar en Ispahán.
El bondadoso príncipe le presta sus caballos. Por la tarde, el príncipe encuentra a la Muerte y le pregunta:
—Esta mañana, ¿por qué hiciste a nuestro jardinero un gesto de amenaza?
—No fue un gesto de amenaza —le responde— sino un gesto de sorpresa. Pues lo veía lejos de Ispahán esta mañana y debo tomarlo esta noche en Ispahán.

A esta misma antología acudo para tomar el siguiente, que juega con los sobreentendidos y las ambigüedades. Si deseas leer otro ejemplo de esto mismo, busca en la subpágina de ALGUNOS INESPERADOS. Que disfrutes de una sorprendente y fructífera lectura (especialmente en el segundo caso, el de GRATAS SORPRESAS):

 PRIMERA VEZ de ÁLOE AZID  

Aquí estamos los dos, uno delante del otro. Nerviosos, pero decididos. Sabemos que cualquier inexperiencia será superada con creces por nuestro amor, o eso dicen. Sonríe, te digo, y tus ojos lo hacen por tus labios, háblame, te digo, y tu silencio lo hace por tu voz, quiéreme, te suplico, y depositas tu mirada en la mía, haciéndolo. Y me abrazas.
Realizamos despacio cada gesto por temor a equivocarnos, para dilatar el tiempo y saborear el instante cincelándolo en la lengua. Me llega tu respiración cada vez más agitada conforme vas desnudándome. Lentamente nos despojamos de las prendas y vamos en pos del ser que hay delante para cometer el acto milagroso de confluir en una vida como si la apresáramos. Nos entre tenemos en cada caricia para precisar el sentido del otro, para permitirnos calar desde la superficie hasta lo profundo y trascender los cuerpos. Dejamos a las bocas que se beban, a las carnes de los Labios que se atrapen, a las lenguas enloquecidas que se enreden, a las comisuras elongarse en su avidez por engullirse. Se ablandan los huesos, se endurece la carne. Las pieles se erizan de deseo que aplacan sumergiéndose la una en la otra. La búsqueda dubitativa culmina en la unión aún torpe, después cierta.
Abandonados los cuerpos a sí mismos, comenzamos a derramarnos en el otro. El placer emergente rinde los párpados. Comienza el roce de filos de almas, el oleaje del cosmos, el vaivén de océanos abisales, el sol ha muerto, es tormenta y noche, relámpagos cortantes abren la negrura, rayos y crujidos de trueno se clavan en la espina dorsal, la mente se diluye en el choque, chilla hasta que se rompe, y sus añicos tintinean en ecos solitarios que desfallecen cada vez con mayor lejanía en la oscuridad. Los ojos se entreabren mientras llueve con mansedumbre la dulzura y se expanden, algodonándose, nubes de paz que navegan hacia el horizonte, para morir.
Cuando caemos en nuestros cuerpos, ya está. Tú me has leído. Yo te he escrito. Hemos sembrado un hijo, un amor, el cuento.

De BORGES es singular, pese a explotar el tópico del río como la vida que fluye, su ARTE POÉTICA:

Mirar el río hecho de tiempo y agua
y recordar que el tiempo es otro río,
saber que nos perdemos como el río
y que los rostros pasan como el agua.

Sentir que la vigilia es otro sueño
que sueña no soñar y que la muerte
que teme nuestra carne es esa muerte
de cada noche, que se llama sueño.

Ver en el día o en el año un símbolo
de los días del hombre y de sus años,
convertir el ultraje de los años
en una música, un rumor y un símbolo,

ver en la muerte el sueño, en el ocaso
un triste oro, tal es la poesía
que es inmortal y pobre. La poesía
vuelve como la aurora y el ocaso.  

A veces en las tardes una cara
nos mira desde el fondo de un espejo;
el arte debe ser como ese espejo
que nos revela nuestra propia cara.

Cuentan que Ulises, harto de prodigios,
lloró de amor al divisar su Itaca
verde y humilde. El arte es esa Itaca
de verde eternidad, no de prodigios.

También es como el río interminable
que pasa y queda y es cristal de un mismo
Heráclito inconstante, que es el mismo
y es otro, como el río interminable.

Desde luego, es cuando nos vemos reflejados en un alter ego cuando sentimos todo el poder y la magia de la literatura, aunque se autor esté alejadísimo en el tiempo o en el espacio, o incluso aunque sea anónimo.

El clasicista LUIS ROSALES se reviste de una extraordinaria personalidad en los largos poemas en versículos de La casa encendida. En este poema la temporalidad y el dolor de la existencia imponen su presencia, y lo cotidiano cobra en virtud de la metáfora una dimensión insólita 

AHORA QUE ESTAMOS JUNTOS  

y siento la saliva clavándome alfileres en la boca,
ahora que estamos juntos
quiero deciros algo,
quiero deciros que el dolor es un largo viaje,
es un largo viaje que nos acerca siempre vayas adonde vayas,
es un largo viaje, con estaciones de regreso,
con estaciones que no volverás nunca a visitar,
donde nos encontramos con personas, improvisadas y casuales, que no han sufrido todavía.
Las personas que no conocen el dolor son como iglesias sin bendecir,
y yo quisiera recordarte, padre mío, que hace unos años he visitado Italia,
yo quisiera decirte que Pompeya es una ciudad exacta, invariable y calcinada,
una ciudad que está en ruinas igual que una mujer está desnuda;
cuando la visité, sólo quedaba vivo en ella
lo más efímero y transitorio:
las rodadas que hicieron los carros sobre las losas del pavimento,
así ocurre en la vida;
y ahora debo decirte
que Pompeya está quemada por el Vesubio como hay personas que están quemadas por el  placer,
pero el dolor es la ley de gravedad del alma,
llega a nosotros iluminándonos,
deletreándonos los huesos,
y nos da la insatisfacción que es la fuerza con que el hombre se origina a sí mismo,
y deja en nuestra carne la certidumbre de vivir
como han quedado las rodadas sobre las calles de Pompeya.  

 Del mismo autor y del poemario Abril

BAJO EL LIMPIO ESPLENDOR DE LA MAÑANA
en tu adorado asombro estremecido,
busco los juncos del abril perdido;
nieve herida eras tú, nieve temprana

tu enamorada soledad humana,
y ahora, Señor, que por la nieve herido
con la risa en el labio me has vencido,
bien sé que la tristeza no es cristiana.

¿No era la voz del trigo mi locura?
Ya estoy sólo, Señor – nieve en la cumbre – ,
nieve aromada en el temblor de verte,  

hombre de llanto y de tiniebla oscura,
que busca en el dolor la mansedumbre,
y esta locura exacta de la muerte.

El dolor de CÉSAR VALLEJO y su enfrentamiento con un Dios que no comprende (pero trascendental en su vida, aunque sea para rebelarse contra él), muestra la incertidumbre del poeta como ser hiperestésico y abocado a una continua pregunta sin respuesta. La duda y el reproche. 

LOS HERALDOS NEGROS

Hay golpes en la vida, tan fuertes… Yo no sé!
Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,
la resaca de todo lo sufrido
se empozara en el alma… Yo no sé!

Son pocos; pero son… Abren zanjas oscuras
en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.
Serán tal vez los potros de bárbaros atilas;
o los heraldos negros que nos manda la Muerte.

Son las caídas hondas de los Cristos del alma
de alguna fe adorable que el Destino blasfema.
Esos golpes sangrientos son las crepitaciones
de algún pan que en la puerta del horno se nos quema.

Y el hombre… Pobre… pobre! Vuelve los ojos, como
cuando por sobre el hombro nos llama una palmada;
vuelve los ojos locos, y todo lo vivido
se empoza, como charco de culpa, en la mirada.

Hay golpes en la vida, tan fuertes… Yo no sé!

LUIS CERNUDA es, a mi modo de ver, otro de los grandes. Todo un compendio de sensibilidad y sugerencia, de enigma y clarividencia:

EL VIENTO Y EL ALMA

Con tal vehemencia el viento 
viene del mar, que sus sones 
elementales contagian 
el silencio de la noche.  

Solo en tu cama le escuchas 
insistente en los cristales 
tocar, llorando y llamando 
como perdido sin nadie. 

Mas no es él quien en desvelo 
te tiene, sino otra fuerza 
de que tu cuerpo es hoy cárcel, 
fue viento libre, y recuerda.
DONDE HABITE EL OLVIDO 

Donde habite el olvido, 
En los vastos jardines sin aurora; 
Donde yo sólo sea 
Memoria de una piedra sepultada entre ortigas 
Sobre la cual el viento escapa a sus insomnios. 

Donde mi nombre deje 
Al cuerpo que designa en brazos de los siglos, 
Donde el deseo no exista. 

En esa gran región donde el amor, ángel terrible, 
No esconda como acero 
En mi pecho su ala, 
Sonriendo lleno de gracia aérea mientras crece el tormento. 

Allí donde termine este afán que exige un dueño a imagen suya, 
Sometiendo a otra vida su vida, 
Sin más horizonte que otros ojos frente a frente. 

Donde penas y dichas no sean más que nombres, 
Cielo y tierra nativos en torno de un recuerdo; 
Donde al fin quede libre sin saberlo yo mismo, 
Disuelto en niebla, ausencia, 
Ausencia leve como carne de niño. 

Allá, allá lejos; 
Donde habite el olvido.

ESTOY CANSADO

Estar cansado tiene plumas, 
tiene plumas graciosas como un loro, 
plumas que desde luego nunca vuelan, 
mas balbucean igual que loro. 

Estoy cansado de las casas, 
prontamente en ruinas sin un gesto; 
estoy cansado de las cosas, 
con un latir de seda vueltas luego de espaldas. 

Estoy cansado de estar vivo, 
aunque más cansado sería el estar muerto; 
estoy cansado del estar cansado 
entre plumas ligeras sagazmente, 
plumas del loro aquel tan familiar o triste, 
el loro aquel del siempre estar cansado.

PEREGRINO

¿Volver? Vuelva el que tenga, 
Tras largos años, tras un largo viaje, 
Cansancio del camino y la codicia 
De su tierra, su casa, sus amigos, 
Del amor que al regreso fiel le espere. 

Mas, ¿tú? ¿Volver? Regresar no piensas, 
Sino seguir libre adelante, 
Disponible por siempre, mozo o viejo, 
Sin hijo que te busque, como a Ulises, 
Sin Ítaca que aguarde y sin Penélope. 

Sigue, sigue adelante y no regreses, 
Fiel hasta el fin del camino y tu vida, 
No eches de menos un destino más fácil, 
Tus pies sobre la tierra antes no hollada, 
Tus ojos frente a lo antes nunca visto.
 

¡Y cómo no!,  no podría faltar nuestro cálido y antibelicista poeta cabrero, el universitario de las lomas, el eterno y redivivo en su centenario MIGUEL HERNÁNDEZ, quien aunque sólo hubiera escrito las Nanas de la cebolla , Las abarcas desiertas, El niño yuntero, Canción del esposo soldado o la Elegía a Ramón Sijé ya hubiera merecido un puesto de honor entre los poetas:

Me tiraste un limón, y tan amargo
con una mano cálida, y tan pura,
que no menoscabó su arquitectura
y probé su amargura sin embargo.

Con el golpe amarillo, de un letargo
dulce pasó a una ansiosa calentura
mi sangre, que sintió una mordedura
de una punta de seno duro y largo.

Pero al mirarte y verte la sonrisa
que te produjo el limonado hecho,
a mi voraz malicia tan ajena,

se me durmió la sangre en la camisa,
y se volvió el poroso y áureo pecho
una picuda y deslumbrante pena.
Umbrío por la pena, casi bruno,
porque la pena tizna cuando estalla,
donde yo no me hallo no se halla
hombre más apenado que ninguno.

Sobre la pena duermo solo y uno,
pena es mi paz y pena mi batalla,
perro que ni me deja ni se calla,
siempre a su dueño fiel, pero importuno.

Cardos y penas llevo por corona,
cardos y penas siembran sus leopardos
y no me dejan bueno hueso alguno.

No podrá con la pena mi persona
rodeada de penas y cardos:
¡cuánto penar para morirse uno!

Yo sé que ver y oír a un triste enfada
cuando se viene y va de la alegría
como un mar meridiano a una bahía,
a una región esquiva y desolada.

Lo que he sufrido y nada todo es nada
para lo que me queda todavía
que sufrir, el rigor de esta agonía
de andar de este cuchillo a aquella espada.  

Me callaré, me apartaré si puedo
con mi constante pena, instante, plena,
a donde ni has de oírme ni he de verte.

Me voy, me voy, me voy, pero me quedo,
pero me voy, desierto y sin arena:
adiós, amor, adiós, hasta la muerte.

 No me conformo, no: me desespero
como si fuera un huracán de lava
en el presidio de una almendra esclava
o en el penal colgante de un jilguero.

Besarte fue besar un avispero
que me clama al tormento y me desclava
y cava un hoyo fúnebre y lo cava
dentro del corazón donde me muero.

No me conformo, no: ya es tanto y tanto
idolatrar la imagen de tu beso
y perseguir el curso de tu aroma.

Un enterrado vivo por el llanto,
una revolución dentro de un hueso,
un rayo soy sujeto a una redoma.

                                          (De El rayo que no cesa)

¿Qué quiere el viento de encono
que baja por el barranco
y violenta las ventanas
mientras te visto de abrazos?

Derribarnos, arrastrarnos.

Derribadas, arrastradas,
las dos sangres se alejaron.
¿Qué sigue queriendo el viento
cada vez más enconado?

Separarnos.

El sol, la rosa y el niño
flores de un día nacieron.
Los de cada día son
soles, flores, niños nuevos.

Mañana no seré yo:
otro será el verdadero.
Y no seré más allá
de quien quiera su recuerdo.

Flor de un día es lo más grande
al pie de lo más pequeño.
Flor de la luz el relámpago,
y flor del instante el tiempo.

Entre las flores te fuiste.
Entre las flores me quedo.

Por eso las estaciones
saben a muerte, y los puertos.
Por eso cuando partimos
se deshojan los pañuelos.

Cadáveres vivos somos
en el horizonte, lejos.

Escribí en el arenal
los tres nombres de la vida:
vida, muerte, amor.
Una ráfaga de mar,
tantas claras veces ida,
vino y nos borró. 
              (De Cancionero y romancero de ausencias)

Troncos de soledad,
barrancos de tristeza
donde rompo a llorar.

La libertad es algo
que sólo en tus entrañas
bate como el relámpago.

Menos tu vientre,
todo es confuso.
Menos tu vientre,
todo es futuro,
fugaz, pasado
baldío, turbio.
Menos tu vientre,
todo es oculto.
Menos tu vientre,
todo inseguro,
todo postrero,
polvo sin mundo.
Menos tu vientre
todo es oscuro.
Menos tu vientre
claro y profundo.

Por supuesto LORCA, y no sólo el de Romancio gitano, es otra de las huellas imperecederas:  

Canción menor
Tienen gotas de rocío
las alas del ruiseñor,
gotas claras de la luna
cuajadas por su ilusión.

Tiene el mármol de la fuente
el beso del surtidor,
sueño de estrellas humildes.

Las niñas de los jardines
me dicen todas adiós
cuando paso. Las campanas
también me dicen adiós.
Y los árboles se besan
en el crepúsculo. Yo
voy llorando por la calle,
grotesco y sin solución,
con tristeza de Cyrano
y de Quijote,
redentor
de imposibles infinitos
con el ritmo del reloj.

Y veo secarse los lirios
al contacto de mi voz
manchada de luz sangrienta,
y en mi lírica canción
llevo galas de payaso
empolvado. El amor
bello y lindo se ha escondido
bajo una araña. El sol
como otra araña me oculta
con sus patas de oro. No
conseguiré mi ventura,
pues soy como el mismo Amor,
cuyas flechas son de llanto,
y el carcaj el corazón.

Daré todo a los demás
y lloraré mi pasión
como niño abandonado
en cuento que se borró.

Dice la tarde: “¡Tengo sed de sombra!”
Dice la luna: “¡Yo, sed de luceros!”
La fuente cristalina pide labios
y suspira el viento.

Yo tengo sed de aromas y de risas,
sed de cantares nuevos
sin lunas y sin lirios,
y sin amores muertos.

Un cantar de mañana que estremezca
a los remansos quietos
del porvenir. Y llene de esperanza
sus ondas y sus cienos.

Un cantar luminoso y reposado
pleno de pensamiento,
virginal de tristeza y de angustias
y virginal de ensueños.  

Cantar sin carne lírica que llene
de risas el silencio
(una bandada de palomas ciegas
lanzadas al misterio).

Cantar que vaya al alma de las cosas
y al alma de los vientos
y que descanse al fin en la alegría
del corazón eterno.

ADIVINANZA DE LA GUITARRA 
En la redonda
encrucijada,
seis doncellas
bailan.
Tres de carne
y tres de plata.
Los sueños de ayer las buscan
pero las tiene abrazadas,
un Polifemo de oro.
¡La guitarra!

CASIDA DE LAS PALOMAS OSCURAS

Por las ramas del laurel
van dos palomas oscuras.
La una era el sol,
la otra la luna.
“Vecinitas”, les dije,
“¿dónde está mi sepultura?”
“En mi cola”, dijo el sol.
“En mi garganta”, dijo la luna.
Y yo que estaba caminando
con la tierra por la cintura
vi dos águilas de nieve
y una muchacha desnuda.
La una era la otra
y la muchacha era ninguna.
“Aguilitas”, les dije,
“¿dónde está mi sepultura?”
“En mi cola”, dijo el sol.
“En mi garganta”, dijo la luna.
Por las ramas del laurel
vi dos palomas desnudas.
La una era la otra
y las dos eran ninguna. 

 
NOCTURNOS EN LA VENTANA

III
Asomo la cabeza
por mi ventana, y veo
cómo quiere cortarla
la cuchilla del viento.

En esta guillotina
invisible, yo he puesto
la cabeza sin ojos
de todos mis deseos.

Y un olor de limón
llenó el instante inmenso,
mientras se convertía
en flor de gasa el viento.


EL POETA PIDE A SU AMOR QUE LE ESCRIBA
 

Amor de mis entrañas, viva muerte,
en vano espero tu palabra escrita
y pienso, con la flor que se marchita,
que si vivo sin mí quiero perderte.  

El aire es inmortal. La piedra inerte
Ni conoce la sombra ni la evita.
Corazón interior no necesita
la miel helada que la luna vierte.

Pero yo te sufrí. Rasgué mis venas,
tigre y paloma, sobre tu cintura
en duelo de mordiscos y azucenas.

Llena, pues, de palabras mi locura
o déjame vivir en mi serena
noche del alma para siempre oscura.  
Machado representa la totalidad. Este autor de culto aúna la modernidad y el clasicismo con una sencillez y una hondura insuperables:

Hoy te escribo en mi celda de viajero, 
a la hora de una cita imaginaria. 
Rompe el iris al aire el aguacero, 
y al monte su tristeza planetaria. 
Sol y campanas en la vieja torre. 
¡Oh tarde viva y quieta que opuso
al panta rhei su nada corre
tarde niña que amaba a su poeta! 
¡Y día adolescente 
-ojos claros y músculos morenos-, 
cuando pensaste a amor, junto a la fuente, 
besar tus labios y apresar tus senos! 
Todo a esta luz de abril se transparenta; 
todo en el hoy de ayer, el todavía 
que en sus maduras horas 
el tiempo canta y cuenta, 
se funde en una sola melodía, 
que es un coro de tardes y de auroras. 
A ti, Guiomar, esta nostalgia mía.  

Las ascuas de un crepúsculo morado
detrás del negro cipresal humean…
En la glorieta en sombra está la fuente
con su alado y desnudo Amor de piedra,
que sueña mudo. En la marmórea taza
reposa el agua muerta.

UNA NOCHE DE VERANO…

Una noche de verano
—estaba abierto el balcón
y la puerta de mi casa—
la muerte en mi casa entró.
Se fue acercando a su lecho
—ni siquiera me miró—,
con unos dedos muy finos,
algo muy tenue rompió.
Silenciosa y sin mirarme,
la muerte otra vez pasó
delante de mí. ¿Qué has hecho?
La muerte no respondió.
Mi niña quedó tranquila,
dolido mi corazón,
¡Ay, lo que la muerte ha roto
era un hilo entre los dos!

GLOSA

Nuestras vidas son los ríos
que van a dar a la mar,
que es el morir.
¡Gran cantar!  

Entre los poetas míos
tiene Manrique un altar.  

Dulce goce de vivir:
mala ciencia del pasar,
ciego huir a la mar.

Tras el pavor de morir
está el placer de llegar.

¡Gran placer!
Mas ¿y el horror de volver?
¡Gran pesar!

  

HASTÍO

Pasan las horas de hastío
por la estancia familiar,
el amplio cuarto sombrío
donde yo empecé a soñar.

Del reloj arrinconado,
que en la penumbra clarea,
el tictac acompasado
odiosamente golpea.

Dice la monotonía
del agua clara al caer:
un día es como otro día;
hoy es lo mismo que ayer.

Cae la tarde. El viento agita
el parque mustio y dorado…
¡Qué largamente ha llorado
toda la fronda marchita!

Y NO ES VERDAD, DOLOR, YO TE CONOZCO…

Y no es verdad, dolor, yo te conozco,
tú eres nostalgia de la vida buena
y soledad de corazón sombrío,
de barco sin naufragio y sin estrella. 

Como perro olvidado que no tiene
huella ni olfato y yerra
por los caminos, sin camino, como
el niño que en la noche de una fiesta

se pierde entre el gentío
y el aire polvoriento y las candelas
chispeantes, atónito, y asombra
su corazón de música y de pena.

así voy yo, borracho melancólico,
guitarrista lunático, poeta,
y pobre hombre en sueños,
siempre buscando a Dios entre la niebla. 

 

De sor Juana Inés de la Cruz no podía faltar este verdadero himno feminista (¿o sería mejor decir humanista?), contrario a la ley del embudo que tantos hombres de su época (y aun de esta) ponen en juego, se atrevan o no a decirlo con claridad:  

Hombres necios que acusáis
a la mujer sin razón,
sin ver que sois la ocasión
de lo mismo que culpáis.  

Si con ansia sin igual
solicitáis su desdén.
¡Por qué queréis que obren bien,
si las incitáis al mal!

Parecer quiere el denuedo,
de vuestro parecer loco,
al niño que pone el coco,
y luego le tiene miedo.

Queréis con presunción necia
hallar a la que buscáis,
para pretendida, Thais,
y en la posesión, Lucrecia.

¿Qué honor puede ser más raro
que el que falto de consejo,
él mismo empaña el espejo
y siente que no esté claro?

 Con el favor y el desdén
tenéis condición igual,
quejándoos si os tratan mal,
burlándoos si os quieren bien.

Opinión ninguna gana,
pues la que más se recata,
si no os admite es ingrata,
y si os admite es liviana.  

Siempre tan necio andáis,
que con desigual nivel,
a una culpáis por cruel
y a otra por fácil culpáis.  

¿Pues cómo ha de estar templada
la que vuestro amor pretende,
si la que es ingrata ofende,
y la que es fácil enfada?

Dan vuestras amantes penas
a sus libertades alas,
y después de hacerlas malas
las queréis hallar muy buenas.

¿Cuál mayor culpa ha tenido
es una pasión errada,
la que cae de rogada
o el que ruega de caído?

 ¿O cuál es más de culpar,
aunque cualquiera mal haga,
la que peca por la paga
o el que paga por pecar?

Pues, para qué os espantáis
de la culpa que tenéis
queredlas cuál las hacéis
o hacedlas cuál las buscáis.

2 comentarios

  1. Maena said,

    marzo 2, 2010 a 10:47 pm

    Me ha gustado.Yo hubiera incluído alguno más…pero claro,se trata de seleccionar!!!

  2. Alejandra said,

    marzo 2, 2010 a 8:25 pm

    No está mal la selección, muchos son de mi agrado también.


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